No quiero volver a ser yo
Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos.
Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.
—Bertol Brech
I
El convoy se hallaba a punto de despegar rumbo a la base de operaciones Ultra Iflachery en el cinturón de asteroides y yo estaba realizando la comprobación rutinaria que estipula el protocolo. Formaba parte de un ritual que me ayudaba a concentrarme y mantener bajo control la ansiedad ante la inminente batalla. Equipo y documentación en perfecto estado de revista. La copia de respaldo de mi memoria vital se había registrado correctamente. Es obligatorio realizar siempre una copia antes de comenzar una nueva campaña y está terminantemente prohibido hacerlo en combate. Las opciones que estaban seleccionadas eran las que el protocolo establecía por defecto: la restauración de la copia más reciente y el licenciamiento. Nunca había sentido la necesidad de cambiarlas, nada me había hecho pensar que fuera necesario. Tampoco en aquella ocasión iba a serlo. Yo sabía que no tenía de qué preocuparme. Mi vida estaba resuelta desde el momento en que me alisté en las brigadas Shi. Los wushi éramos unos privilegiados. Si todo transcurría como cabía esperar, Ultra Iflachery sería mi última campaña y yo regresaría a la vida civil. Hacía ya más de cinco siglos que todos los guerreros de las brigadas regresaban sanos y salvos cumplidos los términos de su contrato de servicio, normalmente, después de un largo periodo de años en el frente de batalla. Todos los que deseaban hacerlo, porque algunos optaban por no regresar.
La guerra tuvo que verse de manera muy diferente en un tiempo ya muy lejano, cuando los soldados sabían que iban al campo de batalla a jugarse la vida y que muchos la perderían o se licenciarían para vivir el resto de sus días encadenados a un cuerpo mutilado o a una mente atormentada por violentos recuerdos. Había que creer mucho en una causa para luchar por ella como voluntario. Pocos lo hacían y por eso los estados tenían que recurrir a la conscripción obligatoria. Pero ese tiempo había quedado atrás. Cuando yo me alisté en las brigadas todo era ya muy diferente. De lo único que debía cuidarse un guerrero wushi era de no caer prisionero. Un prisionero podría no llegar a encontrar nunca la forma de regresar y tener que vivir eternamente cautivo, y nadie quería verse sometido a una tortura como la que había documentado Harlan Ellison poco tiempo antes del colapso del capitalismo liberal. No había razón para caer prisionero porque, antes de que eso ocurriese, siempre era posible recurrir a la autodestrucción. Solo había que tener la determinación necesaria para invocarla en el momento preciso y los wushi entrenábamos a conciencia para que esta no nos faltase.
En realidad, la posibilidad de tener que llegar a enfrentarnos con un enemigo que tuviera interés en hacer prisioneros era también muy remota. Las brigadas Shi habríamos sido la primera línea de defensa en caso de que se hubiera producido un ataque alienígena y la avanzadilla si el Imperio hubiera decidido pasar al ataque en alguna de sus fronteras. Pero hacía más de trescientos años que no había habido contacto bélico con otras civilizaciones y no había razones para pensar que fuera a haberlo en breve. Desde la refundación del Imperio, se había vivido un largo periodo de paz. No había estado exento de momentos críticos de fronteras para adentro, pero las brigadas no nos ocupábamos de los conflictos internos. El campo de batalla de las brigadas estaba situado en un frente muy diferente: el microbioma. De hecho, los wushi somos el campo en el que se libra la batalla, y esta sí que se había intensificado notablemente en los últimos tiempos.
No he conocido a nadie que no estuviera orgulloso de militar en las brigadas, pero ninguno más que Chhau Jie. Cuando te alistas, recibes una introducción muy general sobre la historia de las brigadas como parte de la instrucción general y, si luego solo te preocupas de cumplir con diligencia tu misión en el campo de batalla, es imposible llegar a tener suficiente perspectiva. Chhau Jie la tenía y haber batallado a su lado me hizo desear conocer más sobre las brigadas. Su comedido entusiasmo, su responsabilidad, su comprensión de una realidad que a muchos nos cuesta llegar a entender y que algunos no llegarán a vislumbrar nunca, han sido para mí un referente desde el día que lo conocí. Fue durante la dura campaña contra Evo3 Chandipura. Mucho de lo que ahora sé sobre las brigadas y sus protocolos de actuación se lo debo a los numerosos recesos que compartí junto a Chhau durante aquella devastadora campaña.
A finales del siglo XXI, la esperanza de vida seguía siendo inferior a los cien años. A pesar del rápido progreso que había experimentado la medicina y del enorme arsenal clínico acumulado, el desarrollo de nuevos tratamientos contra la enfermedad se enfrentaba a una barrera que parecía insuperable. Cuando los antibióticos descubiertos en el siglo XX se tornaron ineficaces, se desarrollaron superantibióticos y cuando estos fueron barridos por la siguiente horda de mutaciones de gérmenes infecciosos, los macrófagos sintéticos mantuvieron a raya al enemigo. Pero la inversión de tiempo y recursos que demandaba cada nuevo avance en aquella carrera de armamentos no permitía abrigar demasiadas esperanzas. Los nuevos tratamientos requerían décadas de experimentación y ensayos clínicos, y la inmensa mayoría resultaban fallidos o, a la postre, ineficaces. La batalla contra los microorganismos comenzaba a decantarse contra las opciones evolutivas de la especie humana.
Los costes de desarrollo del armamento genómico alcanzaron cotas inimaginables, detrayendo recursos muy necesarios para otros proyectos que se iban acumulando en las agendas de los estados, como la conquista del espacio. Llegó un momento en el que la experimentación con otras especies resultó completamente inútil. La vía más eficaz para el desarrollo de organismos de diseño fue recurrir al uso sistemático de soma humano desechable. Primero se usaron convictos, luego voluntarios que participaban en ensayos clínicos suicidas a cambio de regalías transferibles. Las naciones que no lo aceptaron acabaron condenando a sus habitantes a padecer de nuevo enfermedades que habrían sido inimaginables en un pasado no muy lejano y, finalmente, al colapso cuando se vieron obligadas a sufragar los altísimos costes de adquisición de los medicamentos desarrollados por las naciones que sí apostaron.
Hacia mediados del siglo XXII, el Imperio Jinping era el único que había conseguido mantenerse en una senda de progreso y no tardó mucho en conseguir instaurar su modelo de dictadura benevolente en todo el planeta. El éxito del Imperio se cimentó en un consecuencialismo pragmático puesto en práctica con una eficacia desconocida hasta ese momento en la historia. Las brigadas Shi fueron instrumentales en la consecución de sus principales logros. Nuestro cuerpo de élite tiene, por tanto, una larga historia.
Evo3 Chandipura fue la última batalla de Chhau Jie y supongo que, de alguna manera, contarme lo que sabía formaba parte de su voluntad de donar su legado. Chhau fue uno de los que escogió no regresar. En aquel momento, yo no lo entendí.
II
Cuando aterrizamos en Ultra Iflachery, se percibía en la luz tenue y se respiraba en el aire fresco y aséptico del hangar en el que atracó el transbordador, en la calma que nos envolvió nada más descender y que nos acompañaría hasta el barracón y, más tarde, durante la cena: la batalla sería terriblemente dura. Nunca he tenido miedo, aunque es imposible librarse por completo de la tiranía de las emociones que preceden al momento de entrar en combate, ese denso cóctel de ansiedad, esperanza, orgullo. Recuerdo que a mi lado Guìyīng Guo no paraba de hablar y me hizo gracia reconocer en su entusiasmo al joven que yo mismo había sido también en algún momento. Reconozco que me dio un poco de envidia. Con el tiempo, la curiosidad y el entusiasmo con los que se afronta la primera batalla van desapareciendo para dar paso a la fría pericia que se nutre de la experiencia y el desapego. Supongo que ocurrirá lo mismo en cualquier otro trabajo donde los valores que priman son el sentido del deber y el coraje. En el fragor de la batalla, no hay demasiado espacio para esas otras dimensiones de la personalidad que, tan a menudo, se ensalzan como virtudes en la vida civil.
A las cinco en punto se abrieron las puertas del núcleo de Ultra Iflachery, un enorme bloque cilíndrico que se alzaba dos alturas sobre la superficie negra del asteroide en que se había edificado la instalación principal de la base de operaciones. Nada más entrar nos dirigimos en formación hacia las salas asépticas donde se realizaron las últimas comprobaciones de rutina y nos instalaron el chip de campaña. A partir de ese momento, cada uno de nosotros, los wushi, nos convertíamos en una fuente de emisión de datos de altísima precisión. Todo lo que ocurriese dentro de nuestro organismo sería transmitido en tiempo real y almacenado para su posterior análisis. Cada wushi puede generar uno y cinco gigabytes por segundo de manera sostenida, con picos de intensidad muy superior durante las fases críticas de las operaciones. Una vez completado el proceso de embarque, nos introdujimos con el equipo de campaña en los ascensores que nos transportarían hasta las zonas selladas de batalla, situadas en las plantas inferiores del bloque, excavadas en las entrañas del asteroide.
A las seis estábamos listos para ocupar nuestros puestos. Después de descender cerca de trescientos metros, avanzamos por un largo corredor hasta localizar las posiciones que nos habían asignado a los miembros de mi pelotón. Justo al llegar delante de mi cabina y cuando me disponía a girarme para entrar, me fijé en que Guo iba caminando en silencio justo a mi lado. Le cogí la mano y se la apreté. A través del guante solo era posible experimentar la presión, pero a través del panel del casco, pude reconocer la ansiedad en su mirada y desearle suerte cerrando mis ojos e inclinando ligeramente mi casco hacía él. No se me ocurrió pensar en ese momento que esa iba a ser la última vez que le vería con vida, por lo menos allí, en Ultra Iflachery. No es muy habitual que alguien caiga en la primera andanada. Nuestro sistema no tiene nada que ver con aquellos desembarcos para tomar una cabeza de playa que se habían utilizado en las batallas de los tiempos del colapso, de los que también me había hablado Chhau Jie durante la campaña del Chandipura. Si Guo había hecho como la inmensa mayoría de los que nos unimos a los wushi y había mantenido las opciones de restauración por defecto, imagino que aquel mismo día retornó y que habrá disfrutado de una larga vida civil. Quizás esto no era lo suyo, después de todo.
Cuando me acomodé en el interior de la cabina y los indicadores del panel de mando confirmaron que las conexiones estaban correctamente establecidas, una profunda sensación de calma me invadió y, por fin, pude relajarme. Siempre había sido así. Era como si, una vez introducido el código de seguridad, el resto de mi vida, mis seres queridos, los recuerdos de la infancia, las pocas inquietudes y las limitadas preocupaciones que me ocupaban entre los periodos de operaciones, todo se quedara en el exterior de la cabina; como si, verdaderamente, dentro de aquella realidad confinada, hecha de vidrio y metal, no pudiera penetrar nada más que la fracción corpórea de mi yo. De no haber sido por los indicadores que iban cambiando continuamente en el panel luminoso, habría sido posible pensar que, dentro de la cabina, el tiempo dejaba de existir. No era así. A las seis treinta y dos, me alcanzó la primera andanada de iflavirus y los nubots comenzaron a trabajar. A las diez treinta terminó la primera sesión en cabina y teníamos un breve receso. Salí y me dirigí hacia la cantina para reunirme con el resto del pelotón y tomar algo, sesenta plantas por encima.
En la cantina no se hablaba de otra cosa. Guo había permanecido en cabina exactamente cuarenta y siete minutos y cincuenta y dos segundos. Era algo realmente insólito. Ninguno de los que acumulábamos una larga experiencia en las brigadas habíamos visto nunca nada igual. Me dirigí a la cola del autoservicio y, enseguida, se unió a mí otro de los compañeros de pelotón.
—Pero ¿cómo ha ocurrido?
—Al parecer, en cuanto saltó la alarma, Guo optó por la autodestrucción. No ha tenido prácticamente tiempo de pensar.
—¿Y ha entrado en barrena en solo cuarenta y siete minutos?
—Ya ves. Los hay con suerte.
Suerte. Yo nunca hubiera llamado suerte a una militancia de días y menos de una hora de combate. El nombre de Guo no será recordado. Pero, al parecer, cada vez había más jóvenes que se unían a las brigadas a falta de otra cosa mejor que hacer. Y, a juzgar por el caso de Guo, daba la impresión de que el proceso de selección para alistarse se había ido relajando. Me parece imposible que resulte rentable un soma como el de Guo. Cuarenta y siete minutos en el frente de batalla. ¡Qué despropósito!
—Lo que peor llevo del nuevo diseño de las bases de operación es no poder pasear por el exterior después del embarque. Echo de menos la luz del sol. Deberían al menos ubicar las cantinas por encima de la superficie.
—Te daría lo mismo. Teniendo en cuenta la ubicación, la órbita y el diseño de Ultra Iflachery, no creas que por encima de la superficie ibas a poder disfrutar mucho de la luz solar.
—Puede que tengas razón.
Nos sentamos junto a un panel de ocio para consumir las viandas que habíamos seleccionado en el autoservicio y ya no volvimos a cruzar palabra.
Hasta la tercera sesión de combate no experimenté nada inusual. Aunque nosotros no tenemos acceso a todos los datos que se recogen ni, por supuesto, la capacidad para analizar todo lo que está ocurriendo en el campo de batalla, sí que disponemos de información sobre un conjunto significativo de constantes vitales que podemos seguir en tiempo real y que nos permiten conocer en todo momento nuestro estado. Siempre me hizo gracia que nos refiriésemos a ellas como constantes. Pocas cosas son tan variables como las constantes vitales durante una batalla. Cuando conoces tu soma como yo conocía el mío a esas alturas, la progresión de tus constantes vitales te permite anticipar con bastante precisión cuál es tu estado de homeostasis y hacia donde se está dirigiendo. El protocolo de actuación en combate recomienda permanecer en alerta, como mínimo, ante un posible coma, ya que el sistema te ofrece la posibilidad de invocar la autodestrucción cuando la probabilidad de entrar en barrena supera el noventa y nueve por ciento. Traspasar ese límite significa que, en promedio y dentro de los márgenes de error del algoritmo de prognosis en tiempo real, solo uno de cada cien superará esa condición evitando la fase terminal. La autodestrucción es solo una posibilidad que te ofrece el sistema, una forma de acortar el tiempo de sufrimiento, en muchos casos extremo, que puede llegar a experimentarse en la fase terminal. Las brigadas son generosas y, en ese estado, te permiten descartar tu soma y automáticamente dar por terminada la conscripción. Por lo demás, hacer un seguimiento más o menos detallado de la evolución de tus constantes durante la batalla es una opción muy personal que, únicamente, te permite anticiparte y ganar algo de perspectiva sobre el desarrollo de la batalla. En todo caso, cuando entrar en barrena es inevitable, siempre hay una alarma. Me consta que hay quien prefiere no prestar atención y confiar simplemente en esa alarma. Yo, en cambio, prefiero mantener la concentración. Nunca me obsesionó entender qué era lo que estaba ocurriendo o anticipar qué era lo que podía estar por llegar. Mi trabajo no consiste en eso e intento ceñirme a él. Mi trabajo consiste en proporcionar mi organismo como campo de batalla y facilitar la recogida de datos de los nubots, pero ser consciente de mi estado es un estímulo para afrontar con más energía y, pienso que más eficazmente, cada lance de la batalla.
Recuerdo que, al poco tiempo de comenzar esa tercera sesión de combate, me sorprendió el marcado deterioro cognitivo que, de súbito, experimenté. Yo sabía que el objetivo de los iflavirus sería instalarse en mi mente y, de pronto, era completamente incapaz de dar sentido a la información que se proyectaba en el panel de control de la cabina. Se me había nublado la vista, los párpados me pesaban y me invadió una sensación general de abotargamiento. No creo que fuera la fiebre, más bien un descenso de la temperatura. Luego comenzaron las alucinaciones y el dolor. Desde ese momento, ya no estoy muy seguro de mis recuerdos. No puedo ofrecer ninguna garantía de que nada de lo que voy a narrar a continuación sucediera realmente. Pero me han pedido que lo haga. Siempre nos piden la descripción subjetiva de la batalla. Es simplemente una fuente más de datos para el análisis posterior. Si hiciera falta una declaración jurada, no podría realizarla. Por suerte, creo que no será necesaria.
Comencé a ascender, muy lentamente, hasta que mi cuerpo quedó flotando ingrávido en el interior de la cabina. En ese momento, la agradable sensación inicial de ingravidez se rompió en mil pedazos y el terror se apoderó de mí. En la cabina no había nada, no se veía nada. El terror penetraba a través de mi sentido del oído sin llegar a ser reconocible como un auténtico sonido, más bien unas garras afiladas que rompían el tímpano y se abrían camino excavando a través de los conductos semicirculares hasta alcanzar el vestíbulo. Los golpes se propagaban como aullidos a lo largo de finísimas cuerdas hechas de dolor que obligaban a mi cuerpo a mantenerse tenso. Los aullidos se sucedían como escalas que acuchillaban mis tejidos y se superponían formando acordes que retumbaban en el interior de mi mente vacía. Había palabras irreconocibles, formas que no llegaban a expresarse, un arco iris tallado en sangre que se retorcía y replegaba una y otra y otra vez hasta formar un ovillo imposible de desenmarañar. Había ráfagas intermitentes de luz y oscuridad que acribillaban mi retina. Y el dolor. El dolor se iba extendiendo por todo mi cuerpo como un ejército numeroso que se despliega sobre una vasta llanura, como la mancha negra de la marabunta que devora el verde de la jungla. El dolor se entretenía en cada pliegue de mi ser, como una legión de escribas que han de dar fe de la agonía en cada trinchera, levantar acta del sufrimiento en cada célula.
A ratos recuperaba brevemente la conciencia y reconocía mi entorno, la sala de cuidados intensivos, los monitores, los tubos, la sangre, la tela de las sábanas que me cubrían, una presencia tibia, supongo que humana. Pero yo sabía que él seguía allí. Luego todo volvía a repetirse otra vez. Comenzaba siempre igual, con un suave ascenso que, en un primer instante, era una tentadora llamada y, casi instantáneamente, un tránsito irreversible al terror. A veces, el terror adoptaba formas conocidas. Era mi hermana pequeña. Estábamos jugando en el porche de la vieja casa de mis padres y, de pronto, ella se volvía hacía mí con una mueca de tristeza en los labios y empezaba a llorar señalando asustada con el dedo algo que había detrás de mí. Yo me volvía y lo veía. Otras veces el terror era un garabato irreconocible, un pequeño lince que intenta desesperadamente volver a meter los intestinos dentro de su abdomen sajado, una rata aplastada contra el asfalto en una carretera olvidada, una cara sin ojos ni boca que me atiende detrás de una ventanilla o el aliento de una voz oculta detrás de una cortina negra que recita mi vida en un idioma que no comprendo. No sé cuánto tiempo duró aquello, acabé acostumbrándome. Cuando el dolor se hacía insoportable, me sacaba los ojos, los labios, las orejas, y los metía dentro de una trituradora, me arrancaba las piernas y los brazos y los arrojaba lejos de mí. Tuvieron que ser los aullidos los que me impidieron darme cuenta de que estaba sonando la alarma de entrada en barrena. Da igual. Creo que, incluso si me hubiera dado cuenta, no habría sido capaz de reaccionar. Él debía estar ya dentro de mí. Había conseguido penetrar y eran sus pasos los que retumbaban en mi interior. Lo último que recuerdo es una voz que pronunciaba mi nombre. Lo repetía una y otra vez. Es posible que esa fuera la alarma.
III
Han pasado ya tres días desde el rescate, pero todavía, en cuanto me quedo a solas e intento ordenar mis ideas, me cuesta convencerme de que realmente haya regresado. Hay algunas cosas que no han cambiado, pero no muchas. Sigue habiendo gente y las brigadas siguen existiendo. La guerra aún no ha terminado. Pero todo lo demás es completamente diferente. Incluso para alimentarme he tenido que aprender un nuevo procedimiento. Por lo visto, la gente ya no come. Pensé que se trataba de una broma, pero no tardé mucho en darme cuenta de que no lo era. Conmigo han hecho una excepción, saben que no estaré mucho por aquí.
En cuanto comprobaron que mentalmente estaba dentro de los márgenes de lucidez que estipula el contrato, una amable señorita vino a visitarme y me recordó que tenía un plazo de diez días para tomar una decisión. Dadas las circunstancias, diez días parece un tiempo irrisorio, pero es lo que está firmado. El contrato con las brigadas es generoso, pero la generosidad tiene sus límites. Mi cuerpo está completamente destrozado. De hecho, es milagroso que los nubots hayan conseguido mantenerlo con vida todo este tiempo. Ellos ya tienen lo que necesitan: los datos. No hay razón para continuar sufragando los gastos de un soma maltrecho con el único objetivo de mantener consciente una mente pendiente exclusivamente de una decisión.
El contrato estipula claramente las opciones del brigadista a término del periodo de servicio. La primera, licenciarse con honores wushi, lo cual supone una digna pensión y la reinserción en la sociedad civil. La segunda, reengancharse por un nuevo periodo de servicio, siempre y cuando su edad no supere el máximo que fija la ley, que en ningún caso puede ser superior a la esperanza de vida en el planeta emisor de la identidad. La tercera, donar la identidad. En este caso, el brigadista puede legar la pensión y sus bienes con absoluta libertad. El contrato establece asimismo que el brigadista tiene derecho a cambiar en cualquier momento la opción de terminación, pero tiene la obligación de mantener seleccionada siempre una de las tres y una copia de seguridad actualizada. La razón es sencilla: la mayor parte de nosotros acaba cayendo en el campo de batalla, más tarde o más temprano, a lo largo del periodo de servicio. La opción por defecto y lo más habitual es restaurar el respaldo de memoria vital más reciente, usualmente el que se ha realizado justo antes del inicio de la última batalla. La restauración de la memoria más reciente asegura que solo se pierden los recuerdos del último periodo de servicio, y tiene la ventaja de que no se recuerda la derrota. Los wushi reinsertados con la opción por defecto solo recuerdan victorias.
Nunca me ha gustado tomar decisiones y, siempre que he tenido que hacerlo, he intentado dilatar el momento, dejar que fuese el destino el que decidiera por mí. Si hubiera logrado invocar la autodestrucción a tiempo, nada de esto estaría pasando. Se habría ejecutado el protocolo con las opciones por defecto y yo habría retornado a la vida civil. Ahora sería un brigadista de honor hace ya mucho tiempo olvidado. Pero durante todo este tiempo yo he sido un borrón en el glorioso historial de las brigadas: el primer wushi en caer prisionero de un odioso patógeno con aspiraciones que sí hace rehenes, un serio varapalo para la imagen sin mácula del cuerpo. Tenían que rescatarme a cualquier precio y lo han hecho. Paradójicamente, eso me obliga ahora a tomar una decisión que nunca imaginé que tendría que tomar. Ya no tengo edad parar reengancharme y este viejo soma que me mantiene consciente tampoco es una opción viable para la reinserción. Puedo esperar, dejar que venza el plazo de diez días y que el protocolo ejecute la opción por defecto, pero me pregunto qué sentido tendría regresar a la vida civil en esa última copia que aún se conserva de mi memoria vital antes de partir rumbo a Ultra Iflachery. Ha pasado demasiado tiempo.
Anticipo cómo sería el regreso. Me veo descendiendo del transbordador en la Tierra, vestido con el uniforme de gala de las brigadas, con mis honores y condecoraciones wushi que, sin embargo, difícilmente podrían ocultar la torpeza del guerrero que regresa confundido, sabiendo que tantos años en el frente de batalla de poco van a servirle ya. Me siento de nuevo como un auténtico bisoño, otra vez el mismo niñato que decidió unirse a las brigadas, la misma cabeza loca. Eso sí, ahora con un buen montón de batallitas que contar en las que, con seguridad, nadie iba a estar interesado. Recuerdo todavía que, cuando me alisté en las brigadas, pensaba cómo me gustaría poder decir al regresar aquello de «he visto cosas que vosotros no creerías». Muchos todavía lo hacían en aquellos tiempos, aunque ya entonces muy pocos podían ganarse la vida simplemente contando batallas. Había demasiados guerreros whusi reinsertados que habían visto «naves en llamas y rayos C brillar cerca de las Puertas de Tannhäuser». Pero ya entonces los niños preferían las historias inmersivas sintéticas y la mayor parte de los reinsertados acababan trabajando de ordenanza, como empleados en los hospitales o cuidadores en las granjas de cobots. Ahora entiendo por qué tantos se reenganchaban.
—Y eso que ninguno de los que yo conocí había militado en las brigadas más de veinte años. ¡Veinte años! No quiero ni pensar cómo será ahora.
La amable señorita a la que han encargado que se ocupe de cerrar mi expediente se ha quedado mirándome como si no comprendiera lo que yo pretendía dar a entender. Sé que lo ha entendido perfectamente. Me ha sonreído de manera muy profesional y me ha dicho lo que cualquiera hubiera respondido en una situación así.
—Usted tiene derecho a la reinserción. Da igual el tiempo que haya pasado. No le dé más vueltas.
No he debido insistir. Lo único que he conseguido es ponerla en un compromiso. Ella no puede valorar lo que significa haber sido adiestrado como guerrero, haber entrado en combate en centenares de ocasiones, haber saboreado la victoria. Nadie podría valorar lo que significa haber caído en la última batalla y haber permanecido prisionero de un sádico patógeno…
—¡Setecientos veinte años!
Aprecio sinceramente su cortesía, pero lo he visto en su mirada, me ha hecho sentirme… un viejo trasto inútil.
Soy un wushi, estoy orgulloso de haber militado en las brigadas más que ningún otro. Sé que tengo derecho a reinserción, pero creo que no sería justo, ni para la sociedad ni tampoco para mí mismo. Mi memoria pertenece a otro tiempo. La opción por defecto ya no tiene sentido. Donaré mi identidad. No quiero volver a ser yo.

La opción por defecto
Ⓒ 2019 Francisco J. Jariego
Compartido con licencia CC BY-NC-ND 4.0
La versión original de «La opción por defecto» forma parte de la colección Ni en un millón de años, publicada en octubre de 2019
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