Cañas, barro y una gota fría institucional

La complejidad de gobierno de los bienes comunes.

Por Elinor NeOstrom1
Valencia, 2026

Dediqué gran parte de mi vida a estudiar cómo las comunidades humanas gestionan recursos compartidos de los que depende su supervivencia. He analizado comunidades e instituciones a cargo de bosques, pesquerías, acuíferos, pastos… y entre ellos los sistemas de regadío del Mediterráneo español. Por eso seguí con particular atención los dramáticos acontecimientos que afectaron a Valencia a finales de octubre de 2024, cuando lluvias extraordinarias desbordaron no solo barrancos y acequias, sino —como queda claro más de un año después—los frágiles equilibrios institucionales que sostienen nuestra sociedad.

Hoy es habitual atribuir estos episodios al cambio climático. No es incorrecto. Pero es incompleto.

Los desastres que afectan a las personas rara vez son “naturales” en el sentido exculpatorio que suele atribuirse a ese término. Sus consecuencias dependen de cómo una sociedad se organiza para anticiparlos, gestionarlos y aprender de ellos. De los errores, por supuesto, pero también —y esto se olvida con frecuencia— de los aciertos. Lo ocurrido en Valencia no puede entenderse solo como un fenómeno meteorológico adverso. Debe analizarse también como una prueba de estrés institucional.

Durante los meses que siguieron a la catástrofe, he seguido con preocupación un debate público intensamente polarizado. Se ha discutido quién falló, quién debía haber actuado antes y quién podía haber hecho más. El impulso de buscar culpables es muy humano. Pero resulta políticamente estéril si no viene acompañado de una reflexión más profunda: ¿qué tipo de sistema teníamos antes de la crisis? ¿En qué medida fue determinante? ¿En qué medida nos sirvió para afrontarla? ¿Es ese el tipo de sistema que queremos reconstruir?

Más de un año después, con los procesos de reconstrucción aún en marcha y los diagnósticos todavía en disputa, esa pregunta sigue sin una respuesta clara.

En Valencia existe una tradición milenaria de gestión del agua que debería ocupar hoy un lugar central en la conversación pública: la huerta. Durante siglos, agricultores sin ministerios, sin agencias técnicas y sin grandes planes estratégicos diseñaron sistemas de regadío extraordinariamente eficaces. Decidían quién podía usar el agua, cuándo, en qué cantidad, en qué condiciones y con qué consecuencias. No lo hacían adscribiéndose a ideologías abstractas, sino mediante reglas claras, vigilancia mutua, sanciones graduadas y resolución rápida de conflictos.

El Tribunal de las Aguas de la Vega de Valencia, o Tribunal de les Aigües, es la institución judicial en funcionamiento más antigua de Europa. El 30 de septiembre de 2009 fue designado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Forma parte del paisaje jurídico y cultural del Levante español, y ha sido retratado por artistas y escritores del lugar, de manera notable por Vicente Blasco Ibáñez.

En La barraca, Blasco Ibáñez describe el Tribunal como un foro en el que la comunidad hace visible, en público, el conflicto y su reparación. En Cañas y barro, muestra que el agua no solo es parte del paisaje, sino una fuente de poder. En Arroz y tartana, sugiere que la prosperidad no nace necesariamente de la tierra, sino también de la especulación y del ascenso social desvinculado del territorio.

Sus historias nos hablan con pasión del tránsito —siempre delicado— entre comunidad y desarraigo. Seguramente por ello captaron el interés de sus coetáneos, lo convirtieron en uno de los autores más exitosos de su generación, y lo llevaron al cine y años después a la televisión. Nadie como Vicente Blasco Ibáñez ha dibujado, con el pincel despiadado del naturalismo, la complejidad de las relaciones humanas que se enredan, pero al mismo tiempo trascienden y vuelven a tejer el entramado técnico y jurídico.

Esa complejidad de relaciones humanas suele invocarse de manera obsesiva para reclamar la intervención del Estado y liberarnos de ese otro supuesto «estado de naturaleza hobbesiano» en el que las personas son incapaces de crear por sí mismas reglas para contrarrestar los incentivos perversos a los que se enfrentan.

En muchas regiones del mundo —y España no es una excepción—nos enseña a confiar más en estructuras lejanas, en las alturas, que en las capacidades locales arraigadas en el terreno. Hemos desplazado el conocimiento práctico por protocolos deshumanizados. Hemos sustituido tejido institucional por procedimientos administrativos. Burocracia. Y cuando llegan crisis como la DANA del 2024 en Valencia, descubrimos con sorpresa que las decisiones llegan tarde, que la coordinación se pierde y que la responsabilidad se diluye.

Pero invocar al estado es como invocar a cualquier otro ser con poderes sobrenaturales.

Mi largo viaje intelectual me permitió comprender algo en realidad muy sencillo pero que, sin embargo, seguimos sin querer entender ni aprovechar: las comunidades pueden gobernarse a sí mismas cuando disponen de las instituciones adecuadas. Ni el mercado por sí solo ni el Estado por sí solo, ni tampoco la inteligencia artificial que comienza a invocarse como nuevo poder sobrenatural, son soluciones universales. La buena gobernanza es siempre un fenómeno distribuido, policéntrico y adaptativo. Pero, sobre todo, profundamente humano.

Lo que más me preocupa del airado debate posterior a la DANA no es el ruido político, que es inevitable, sino la ausencia de una pregunta central: ¿estamos realmente capacitados para diseñar mejores instituciones? ¿Lo están las autoridades? ¿Es eso lo que estamos intentando o simplemente repetimos las viejas disputas seculares con nuevas palabras?

El clima no va a estabilizarse. La incertidumbre no va a desaparecer. Los eventos “excepcionales” han dejado de ser excepcionales. Los registros recientes en el Mediterráneo occidental apuntan, además, a una mayor frecuencia e intensidad de episodios extremos, lo que refuerza la necesidad de revisar no solo infraestructuras, sino también marcos institucionales.

La única variable plenamente bajo nuestro control es la calidad institucional.

Alcanzarla exige abandonar dos ilusiones peligrosas. La primera es la ilusión de control total desde arriba. La segunda es la ilusión de que las comunidades locales son demasiado pequeñas, lentas o desordenadas para formar parte de la solución.

Mi investigación ha demostrado exactamente lo contrario.

Las soluciones más resistentes surgen cuando se conectan múltiples niveles: gobiernos locales con poder real, administraciones regionales coordinadoras, marcos nacionales que protegen, y comunidades empoderadas que ejecutan.

Y nada de esto funciona sin confianza. La confianza no se decreta: se construye con reglas justas, transparencia y participación real.

Si algo hemos de aprender de Valencia y de la DANA de 2024 es que no basta con reparar carreteras, muros o canalizaciones. Es imprescindible reconstruir los sistemas de decisión. Y hacerlo desde una convicción sencilla pero exigente: los ciudadanos no somos espectadores pasivos del riesgo; formamos parte de las infraestructuras que sostienen la vida en común.

Invertir en sensores sin invertir en comunidades es frágil. Invertir en tecnología sin invertir en confianza es ineficiente. Invertir en emergencia sin invertir en gobernanza es crear las condiciones para volver a encontrar el desastre natural.

Si queremos ciudades seguras, necesitamos instituciones flexibles. Si queremos territorios resilientes, necesitamos tejidos de gobernanza reticulares, no ídolos con pies de barro. Si queremos futuro, debemos dejar de gobernar contra la complejidad y empezar a gobernar con ella.

En Valencia, en el otoño de 2024, no perdimos una batalla contra la naturaleza. Recibimos una advertencia. Y las advertencias solo sirven si se escuchan a tiempo.

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  1. NOTA: Este artículo explora la posibilidad de usar las capacidades actuales de los servicios de inteligencia artificial para dialogar con autores del pasado, volverlos a traer al presente y entender mejor como sus ideas pueden ayudar, integrarse en una futura inteligencia colectiva. Está escrito en colaboración con ChatGPT y Perplexity, principalmente. Es evidente que la capacidad está ahí, si bien es cierto que, en esta ocasión (a diferencia de algún otro ejercicio previo en esta misma línea), ha sido necesaria algo más de «intervención».

    Espero igualmente que Elinor Ostrom sepa disculpar mi osadía. ↩︎

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