Universal Robots

Blas M. Vinagre

Los artificios y el candor del hombre
No tienen fin.

J. L. Borges, El Golem.

R.U.R.

El 25 de enero de 1921, cuando el siglo pasado iba por donde ahora va éste, se estrenó en el Teatro Nacional de Praga la obra R.U.R. (Robots Universales Rossum) de Karel Čapek. En ella se empleaba por vez primera la palabra robot, derivada del término checo robota, término que se ha perdido en el idioma checo actual pero se preserva en el eslovaco robotník, trabajador, y que podemos traducir como trabajo servil. Fue una sugerencia de su hermano Josef mientras pasaban unas vacaciones en el balneario Trenčianske Teplice, hoy en Eslovaquia, en el verano de 1920 [4]. Karel tuvo la idea de la obra y con ella todavía fresca corrió hacia Josef que estaba de pie ante un caballete en el jardín del balneario:

KAREL: Escucha, Josef, creo que tengo una idea para una obra de teatro.
JOSEF (Murmurando, con un pincel en la boca): De qué tipo.

(El autor se lo dice en pocas palabras).

JOSEF: Entonces escríbela (sin sacar el pincel de su boca o detener el trabajo en el lienzo).
KAREL: Pero no sé cómo llamar a estos trabajadores artificiales. Podría llamarlos Labori, pero eso me parece un poco libresco.
JOSEF: Entonces llámalos Robots (murmurando, pincel en boca, sin dejar de pintar).

Unos años antes de estrenarse R.U.R. Josef había escrito un cuento titulado El borracho en el que el protagonista tiene un alter ego mecánico, y volvió a tratar el tema de las criaturas mecánicas semejantes a los humanos en su ensayo de 1924 Homo Artefactus. En ambos casos el nombre que emplea para designar a esas criaturas mecánicas, a esas máquinas con forma humana, es autómata.

Los robots irrumpen en la fábrica al final del segundo acto. Interpretación de R.U.R. de Karel Čapek, realizada entre 1928 y 1929 por la compañía teatral Theatre Guild.

R.U.R. fue un éxito en Praga, y tras el estreno en Estados Unidos un año después la crítica comparaba al autor con H. G. Wells: «el dramaturgo libera su imaginación y la deja volar sin restricciones y su audiencia está encantada de acompañarlo en un viaje que supera incluso los sueños más locos de Julio Verne. … . R. U. R. es un súper melodrama, un melodrama de acción más idea, una combinación que rara vez se ve en nuestro escenario» [5]. Para el autor el éxito quedó ensombrecido por la imagen que se había dado de sus robots como una metáfora de los más altos logros de la ingeniería mecánica que un día pondrían a la humanidad en peligro, y no, como él los había concebido, como una metáfora de los trabajadores deshumanizados por una labor embrutecedora. Su temor no era que las máquinas usurparan el puesto de los humanos, sino que los trabajadores perdieran su humanidad convirtiéndose en mecanismos, partes del proceso de producción. Por eso sus robots son biológicos y no mecánicos —«La naturaleza no ha encontrado más que una forma de organizar la materia viva. Hay, sin embargo, otro método más simple, más flexible y más rápido en el que la naturaleza aún no ha pensado. Este segundo procedimiento por el que se puede desarrollar la vida lo he descubierto yo hoy», dice Harry Domin, Director General de R.U.R., a la señorita Elena Glory citando las palabras del diario de Rossum, el padre de las criaturas [6]—, y por eso Josef sugirió el término robot y no autómata que él había empleado para sus máquinas con forma humana. El mismo Karel lo cuenta unos años más tarde [7]:

Los robots fueron el resultado de viajar en tranvía. Un día tenía que ir a Praga en el tranvía suburbano y estaba incómodamente lleno. Yo estaba asombrado por cómo las condiciones modernas hacían que la gente no observara las comodidades comunes de la vida. Estaban apiñados, tanto en el interior como en las escaleras, no como ovejas sino como máquinas. Comencé a pensar en humanos no como individuos sino como máquinas y de camino a casa estaba pensando en un término que se refiriera a seres humanos capaces de trabajar pero no de pensar. Esta idea está expresada por una palabra checa, robot [8].

Entendida según el propósito del autor o siguiendo los múltiples caminos que como criatura liberada se abre a sí misma, la obra estimula ideas e inquietudes antiguas cuyo interés no ha hecho sino crecer desde entonces: la colaboración entre el hombre y la máquina, la creación de máquinas con forma humana, la posibilidad de que las máquinas liberen al hombre del trabajo esclavo, de que lleguen a ser más inteligentes que él y se rebelen, la fabricación de máquinas no mecánicas o la creación de seres vivos. Un siglo después del estreno de R.U.R., una mañana cualquiera, salimos a la calle después de dejar la Roomba conectada, con nuestro teléfono móvil programamos la calefacción para que nuestro hogar esté confortable cuando volvamos, abrimos el garaje y arrancamos el coche a distancia; mientras vamos a la oficina leyendo el periódico en la pantalla del salpicadero se nos informa del tráfico gracias a las cámaras y los drones dispuestos para tal fin; en todo momento unos biosensores estratégicamente colocados en diferentes partes de nuestro cuerpo vigilan nuestras constantes vitales y una bomba automática de insulina se encarga de que nuestros niveles de glucosa se mantengan dentro de los límites sin necesidad de interrumpir nuestra labor; cuando llegamos al trabajo, un asistente cibernético nos da los buenos días y nos recuerda la agenda; damos una vuelta por la fábrica y comprobamos que todo está en orden, que no hay necesidad de que ningún humano intervenga. Si esto es posible solo un siglo después de esos ‘sueños locos’ que ni Julio Verne hubiera concebido, cabe preguntarse a cuál de los ‘futuros disponibles’ corresponderá nuestro mañana, y qué, de una forma sensata y realista, hace que esos futuros y no otros sean los que se encuentran entre los límites de nuestro ‘horizonte de expectativas’ [9].

§

En un apéndice de su libro Técnica y Civilización [10], Lewis Mumford da una lista de inventos que detalla a partir del siglo X. Hace un resumen de lo hecho hasta esa fecha y se queda en 1933 (el libro es de 1934), pero me permite mostrar algo, sin ninguna pretensión de rigor científico. En la figura 1.1(a) se puede ver una gráfica que representa el número de inventos en cada siglo, desde el X hasta el XIX, y una curva que pretende rudamente ajustarse a esas cantidades y que para ello debe asumir ciertas discontinuidades. En la figura 1.1(b) he jugado a hacer una predicción hasta el siglo XXV. Podemos hacer varias observaciones: (1) en el siglo XVIII hay un incremento brusco en el número de inventos, tanto que nos obliga a cambiar la velocidad de crecimiento de la curva para poder ajustarnos; (2) la presencia de un fenómeno creativo como Leonardo da Vinci no ha de ser tenida en cuenta si queremos ajustar una tendencia (ni son frecuentes ni podemos predecir la ocurrencia de Leonardos); (3) la importancia relativa de dicha presencia disminuye conforme aumenta la velocidad de crecimiento de la curva; (4) los cambios en esa velocidad están cada vez más cercanos.

Figura 1.1.: (a) Número de inventos con los siglos; (b) Predicción. (Eje vertical entre 10-1=0’1 y 104=10000.)

El canto XII de la Odisea nos cuenta cómo Ulises y sus compañeros tienen que resistir la voz de las Sirenas, tienen que atravesar un estrecho amenazado por los monstruos Escila y Caribdis, tienen que abstenerse de tocar las vacas del sol para continuar su viaje de regreso a casa. La humanidad no tiene una navegación más fácil y además no hay una Ítaca a la que regresar ni un rumbo previamente establecido. Aquí solo intentaremos obtener alguna luz para sortear con cierto garbo la Escila de los ‘apocalípticos’ y la Caribdis de los ‘integrados’ a la hora de imaginar el futuro; unos puntos de referencia que nos ayuden a no caer en posturas categóricamente desdeñosas ni en los puntos de vista ingenuamente benévolos de los modelos ‘tecnopastorales’ [11]. Y ello hace aconsejable establecer un marco y recorrer, aunque sea a la velocidad del rayo, el camino que nos ha traído hasta el presente; bosquejar, siquiera a mano alzada, el entorno conceptual que nos ha permitido construir el mundo artificial que hoy disfrutamos y sufrimos.

El marco occidental

Hoy en día es claro que la historia de la construcción del mundo artificial está en el núcleo de la historia de la civilización occidental, y que ésta tiene su cuna en oriente, en los pueblos de ‘la medialuna fértil’ (levante mediterráneo y las antiguas Mesopotamia y Persia), India y China, desde donde se transmitió a Grecia y después, al declinar el mundo clásico, a la Europa medieval a través del Islam conduciendo su arribo a cambios revolucionarios a partir del Renacimiento. Todas esas civilizaciones orientales habían alcanzado un alto grado de desarrollo técnico, y el intercambio con occidente, mediante comerciantes, embajadores, prisioneros, desertores, arroja un saldo claramente negativo para éste hasta la época preindustrial. Joseph Needham hace unas tablas comparativas de ese trasvase en su obra Science and Civilisation in China, donde incluye hasta veintiséis items en el haber de China (por supuesto el papel y la porcelana, pero también la suspensión cardán, el mecanismo de escape del reloj de péndulo o el compás magnético), mientras que solo encuentra tres en el de occidente: el tornillo, la bomba de impulsión y el cigüeñal [12]. Pero todo ello se dio sin que los métodos y objetivos de la técnica llegasen a ser parte de la base de sus presupuestos existenciales, de su proyecto como civilización. Como escribe Lewis Mumford, «Tenían máquinas pero no desarrollaron ‘la máquina’» [13], porque para ello hacía falta una cultura dispuesta no solo para utilizarla, sino también para seguir el ritmo por ella marcado. Esa no sería otra que la que hoy llamamos occidental, cuyas líneas de fuerza podríamos fijar, simplificando mucho, en el nacimiento y desarrollo del pensamiento especulativo y la observación del mundo natural en Grecia, el encumbramiento de las matemáticas como lenguaje de la ciencia y de la técnica a partir del siglo XVII, la creencia en el progreso, y la inclusión de las ciencias de la vida en el corpus de las ciencias ‘duras’. Estas líneas de fuerza, actuando en diversas oleadas, nos han traído hasta un punto que ninguna otra cultura había alcanzado, adaptando toda nuestra forma de vida al paso y a las capacidades de la máquina; y tal vez en el empeño de construir nuestro mundo artificial «hemos modificado nuestro entorno tan radicalmente que ahora tenemos que modificarnos nosotros mismos para existir en el nuevo entorno» [14].

§

Desde sus orígenes poéticos con Hesíodo y su Teogonía, la cultura griega se distinguió por su pretensión de buscar y encontrar la ‘verdad’. Siguiendo una paralela a la vía mítica representada por Homero, Hesíodo se pregunta por lo que la filosofía arcaica heredará con el nombre de physis, término que abarca tanto el conjunto de todas las cosas que existen como el de las fuerzas, principios activos o energías primordiales por los cuales esas cosas han alcanzado su existencia tal cual es [15]. La tríada verdad–origen–todo inaugura una vía de conocimiento que pasando por Mileto conduce a los atomistas, Leucipo y Demócrito, que lograron poner colofón al camino que llevaba ‘de la religión a la filosofía’ reduciendo así la physis a un modelo conceptual claro [16]. Esta tendencia experimenta un extraordinario impulso durante los siglos V, IV y III a.C., y como embalsamados a partir de la época helenística entre los Elementos de Euclides, conservados por Roma, sus logros recorren el Mediterráneo para desembocar en la Filosofía natural y posteriormente en la Ciencia, tal como hoy —y por el momento— es concebida. Más para este último paso hicieron falta dos cambios, radicales si bien largamente gestados: la adopción del lenguaje matemático, que posibilitó la revolución científica del siglo XVII, y el cambio paulatino hacia una concepción más amplia y más práctica del conocimiento.

A finales del siglo XVI los matemáticos europeos, familiarizados con los desarrollos griegos y sus métodos geométricos y también con el álgebra islámica, fundieron estas tradiciones para dar dos pasos fundamentales: la invención del álgebra simbólica por François Viète en 1591, y de la geometría analítica por Descartes y Fermat alrededor de 1630. La primera permitía resolver problemas geométricos y la segunda establecía que las curvas podían representarse mediante ecuaciones y que cada ecuación determinaba una curva. Así, aunque la mayor parte de los intereses venían de los griegos (tangentes, áreas, máximos y mínimos), el objeto de estudio (las curvas y figuras geométricas) se había generalizado, y la solución estaba en estas dos nuevas herramientas. A mediados de siglo, sin auxilio del cálculo, Fermat, Descartes, Wallis o Barrow eran capaces de encontrar la tangente computando la pendiente de la secante y Galileo pudo estudiar el movimiento uniformemente acelerado apoyado en el concepto aristotélico de cambio. Pero fueron Leibniz y Newton quienes, a finales del siglo XVII, reunieron todo el bagaje anterior bajo los conceptos fundamentales de integral y derivada, quienes produjeron una notación que hacía fácil trabajar con dichos conceptos, y quienes, en definitiva, inventaron el cálculo [17]. Por otra parte, a lo largo del siglo XVIII se fueron imponiendo un concepto más democrático del saber, de forma que ya no bastaban el griego y el latín con una pátina de geometría y astronomía para formar a un caballero, y un interés por la aplicación práctica de los conocimientos por la que ya habían abogado Roger Bacon en el siglo XIII y Francis Bacon en el XVII. Ya no bastaba con los saberes señoriales, según Russell [18], aquellos que se cultivan por mor del conocimiento y que no persiguen ser aplicables a la economía de la sociedad. Es interesante observar cómo hoy el lustre de reconocimiento social ha basculado hacia esas ciencias no señoriales, con aprovechamiento social, hasta el punto de confundirlas con la técnica; y también ver cómo esto se reflejó, en el mundo anglosajón, en la terminología empleada para denominar a las personas que tienen la ciencia así concebida como ocupación: scientist equivale a cientista, y el sufijo, lo mismo que en español, denota ocupación u oficio [19].

La adopción del lenguaje matemático facultó a la ciencia para obtener un conocimiento más profundo y detallado de la naturaleza, y dio a la técnica la posibilidad de diseñar y fabricar artefactos más refinados, potentes y complejos, porque ahora podía hacer uso, a la vez, de los nuevos conocimientos sobre lo real y de las nuevas herramientas matemáticas. Esto, unido al redescubrimiento de la antigüedad pagana a través de sus libros y obras de arte a partir del Renacimiento, hizo a la humanidad recorrer de nuevo el camino de la religión a la filosofía, ahora esta última transmutada en ciencia y técnica [20]; y llegar a concebir la posibilidad de lograr en el futuro una sociedad feliz en este mundo, reemplazando, como núcleo de movilización social, a la esperanza de felicidad en otro. Es así como nace la moderna idea de progreso [21], y una característica definitoria de la misma es que se mide sobre la base del poder sobre los sucesos externos y que evoluciona a una velocidad cada vez más rápida, con una dinámica basada en la realimentación positiva, bautizada por Henry Adams como Ley de la Aceleración [22], de la que nuestra figura 1.1 es un simple remedo. Una exposición alternativa de lo dicho en los últimos párrafos, a la par que una explicación de las observaciones a la figura, nos la da Bertrand Russell [23]:

En los siglos XVI y XVII, principalmente, se estudiaron las matemáticas con desinterés helénico, y se tendió a ignorar las ciencias que habían sido degradadas por su conexión con la magia. Un cambio gradual hacia una concepción más amplia y práctica del conocimiento, que había ido produciéndose a lo largo de todo el XVIII, experimentó de pronto una aceleración al final de aquel período a causa de la Revolución francesa y del desarrollo del maquinismo: la primera dio un golpe a la cultura señorial, mientras que el segundo ofrecía un nuevo y asombroso campo de acción para el ejercicio de las técnicas no señoriales.

La última de estas líneas de fuerza, la última oleada, por el momento, es el encaje de las ciencias de la vida, natural, individual y social, en el molde matemático. En el caso de la biología, este fenómeno tuvo su puesta de largo con la obra Sobre el crecimiento y la forma de D’Arcy Wentworth Thompson, considerada por muchos como una obra maestra de la prosa inglesa. Escrita en 1917 y revisada en 1942, la obra hace hincapié en el papel de la física, y en particular de la mecánica, en la determinación de la forma y la estructura de los organismos. Empieza con estas palabras:

De la química de su época y generación, Kant declaró que era una ciencia, pero no Ciencia –…– ya que el criterio de la verdadera ciencia yace en su relación con las matemáticas. Esto era una vieja historia: Roger Bacon había llamado a las matemáticas ‘porta et clavis scientiarum’ [24].

Desde entonces asistimos a la aplicación de las matemáticas a otros campos como la biología molecular, la biología celular o la genética, la economía, la sociología o la psicología.

Máquina, autómata, robot

Concebida a la manera clásica, una máquina es un dispositivo que utiliza una fuente de energía para aplicar fuerza o producir movimiento. Dicho de otro modo, un dispositivo que transforma energía, que realiza un trabajo, una efímera isla de entropía negativa. Mientras que el dispositivo mismo y su propósito son artificiales, las fuentes de energía utilizadas solo pueden ser naturales y se distinguen por el grado de elaboración, de intervención humana, que necesitan para ser aplicadas: animal, viento, agua, calor, reacción química, electricidad, etc. Mientras la tecnología era solamente mecánica, las máquinas se concibieron como dispositivos para cambiar la dirección o la magnitud de la fuerza, y eran, fundamentalmente, combinaciones de las seis máquinas simples establecidas en el Renacimiento (cuña, palanca, plano inclinado, polea, tornillo y torno) que utilizaban la energía proporcionada por alguna fuerza de la naturaleza poco elaborada. En el siglo XVIII empezamos a utilizar el calor, en el XIX la electricidad y en el XX la energía atómica, fuentes de energía que hacen posible fabricar máquinas más poderosas y eficientes. Pero las máquinas modernas (automóviles, aviones, electrodomésticos, fábricas automatizadas, robots) son, sobre todo, más complejas, pues su propósito no se limita a cambiar la dirección o la magnitud de una fuerza, ni a transformar una energía, sino que además procesan información. Y no solo la misma etimología de la palabra máquina nos autoriza a utilizarla abarcando un espectro tan amplio, pues en última instancia parece derivar del griego μῆχος, mekhos, medio, remedio. Cuando en A Mathematical Theory of Communication de 1948, Claude E. Shannon utilizó el concepto de entropía como una medida de la información debida a su naturaleza estocástica, a su incertidumbre, una medida que hace referencia a fenómenos análogos en mecánica estadística y en termodinámica, validó la analogía entre información y energía, e hizo posible llamar máquina a cualquier dispositivo que procese cualquiera de las dos [25].

Recientemente hemos descubierto otra clase de máquinas, las más antiguas, las que siempre han estado ahí, invisibles por su tamaño, las máquinas moleculares. En diciembre de 1959 Richard P. Feynman dio una charla para la American Physical Society en Pasadena instando a los físicos a explorar las extraordinarias posibilidades de lo muy pequeño [26]. Por supuesto, no fue el punto de partida de la micro y la nanotecnología, pero, debido a las sugerencias visionarias y la fuerte personalidad y prestigio de Feynman, estimuló profundamente la investigación en esos campos. Ahora sabemos que muchas moléculas, y también algunas de sus partes, funcionan como máquinas de dimensiones tales que en un milímetro cúbico caben cientos de miles. En la misma charla Feynman cuenta [27]:

Un amigo mío (Albert R. Hibbs) sugiere una posibilidad muy interesante para máquinas relativamente pequeñas. Dice que, aunque sea una idea muy loca, sería interesante en cirugía que te pudieras tragar al cirujano. Pones el cirujano mecánico en los vasos sanguíneos y va hasta el corazón, entra y mira alrededor. (Por supuesto, la información ha de ser transmitida al exterior.) Encuentra qué válvula es la que falla y coge un pequeño bisturí y corta. Otras máquinas pequeñas pueden incorporarse permanentemente al interior del cuerpo para asistir a cualquier órgano que no funcione adecuadamente.

Hoy ya disponemos de fármacos que actúan de manera selectiva, de moléculas sintéticas que viajan por el cuerpo, están cercanos los catéteres y microrrobots que naveguen por nuestro interior de forma autónoma, realicen un trabajo y envíen información al exterior; estamos a las puertas de que la ‘idea loca’ del amigo de Feynman sea una realidad, y de dejar vacía de sentido la diferencia aludida por Descartes entre los productos de la técnica y los de la naturaleza [28]:

… pues no reconozco diferencia alguna entre las máquinas que construyen los artesanos y los cuerpos que la naturaleza por sí misma ha formado; la única diferencia reside en que los efectos de las máquinas sólo dependen de la disposición de ciertos tubos, resortes u otros instrumentos, que, debiendo mantener una cierta proporción con las dimensiones de las manos de las personas que los construyen, son siempre tan grandes que sus figuras y movimientos se pueden ver, mientras que los tubos o resortes que causan los efectos de los cuerpos naturales son por lo general muy pequeños para llegar a ser percibidos por nuestros sentidos.

A todos estos dispositivos les podemos llamar máquinas, pero cuando alguien dice autómata o robot ¿no es verdad que acude a nuestra mente la imagen de un tipo especial de ellas?

§

Se cuenta que el hermano Roger Bacon (1214-1294) —franciscano de sabiduría universal, doctor mirabilis [29], adalid de la experimentación como fuente de conocimiento— y su colega el hermano Bungey, viendo cuántas veces había sido conquistada Inglaterra y pretendiendo que esto no ocurriera más en el futuro, tras largo estudio vieron que la mejor forma de conseguirlo era hacer una cabeza de latón, y si conseguían que ésta hablase y estaban allí para escucharla cuando lo hiciera, les explicaría cómo construir un muro para rodear Inglaterra como protección contra los invasores. Les llevó siete años construir la cabeza, y una vez terminada Bacon, viendo imposible conseguir que la cabeza hablase a pesar de su casi omnisciencia, convocó a un espíritu para que le diera la capacidad de hablar, y ambos frailes estuvieron durante semanas sentados ante una cabeza muda hasta que, agotados, decidieron que Miles, su sirviente, vigilase mientras ellos dormían un poco, dándole instrucciones de que los despertase si la cabeza hablaba. Tan pronto como se fueron a dormir la cabeza habló por primera vez: «El tiempo es». Al guardián esto le pareció demasiado trivial para despertar a los frailes, y lo mismo pensó cuando, media hora más tarde, la cabeza habló de nuevo diciendo: «El tiempo era». Transcurrida otra media hora la cabeza dijo «El tiempo ha pasado», y se quebró cayendo al suelo[30]. La historia es apócrifa, pero nos habla del talento genuino de Roger Bacon, un hombre capaz de intuir e imaginar lo que en su tiempo parecían excentricidades: el telescopio, las aeronaves o los submarinos. O, como en esta historia, una máquina pensante y parlante.

Pero la mente es sólo la última fortaleza en la batalla del ser humano por rivalizar con Prometeo, por crear artificialmente la máquina perfecta cuyo paradigma es él mismo. En el siglo XVI hubo alquimistas como Paracelso que juzgaron posible fabricar un ser humano completo al que llamaron homúnculo, y hasta llegaron a dar una receta que recuerda el proceso de la fecundación in vitro. La tradición del homúnculo, la leyenda judía del golem, el ser hecho de barro y animado por la palabra, el Frankenstein de Mary Shelley, son antecedentes claros de los robots de R.U.R, y todo ello podría calificarse de paleontología de la robótica [31], o robótica metafórica [32], concurrente con la prehistoria de la robótica que cambia la alquimia y la magia por la mecánica, en la que mezclándose invenciones reales y míticas, el tema dominante es la máquina con apariencia y acciones de ser vivo, el autómata.

A lo largo del tiempo, la mayoría de los autómatas han sido objetos de fantasía puramente decorativos en concepción y función, los más refinados de los cuales han imitado, en su forma, en sus acciones o en ambas, al ser humano. Aunque quedan pocos ejemplos de autómatas hechos antes del siglo XVI, son muchas las fuentes documentales que dan testimonio de su existencia. En la cultura occidental han llegado a ser legendarios algunos ejemplos: las puertas automáticas del cielo y los trípodes de Hefesto mencionados por Homero en su Ilíada [33], las estatuas de Dédalo referidas por Aristóteles [34]; el modelo en madera de una paloma construido por Arquitas de Tarento, que, equilibrado mediante contrapesos y accionado por aire comprimido, parecía volar; la colosal estatua de Memmon, cerca de Tebas en Egipto, que, según Pausanias [35], «al levantarse el sol, todos los días emite un sonido, y el sonido puede compararse a una cítara o a una lira cuando se le ha roto una cuerda»; o los dispositivos automáticos movidos por agua, contrapesos o vapor, descritos por Herón de Alejandría. Por su parte, también en el antiguo oriente los autómatas aparecen en narraciones legendarias, y de igual manera se podrían hacer referencias de autómatas en la cultura islámica o en Mesopotamia.

Pero fue en el siglo XVI cuando se dio un renovado interés por la fabricación de autómatas, en buena parte debido a la influencia conjunta de los ejemplos orientales llegados a Europa a través de las rutas de comercio, y de las traducciones de los tratados helenísticos, como el de Herón de Alejandría. Los avances científicos y técnicos de los siglos XVII, XVIII y XIX se incorporaron a la construcción de autómatas, hasta que su producción cesó prácticamente a principios del siglo XX. Hoy subsiste en la industria del entretenimiento (juguetería, cine, o en la disciplina denominada animatrónica).

§

En su moderna acepción, un autómata representa la formalización de un conjunto de reglas destinadas a una computación, y la Teoría de Autómatas es hoy una parte de los fundamentos de las matemáticas y da nombre al campo que en ingeniería se conoce como Automática. Un ejemplo típico de autómata es el reloj de péndulo, y el autómata general más conocido es el moderno ordenador. En el primero, los engranajes pueden tener sólo una de entre un número finito de posiciones o estados en cada oscilación del péndulo. Cada estado, mediante la operación de escape, determina el estado siguiente y una salida discreta que es visualizada como un cambio discreto en la posición de las agujas del reloj. Mientras el reloj funcione correctamente y su funcionamiento no sea interferido por nada, continuará operando de dicha manera. Este autómata puede generalizarse y hacer que responda a ciertos cambios, entradas externas o eventos. Su funcionamiento y sus estados internos no estarían entonces determinados solamente por los estados iniciales o anteriores, sino también por entradas procedentes de un operador humano, otro autómata, o cualquier evento o serie de eventos del entorno, como en un ordenador. Los principios de su funcionamiento como una secuencia de estados discretos pueden entenderse independientemente de la naturaleza o disposición de sus componentes, y por ello un autómata puede considerarse, de una forma abstracta, como un conjunto de estados, entradas, salidas y reglas de operación no determinadas físicamente, y el estudio de los autómatas como la investigación de lo que con esta máquina universal, que admite realizaciones físicas (hardware) o lógicas (software), puede conseguirse.

Los orígenes de esta teoría pueden datarse en el año 1936, cuando Alan M. Turing publicó su artículo sobre números computables [36]. En dicho artículo, Turing concebía una máquina lógica cuya salida podía utilizarse para definir un número susceptible de ser calculado. Para la máquina se consideraba que el tiempo era discreto, con incrementos medibles, y su estructura interna, en un determinado momento, se podía describir simplemente como uno de entre un conjunto finito de estados, como en el reloj de péndulo. Desde entonces, la teoría de autómatas ha experimentado un gran desarrollo y ha encontrado multitud de aplicaciones, aunque la máquina original de Turing, que tenía una memoria ilimitada, continúa siendo una referencia y muchos teoremas matemáticos relativos a la computabilidad se han probado en el marco de esa propuesta original.

Parte de la teoría de autómatas se ha basado en el estudio de la estructura y funcionamiento del sistema nervioso, en cómo dicho sistema, con su conjunto de neuronas, terminaciones nerviosas y sinapsis, puede generar, codificar, almacenar y usar la información. Dicho estudio dio resultados que hoy forman parte de los fundamentos de la teoría: la utilización de la naturaleza ‘todo-nada’ del umbral de excitación de las neuronas como modelo para formular esquemas lógicos y construir puertas lógicas y computadores, el uso de la realimentación como ingrediente esencial en el proceso de cálculo de una máquina, o la definición y construcción de un autómata generalizado son algunos de ellos.

Otros avances importantes en la teoría de autómatas han surgido al tener en cuenta el azar. Desde el invento del reloj mecánico a finales del siglo XIII hasta la máquina de Turing, un autómata era un dispositivo físico o lógico libre de componentes probabilísticos. De igual manera, se entendía inmerso en un entorno que podía ser especificado sin incertidumbre. Es decir, máquina y entorno eran determinísticos. Pero a partir de los años 50 empezaron a considerarse ciertas cuestiones probabilísticas: la posibilidad de tratar con datos aleatorios condujo al cuerpo de teoría relativo a la interpolación, extrapolación y predicción; con el desarrollo de computadores más complejos se empezó a tener en cuenta la probabilidad de fallo en los propios componentes de las máquinas, y surgieron las técnicas de ’redundancia’ para reducir la probabilidad de los errores no deseados en los cálculos. Si, en lugar del conjunto usual de datos, a un autómata se le proporcionan datos aleatorios, la combinación datos de entrada y máquina no es completamente predecible. Sin embargo, se comprobó que los resultados impredecibles así obtenidos tenían interesantes aplicaciones. Un ejemplo típico de método que utiliza entradas aleatorias es el ‘Método de Montecarlo’, que para ciertas aplicaciones ha mostrado ser más eficiente que los métodos puramente determinísticos. Otro más popular es el sistema de almacenamiento que utiliza una conocida empresa: en lugar de disponer una sección para cada tipo de producto, se coloca cada producto en el primer lugar libre del almacén y se graba su localización; así, dadas las grandes dimensiones del almacén y la extraordinaria diversidad de productos, consiguen minimizar el tiempo y el camino necesarios para rescatarlo.

§

En el momento actual, la consideración de que máquina derive del término griego para significar medio para algo, robot del checo que designaba el trabajo de los siervos, y que autómata fuera empleado la primera vez por Homero en la Ilíada al hablar de las puertas del cielo o de los trípodes de Hefesto para designar unos artilugios hechos por los dioses que parecían moverse por sí mismos [37], con voluntad propia, no nos ayuda a aclarar el campo, y el empleo de estos términos en la cultura popular parece ser una cuestión de gusto: cada uno podría hacer su clasificación emulando a Borges en su cuento El idioma analítico de John Wilkins: «En sus remotas páginas está escrito que los animales se dividen en (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper un jarrón, (n) que de lejos parecen moscas».

Hacia la máquina total

Aunque el término mecanización es utilizado con frecuencia para referirse a la sustitución del ser humano por máquinas para realizar una determinada labor, la automatización implica generalmente la integración de las máquinas en un sistema autorregulado, y su aplicación a la industria no tuvo lugar hasta el comienzo de la Revolución Industrial en el siglo XVIII. El desarrollo de fábricas que producían partes de un producto preparó el terreno, junto con el desarrollo complementario de la división del trabajo, la restricción de la labor de cada trabajador a una tarea específica que se repite de forma continuada. A partir de aquí, sólo había que dar un paso para desarrollar máquinas que realizaran dichas tareas, con la energía suministrada por la máquina de vapor y, más tarde, la electricidad. La puesta en marcha de las cadenas de montaje supuso un nuevo paso hacia la automatización. Utilizadas por primera vez a gran escala por los embaladores de carne de Chicago en 1870, la cadena de montaje utiliza una cinta transportadora o dispositivo similar para dividir un determinado trabajo en etapas que pasan de un trabajador o grupo de trabajadores a otro. Durante la II Guerra Mundial se desarrollaron sistemas de transferencia automáticos que combinaban cadenas de montaje con mecanización de las tareas. Estos sistemas consistían en grupos de máquinas enlazadas por una cinta transportadora; en una etapa de producción se operaba sobre una pieza y pasaba a la siguiente sin intervención humana. La verdadera automatización, sin embargo, sólo llegó con el desarrollo de los sistemas realimentados. Es la presencia de estos sistemas, más que cualquier otra cosa, lo que la distingue de la pura mecanización, pues la realimentación supone la capacidad de una máquina para autorregularse: mediante un sistema o lazo de realimentación, una máquina monitoriza su propia salida, la compara con un conjunto de consignas almacenadas, y ajusta su funcionamiento para corregir las desviaciones observadas. La realimentación pone de manifiesto la necesidad de intercambiar información entre partes de un mismo todo, e intercambiarla de una forma segura y fiable. Y al mismo tiempo, junto con todo lo que va dicho, hace ver la posibilidad de que la fábrica entera, la sociedad o el propio ser humano puedan ser considerados tipos especiales de máquinas. La realimentación combina el control y la comunicación, los elementos constituyentes de la cibernética de Norbert Wiener, y podemos constatar su ubicuidad en nuestro mundo y en nuestras vidas como el mecanismo mediante el cual lo que ocurre influye en lo que ha de ocurrir, la experiencia presente, que acumula y resume toda la pasada, condiciona la evolución futura, sea en una máquina, en un animal, en el hombre o en la sociedad, siendo así el elemento modular de la información y la inteligencia. Pero todo este edificio se apoya sobre unos pilares que es preciso tener en cuenta.

§

Si queremos estudiar un objeto aislado del entorno, a todas luces una abstracción que no corresponde a ninguna realidad, de él nos pueden interesar su funcionamiento, su estructura interna, su organización o su comportamiento. Si nos concentramos en este último omitiendo los restantes aspectos, hecho al que podríamos llamar aproximación behaviorista o sistémica, el objeto quedará caracterizado por cómo transforma los eventos externos que le afectan en cambios producidos en su entorno. Es este enfoque, el de un objeto aislado caracterizado por su comportamiento, el principal pilar al que hemos de prestar atención si no queremos malinterpretar los resultados, extraordinarios pero con un rango de validez limitado, de nuestro mundo artificial; y como el término comportamiento, incluso así concebido, puede resultar demasiado general, habría que restringirlo aún más y, en concordancia con la definición de máquina que hemos venido utilizando [38], considerar como elementos definitorios del comportamiento los cambios de energía o información implicados.

Cuando hablemos de la inteligencia artificial y las máquinas inteligentes como legado de las ideas de Alan Turing, de la información a partir de los trabajos de Claude Shannon, de las relaciones entre la ingeniería y la medicina; cuando nos acerquemos al sueño de la creación del hombre por el hombre y de su simbiosis con la máquina, deberemos tener en cuenta esta simplificación, este reduccionismo implícito en todas esas ideas y en sus realizaciones. Así, tal vez, estaremos en mejor disposición para llegar a unas conclusiones, necesariamente efímeras, sobre qué futuros pueden contemplarse en nuestro horizonte de expectativas.

§

La analogía del relojero se ha utilizado como argumento teológico para probar la existencia de Dios: el diseño implica un diseñador. Pero tal vez esta serpiente se ha revuelto y nos ha mordido la mano: la concepción del cosmos como artefacto, en la era de la cibernética, en la era que está viendo pasear por sus calles a los primeros ciborg [39] (el que más y el que menos lleva un marcapasos, un implante coclear, una bomba de insulina, una mano robótica) lejos ya de la vieja mecánica que nos mantenía a una cómoda distancia de las máquinas, nos pone ante dilemas y retos nunca antes considerados: ¿admitiremos a las máquinas entre los sujetos morales, con sus responsabilidades, sus derechos y sus deberes, o ingresaremos nosotros en su reino y seremos como los robots de Čapek?


[4] Horáková, Jana & Kelemen, J. (2003), Robots – Some Cultural Roots, Sociology.
[5] Horáková and Kelemen, op. cit.
[6] Capek, K. and Capek, J. (1966), R.U.R. y El juego de los insectos, Alianza, p.19.
[7] Karel Čapek, The Evening Standard, 2 de julio de 1924, citado por Horáková, J. and Kelemen, J. (2008), The Robot Story. En: Husbands, P., Holland, O., and Wheeler, M., ed., The Mechanical Mind in History, pages 283–306. MIT Press.
[8] Además de trabajo esclavo, lo que connota el término, al menos la raíz verbal, es la falta de autonomía, de juicio.
[9] Tomo prestados términos que Stephen Toulmin toma prestados en Cosmópolis, Península, 2001.
[10] Mumford, L. (1979), Técnica y Civilización, Alianza.
[11] Uso términos utilizados por Umberto Eco en Apocalípticos e integrados (Lumen, 1994) y Marshall Berman en Todo lo que es sólido se desvanece en el aire (Siglo XXI/Anthropos, 2013, pp. 20-24).
[12] Needham, J. (1997), The Shorter Science and Civilisation in China. Cambridge University Press, pp. 76-77.
[13] Mumford, op. cit., p22.
[14] Wiener, N. (1988b), The Human Use of Human Beings, Da Capo, p.46.
[15] Cornford, F. M. (1984), De la religión a la filosofía, Ariel, cap. III.
[16] Cornford, op. cit., cap. V.
[17] Grabiner, J. V. (1983), The Changing Concept of Change: The Derivative from Fermat to Weierstrass. Mathematics Magazine, 56(4):195–206.
[18] Ver Russell, B. (1986), Elogio de la ociosidad, Edhasa, Capítulo 2: “Conocimiento inútil”.
[19] El lector interesado puede consultar: Snyder, L. J. (2021), El Club de los desayunos filosóficos, Acantilado;  Ross, S. (1962). Scientist: The story of a word. Annals of Science, 18(2):65– 85.
[20] Podemos decir que la ciencia es la sistematización del afán de conocer, encontrar respuestas a las preguntas que nos hacemos sobre el mundo («Esta es la función de la ciencia natural: demostrar que lo maravilloso no es incomprensible, demostrar cómo puede ser comprendido… sin anular lo que tiene de maravilloso. Puesto que, así que hemos explicado lo maravilloso, desvelando su pauta escondida, surge un nuevo objeto de maravilla al ver en qué forma la complejidad se entretejía con la simplicidad» (Simon, H. A. (1978). Las ciencias de lo artificial. ATE, p. 16)). Técnica, y su expresión más alta, la ingeniería, precisamente aquélla que utiliza el lenguaje matemático, sería sistematización del afán por dominar, conquistar el mundo, hacerlo más amable para el ser humano («Así que introducimos la ’síntesis’ y el ’artificio’, penetramos en el reino de la ingeniería» (Simon, op.cit. p. 19)).
[21] Ver el excelente libro La idea de progreso, de John Bury (Alianza, 1971).
[22] Adams, H. (2008). The Education of Henry Adams. Oxford University Press, cap. XXXIV.
[23] Russell, op. cit.
[24] Thompson, D. W. (1992). On Growth and Form. Dover, p.1.
[25] Shannon, C. E. (1948), A Mathematical Theory of Communication, The Bell System Technical Journal, XXVII(3):379–423, p. 393.
[26] Feynman, R. P. (1959), Plenty of room at the bottom, http://www.pa.msu.edu/
[27] Feynman, op. cit., p. 5.
[28] Descartes, R. (2002), Los principios de la filosofía. RBA, IV, 203.
[29] «Era experto en matemáticas, astronomía, óptica, alquimia, lenguajes y medicina homeopática. Había descrito el funcionamiento del telescopio y del microscopio cuatrocientos años antes de Newton. Creía que la tierra era esférica y que uno podía navegar alrededor de ella, un argumento que se supone que inspiró a Colón doscientos años después. Creía que la luz se movía a una velocidad definida en una época en la que se asumía que el movimiento era instantáneo. Cuestionó a Galeno, el gran anatomista y médico romano, y teorizó sobre el mal, la enfermedad y el cuerpo humano siglos antes de que la anatomía y la medicina asomaran su cabeza a la edad moderna. A veces se le ha atribuido la invención de las gafas. Escribió sobre máquinas voladoras, barcos motorizados, coches sin caballos y submarinos. Fue el primer hombre en Europa en describir en detalle la fórmula para fabricar pólvora.» (Goldstone, L. and Goldstone, N. (2005), The Friar and the Cipher, Doubleday, p. 10)
[30] Goldstone and Goldstone, op. cit.; Dyson, G. (2020), Analogía. The Entangled Destinies of Nature, Human Beings and Machines. Allen Line; Heppemheimer, T. A. (1985), Man makes man. En: Minsky, M., editor, Robotics, pp. 29–69, Anchor Press Doubleday; Campaigne, H. H. (1964), Time is – time was – time is past. Computers for intelligence.
[31] Heppemheimer, op. cit.
[32] Es interesante observar que, fantásticas como son ambas historias, mientras el Golem es animado por la palabra, el procedimiento propio de la magia, la Criatura de Frankenstein cobra vida gracias a la electricidad, la más reciente fuerza natural utilizable y símbolo en aquel momento de la nueva ciencia y de la técnica.
[33] Homero (2000), Ilíada, Gredos, V 749, XVIII 376, XVIII 417 y ss.
[34] Aristóteles (1983), Política, Centro de Estudios Constitucionales, 1254b.
[35] Pausanias (1994), Descripción de Grecia, Gredos, I, p. 42.
[36] Turing, A. M. (1937), On Computable Numbers, with an Application to the Entscheidungsproblem, Proceedings of the London Mathematical Society, s2-42(1):230–265.
[37]Hera picó vivamente con la fusta los caballos, y al abrirse solas (αυ ̀τo ́μαται – aùtómatai),
rechinaron las puertas del cielo, custodiadas por las Horas, (V, 748–749).
[38] Y siguiendo la argumentación de Rosenbleuth, Wiener y Bigelow en su artículo de 1943 “Behavior, Purpose and Teleology” (Philosophy of Science, 10(1):18–24).
[39] Término acrónimo formado a partir de cibernético y orgánico.

Vinagre, Blas M. «Universal Robots – El hombre entre las máquinas. Capítulo 1». Adyacente posible, 29 de enero de 2026. https://adyacenteposible.com/2026/01/29/universal-robots-el-hombre-entre-las-maquinas-blas-vinagre/.

Un comentario Agrega el tuyo

Si quieres, puedes dejar un comentario