Frigyes Karinthy1
Domingo 13
Hay algo decisivo, sí, —dije en el fragor del debate (de nuevo la cuestión eran los ciclos históricos: si el mundo evoluciona, si va a algún lado, o si todo es solo un juego de ritmos recurrentes, el eterno retorno a Lo-que-siempre-ha-sido) —ni siquiera sé cómo expresarlo, no me gusta caer en repeticiones. Podría ser algo así: jamás ha sido tan pequeño el globo terráqueo como en la actualidad —en términos relativos, se entiende. El ritmo acelerado de las comunicaciones y los transportes ha encogido el mundo. Creo que todo esto ya se ha dicho, que ya se ha hablado de ello, pero de lo que nunca se había hablado es que de lo que pienso, hago, lo que quiero o deseo—si le conviene a él o a mí— se entere ahora en cuestión de minutos toda la población del planeta. Y de que si quiero comprobarlo en persona, en solo cuestión de días, ale-hop, estoy donde deseo estar.
El país de las hadas, en lo que respecta a las botas de siete leguas, ha llegado a este mundo. Pero traía consigo una pequeña decepción: el país de las hadas resultó ser mucho más pequeño que lo que jamás fue el reino de la realidad. Chesterton escribe en algún lugar que no entiende por qué los metafísicos se empeñan en hacernos imaginar el cosmos como algo muy grande; a él le gusta más la idea de uno chiquitito, exclusivo, primoroso e íntimo. Encuentro este pensamiento muy característico del siglo de los transportes —más tópico que ingenioso o verdadero— y de manera muy precisa porque el reaccionario Chesterton, negador de la ciencia y la técnica, antievolucionista, se vio obligado sin querer a admitir que la Tierra de las Hadas que tanto invocaba ha sido creada precisamente por ese famoso progreso «científico». Por supuesto, todo retorna y se renueva; pero ¿no os dais cuenta de que el ritmo de ese retorno y renovación se acelera a una escala nunca vista, en el espacio y en el tiempo? En minutos mi pensamiento da la vuelta al globo; las fases de la historia universal las recorremos en años, como una lección aburrida de tanto repetirla; de todo esto tiene que salir algo, ¡si al menos supiera qué! (Me parece que estuve casi a punto de saberlo, pero luego lo olvídé de nuevo. Se apoderaron de mí las dudas; quizá precisamente porque me había acercado demasiado a la verdad. Cerca del polo, la aguja magnética comienza a oscilar, ya sabéis; y parece que con la fe ocurre lo mismo cuando nos acercamos a Dios.)
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Por cierto, del debate surgió un juego muy interesante. Para demostrar que los habitantes del globo están mucho más cerca unos de otros, en todos los sentidos, que en cualquier época pasada, uno de los miembros de la reunión propuso el siguiente experimento. Que se designe a cualquier individuo identificable entre los mil quinientos millones de habitantes de la Tierra, en cualquier punto del planeta; él apuesta a que, a través de no más de cinco personas, una de las cuales es un conocido suyo, puede establecer contacto con esa persona, sirviéndose solo de relaciones directas, del modo en que se suele decir: «Por favor, tú que conoces a Fulano de Tal, dile que le diga a Mengano de Cual, que es conocido suyo… etc.»
—Eso sí que me produce curiosidad —dijo alguien—. Vamos a verlo, digamos… digamos, Selma Lagerlöf.
—Selma Lagerlöf —respondió nuestro amigo—, nada más fácil.
Tardó solo dos segundos en pensarlo. ¡Listo! Vamos allá, Selma Lagerlöf, como ganadora del Premio Nobel, conoce al rey Gustavo de Suecia, puesto que fue él en persona quién le entregó el galardón, siguiendo el protocolo. El rey Gustavo de Suecia es un apasionado tenista que participa en torneos internacionales; ha jugado con Kehrling, a quien sin duda aprecia y conoce bien. Y a Kehrling, yo mismo (nuestro amigo también es un vigoroso tenista) lo conozco muy bien. He aquí la cadena: solo hicieron falta dos eslabones del máximo de cinco, lo cual es normal, pues es más fácil llegar a las personas célebres y populares en el mundo que a los insignificantes, ya que aquéllos tienen infinidad de conocidos. Que propongan algo más difícil.
La tarea más difícil: un remachador de los talleres Ford, la asumí yo y la resolví con éxito con solo cuatro eslabones. El obrero conoce a su capataz; el capataz conoce al propio Ford; Ford tiene buena relación con el director del consorcio periodístico Hearst; con ese director se relacionó a fondo el año pasado el señor Árpád Pásztor, que no solo es conocido mío, sino, en mi modesta opinión, un excelente amigo. Solo tendría que telegrafiar al director para que le diga a Ford que pida al capataz que ese remachador me remache urgentemente el automóvil, que buena falta me hace.
Así continuó el juego, y resultó que nuestro amigo estaba en lo cierto: nunca hicieron falta más de cinco eslabones para que cualquier miembro de la reunión entrara en contacto, a través de conocidos personales, con cualquier otro habitante del planeta. Ahora bien, me pregunto: ¿hubo alguna otra época en la historia en que esto hubiera sido posible? Julio César fue un hombre poderoso, pero si se le hubiera ocurrido, pongamos por caso, conseguir en pocas horas o días que alguien le diera acceso a algún sacerdote de las tribus aztecas o mayas de la América de entonces, no hubiera podido llevar a cabo ese propósito ni a través de cinco eslabones ni de trescientos, entre otras razones porque de América y de sus posibles o imposibles habitantes se sabía en aquel tiempo menos que lo que hoy sabemos nosotros sobre Marte y sus habitantes.
Existe algo, algún proceso, más allá del ritmo y la ola: contracción y expansión. Algo se recoge y se hace más pequeño, y algo se derrama y se expande sin cesar. ¿Es posible —sería acaso posible— que esta contracción y encogimiento, este mundo físico, y esta expansión y crecimiento hayan comenzado con esa pequeña chispa parpadeante que se encendió hace muchos millones de años en la gelatina nerviosa del hombre-animal, y que, al expandirse y crecer y consumir todo cuanto se ponga en su camino, incendie y encoja y reduzca a cenizas el mundo físico entero? ¿Es posible —es posible, después de todo— que la energía venza a la materia, que el alma sea una verdad más fuerte y más verdadera que el cuerpo, que la vida tenga un sentido que sobreviva a la vida, que el bien sobreviva al mal, la vida a la muerte, que Dios sea en definitiva más poderoso que el diablo?
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Porque —lo confieso con rubor, pido perdón y me revuelvo contra ello para que no me tengan por loco— con frecuencia me sorprendo todavía jugando a este juego de las influencias, no solo en lo que atañe a las personas, sino también a las cosas. Por desgracia, ya me sale solo, como la tos. Es un juego inútil, con él no puedo cambiar nada; pero qué le voy a hacer, soy como el tahúr que lo ha perdido todo en las casas de juego: prefiere seguir jugando por habas, o así nada más, sin esperanza de ganar, con tal de ver los cuatro palos de la baraja. El extraño juego del Pensamiento traquetea en mí sin esperanza: con dos eslabones, con tres, como mucho con cinco, ¿cómo podría establecer una conexión, un nexo entre los pequeños e insignificantes asuntos de la vida que se me presentan?, ¿cómo engancho un fenómeno con otro?, ¿cómo pongo en relación lo relativo, lo pasajero, con lo no relativo y permanente?, ¿cómo vinculo la parte con el todo? Estaría bien vivir, gozar, alegrarse, tomar las cosas solo en la medida en que me procuran alegría o me causan dolor. Pero es Inútil. Me fascina el juego, buscar en los ojos que me sonríen, en el puño que se lanza contra mí, algo más allá de lo estrictamente necesario para acercarlos a mí o para protegerme de ellos. Alguien me quiere, alguien está enfadado conmigo: ¿por qué me quiere, por qué está enfadado? Dos personas no se entienden; tengo que entender a las dos: ¿cómo? Venden uvas en la calle; mi hijo pequeño llora en la habitación de al lado. Un conocido fue engañado por su mujer; ciento cincuenta mil personas rugieron en el combate de Dempsey; el nuevo libro de Romain Rolland no le importó a nadie; el amigo X cambió de opinión sobre Y. Cadena-cadena-eslabones-cadena, ¿cómo hallar en este galimatías una línea que los conecte?, ¡y rápida y directamente, no con treinta tomos de filosofía! A lo sumo con una deducción, pero de modo que la cadena que arranca de la cosa lleve, con su último eslabón, a la fuente de todas las cosas, a mí mismo. Como…
Como este señor… este señor que se ha acercado a mi mesa… donde escribo esto ahora, se ha acercado y me ha interrumpido con algún asuntillo intrascendente: me ha hecho olvidar lo que estaba a punto de decir. ¿Por qué vino, cómo se atrevió a molestarme? Primer eslabón: no aprecia gran cosa todo este garabateo. Pero ¿por qué? Segundo eslabón: en general, el garabateo no es tan estimado en el mundo como lo era hace solo un cuarto de siglo. La causa es esa convulsión universal que comprometió al Espíritu; si de ella solo salió lo que salió, no valía demasiado el famoso torrente de ideas de finales de siglo, su «cosmovisión». Tercer eslabón: por eso reina sobre Europa la histeria desencadenada del miedo y la violencia, el orden se ha disuelto. ¡Cuarto eslabón!
Que llegue pues el nuevo Orden, que venga el nuevo Redentor del mundo, que el Dios del mundo se muestre de nuevo en una zarza ardiente, que haya paz, que haya guerra, que haya revolución, para que —¡oh, quinto eslabón!— no vuelva a ocurrir que alguien se atreva a molestarme cuando juego, cuando sueño despierto, cuando pienso.
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- Láncszemek es el famoso relato breve de Frigyes Karinthy, publicado en 1929, en el que propone la hipótesis de «los seis grados de separación». La obra de Karinthy está en dominio público y el relato original puede leerse en línea, por ejemplo aquí: Karinthy Frigyes: Láncszemek.
La versión que he utilizado para esta traducción está publicada en la colección
Minden másképpen van. Ötvenkét vasárnap (Todo es diferente. 52 domingos), Athenaeum, Budapest, 1929.
Mi conocimiento del húngaro es nulo. Las herramientas habituales (Google Translate y las IA ) sirven para una lectura rápida y casual, pero los tortazos lingüísticos llaman la atención. (No es de extrañar que las traducciones al español que circulan por la red sean francamente pobres). No hay nada, sin embargo, como perder la tarde de un sábado buceando en las referencias mentales del autor y los giros de un lenguaje desconocido, con la rudimentaria escafandra que proporciona la curiosidad, el conocimiento de otros lenguajes, y aquí sí los servicios de la IA.
El texto de Karinthy es una auténtica perla.
Si, por una remota casualidad algún eslabón alcanza a algún lector con conocimiento del húngaro, estaré plenamente abierto a cualquier sugerencia. ↩︎

Karinthy, Frigyes, Láncszemek, 13. vasárnap. en Minden másképpen van. ATHENAEUM, 1929. © Traducción de Francisco J. Jariego, Eslabones, Adyacente posible, 22 de febrero de 2026. https://adyacenteposible.com/2026/02/22/eslabones/.
