¿Cómo es ser una máquina?

No hay en esta vida nada más poderoso, pero al mismo tiempo más delicado, que los mecanismos de la individualidad. Crear la impresión de que la humanidad es algo que pueda reproducirse como las monedas supondría echar por tierra la ilusión de la vida.

Seumas O’Kelly, La tumba del tejedor.

Téchnē

En el diálogo Fedro [151], Platón, por boca de Sócrates como es habitual, cuenta el mito de Theuth y Thamus. Theuth era un dios egipcio que, según el mito, descubrió el número y el cálculo, la geometría y la astronomía, el juego de las damas y el de los dados, y principalmente las letras. Cuando esto ocurrió Thamus (o Ammón) era el señor de Egipto y reinaba desde Tebas. El dios fue a ver al rey y le mostró sus descubrimientos diciéndole que debían ser compartidos por todos los egipcios. A requerimiento de Thamus, Theuth describe entones la utilidad de cada uno mientras aquél va haciendo observaciones y comentarios a favor o en contra.

El mito y el diálogo han sido muy estudiados, sobre todo por su relación con la escritura y la memoria. Aquí nos interesa la denominación que el dios da a esos productos de su invención y el carácter que les otorga al ponerlos a disposición de los hombres. En palabras de Emilio Lledó [152]:

El nombre con el que se denomina estos productos que Theuth enseña es téchnai, artes, realidades ‘artificiales’. El concepto de téchnē, tal como se entiende en la cultura griega, presenta, en el mito, su verdadero sentido. Los artificios creados por el hombre amplían la esfera de su poder sobre el mundo y las cosas; pero están hechos, también, a la medida del hombre, como un universo ‘mediador’ entre la phýsis, ajena y la otra phýsis, la naturaleza humana, que logra, precisamente, su humanidad por la creación de este mundo intermedio en el que las dos formas de naturaleza, la propia y la ajena, interfieren. Esta interferencia marca un espacio de conocimiento, que va creando la frontera, cada vez más amplia, en la que se establece la cultura.

Así pues, y es lo que admitíamos hasta hace muy poco, las realidades artificiales no solo amplían nuestro poder sobre el mundo permitiendo hacer nuestra existencia más confortable y segura, más feliz, mejorando, reforzando y amplificando los mecanismos homeostáticos de los que la naturaleza nos ha dotado; los artificios, entre los que los lenguajes, sean letras o números sus signos, son ejemplares supremos, son los que nos hacen humanos: es esa phýsis intermedia de la civilización y la cultura la que nos hace lo que somos. Pero «¡Oh artificiosísimo Theuth!», exclama el rey, «A unos les es dado crear el arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta a los que pretenden hacer uso de él». Esa simbiosis final con la que concluíamos el capítulo anterior, ¿no nos invita a pensar que la frontera entre lo natural y lo artificial se está haciendo porosa? Porque el ciborg, antes que una simbiosis, es una síntesis por afinidad entre la phýsis intermedia y nuestra propia phýsis; afinidad que no debería sorprendernos pues, como escribe el profesor Lledó, consciente o inconscientemente, los artificios están hechos «a la medida del hombre».

Maneras de conocer

En su libro Ways of Knowing, John V. Pickstone disecciona la tríada ciencia, tecnología, medicina (STM) en elementos que denomina ‘maneras de conocer’, formas de investigar la naturaleza o los artefactos, y se centra en tres tipos ideales: historia natural, análisis y experimentación. La historia natural registra la variedad y el cambio de las cosas, procedan éstas de la naturaleza o de la mano del hombre; el análisis busca orden mediante disección, y entra en juego al considerar los objetos como compuestos o procesos; la experimentación tiene que ver con la realización, la invención, en definitiva la síntesis[153]. En cada uno de los elementos de la terna STM estos tres tipos ideales se combinan y anidan de formas características que definen su esencia o su estado.

Para la mayoría de nosotros, la medicina es la actividad que se encarga de preservar y restaurar la salud, y su propósito, por tanto, está ligado al mundo natural; mientras que la ingeniería es aquella orientada a construir artefactos útiles, a crear, en suma, el mundo artificial. Pero en realidad no son actividades tan distintas, y los ‘tipos ideales’ se combinan en ellas de forma muy similar; comparten, en suma, sus ‘maneras de conocer’.

Imaginemos a alguien que trabaja con problemas concretos, casos (en toda la complejidad del mundo real); cuyo éxito está en encontrar resultados satisfactorios utilizando información incompleta, recursos limitados, el conocimiento disponible, la tecnología disponible, la experiencia, y lo que tenga de creatividad, ingenio u ojo clínico; cuya formación haya estado basada en casos, en proyectos; cuya actividad sea transitiva y no un fin en sí mismo; y para quien generar nuevo conocimiento sea una posibilidad, pero no una finalidad. Si tenemos que encuadrar a este alguien en una actividad profesional, ¿lo haremos en la medicina o en la ingeniería? Ambas alternativas valdrían como respuesta. La ciencia es algo distinto: su método se basa en la observación, la inducción a partir de los datos observados, la formulación de hipótesis, la experimentación para validar dicha hipótesis, la demostración o la refutación de la misma, y el establecimiento de una tesis o teoría; hace hincapié en el análisis, pues una teoría, aunque sea nueva, es una explicación de lo que hay.

La ciencia proporciona a la ingeniería y a la medicina conocimientos y métodos; la ingeniería proporciona a la ciencia y a la medicina dispositivos (procedimientos y máquinas), y la medicina ilustra a la ciencia y a la ingeniería con paradigmas (figura 5.1).

Figura 5.1. Relaciones ciencia – ingeniería – medicina.

§

La primera intervención quirúrgica de la que tenemos noticia ocurrió en el Paraíso, cuando el creador aprovechó el sueño de Adán para extraerle una costilla y de ella crear a Eva. Pero de esa operación, que al parecer no necesitó anestesia, no dejó cicatriz visible ni precisó de postoperatorio, poco pudieron aprender los médicos antiguos: solo quedó un mito, un ideal que rebajado unos cuantos peldaños podemos columbrar hoy desde la moderna cirugía mínimamente invasiva y la producción in vitro de órganos y seres.

La enfermedad es más antigua que el hombre, y tanto como él lo es la técnica, el uso de herramientas que el hombre empleó, entre otras cosas, para sobrevivir a aquella: la trepanación del cráneo documentada entre los hombres prehistóricos y primitivos, nos habla al mismo tiempo de una curación, de una técnica y de un artefacto para realizarla. Aunque todavía envuelta la medicina en un halo mítico[154], los griegos, teniendo como patrón a Asclepios, ya nos proporcionaron saber útil, y tal vez la primera relación documentada entre médico e ingeniero fue la que se dio entre Herófilo y Ktesibios en Alejandría al emplear el primero la clepsidra inventada por el segundo para relacionar los latidos del corazón con el pulso. Tan antiguas como el hombre, y más que la ciencia, la medicina y la técnica enseguida vieron en esta nueva actividad nacida en Grecia una poderosa aliada.

Permitiéndonos una elipsis como la de Stanley Kubrick en 2001, Una odisea espacial, en la que una vez descubierto el uso de la herramienta ya solo es cuestión de tiempo la llegada de la nave espacial, podemos decir que una vez iniciada la colaboración entre medicina e ingeniería era cuestión de tiempo llegar a la extraordinaria semejanza entre un quirófano moderno y la sala de HAL 9000, el todopoderoso ordenador que gobierna la nave Discovery. Pero esta colaboración entre médico e ingeniero ha dependido siempre de un modelo del hombre, más precisamente de la ‘máquina humana’.

De humanis corporis fabrica

En 1543, el mismo año en que Copérnico publicó Sobre las revoluciones de las esferas celestes, que fundaría la astronomía moderna, Andrea Vesalio publicó en Basilea su obra en siete volúmenes De humani corporis fabrica (Sobre la estructura del cuerpo humano), obra fundamental en el progreso de la anatomía humana por su concepción arquitectónica de la misma, anunciada ya en su título. Esta visión del cuerpo humano como una ‘fábrica’, término que entonces solo hacía referencia a su estructura, invadió pronto las ideas sobre su funcionamiento. La podemos encontrar en Descartes, sobre todo en su obra El tratado del hombre (1633) [155]:

 En verdad puede establecerse una correcta comparación de los nervios de esta máquina que estoy describiendo con los tubos que forman parte de la mecánica de estas fuentes; sus músculos y tendones pueden compararse con los ingenios y los resortes que sirven para moverlas; los espíritus animales con el agua que las pone en movimiento; su corazón con el manantial y, finalmente, las concavidades del cerebro con los registros del agua. Por otra parte, la respiración y las otras actividades naturales y comunes que dependen del curso de los espíritus, son como los movimientos de un reloj o de un molino que pueden llegar a ser continuos en virtud del curso constante de agua. …. Finamente, cuando esta máquina posea un alma racional, habrá de estar localizada en el cerebro y su función será comparable a la del fontanero, que debe permanecer ante los registros donde se reúnen todos los tubos de estas máquinas, si desea provocar, impedir o modificar en cierto modo los movimientos de la fuente.

O en la introducción de Hobbes a su Leviatán (1651 ) [156]:

La Naturaleza (Arte con el cual Dios ha hecho y gobierna el mundo) es imitada por el Arte del hombre en muchas cosas y, entre otras, en la producción de un animal artificial. Pues viendo que la vida no es sino un movimiento de los miembros, cuyo origen se encuentra en alguna parte principal de ellos ¿por qué no podríamos decir que todos los autómatas (artefactos movidos por sí mismos mediante muelles y ruedas, como un reloj) tienen una vida artificial? Pues ¿qué es el corazón sino un muelle? ¿Y qué son los nervios sino otras tantas cuerdas? ¿Y qué son las articulaciones sino otras tantas ruedas, dando movimiento al cuerpo en su conjunto tal como el artífice proyectó?

Y llegaría a su plenitud materialista en la obra El hombre máquina de Julien Offray de la Mettrie (1747 )[157]:

El hombre es una máquina tan compleja que resulta imposible hacerse una idea clara de ella en un primer momento, y, por consiguiente, definirla. Por esta razón, todas las investigaciones que los más ilustres filósofos han hecho a priori, es decir, queriendo servirse de las alas del espíritu, han resultado inútiles. Solo a posteriori, o tratando de discernir el alma a través de los órganos del cuerpo, se puede, no diría descubrir la naturaleza misma del hombre, pero si alcanzar el mayor grado de aproximación.

Pese a los fervores de la revolución científica, pese a los avances en el estudio de la circulación de la sangre o la respiración y sus relaciones con la mecánica de fluidos, pese al desarrollo de instrumentos tan importantes como el microscopio, hubo que esperar al siglo XIX para que las ciencias de la vida fuesen admitidas al salón de la fama de la Ciencia: la teoría de la evolución, la teoría celular o la genética, fueron determinantes. Sin embargo, nada de esto cambió sustancialmente el modelo del hombre: seguía siendo ‘mecánico’. El concepto del hombre como máquina solo tenía que esperar para cambiar a que el concepto de máquina cambiara.

Homeostasis y cibernética

El cambio hacia el modelo cibernético del hombre comenzó en la segunda mitad del siglo XIX. Walter Cannon, en su libro de 1932 La sabiduría del cuerpo, dio el nombre de homeostasis al proceso mediante el cual se mantienen las condiciones físicas y químicas de un sistema incluso en presencia de perturbaciones externas (regulación de temperatura, presión, ritmo cardíaco, glucemia). El relato se había iniciado con Claude Bernard y su milieu intérieur (medio interno) en la obra Leçons sur les phénomènes de la vie communs aux animaux et aux végétaux publicada en 1878. En ella clasifica tres formas de vida: la vie latente (la vida latente), un estado de ‘indiferencia’ o falta de reacciones químicas; la vie oscillante (la vida oscilante), un estado en el que caen los procesos vivos bajo la influencia del entorno externo; y finalmente, característica del puesto más alto en la escala de los vertebrados (animales de sangre caliente) es la vie constante ou libre (la vida constante o libre), donde la vida se libera del entorno externo y logra mantener condiciones constantes dentro de su propio medio interno permitiendo así el desarrollo de las formas de organización más complejas en los seres vivos que alcanzan su cima en los humanos[158].

Esto sirvió a Norbert Wiener, que había colaborado con médicos en la escuela de Harvard, para desarrollar su concepto de cibernética: el control y la comunicación en el animal y en la máquina. De la homeostasis en medicina o fisiológica, pasamos así a la realimentación en ingeniería: tenemos una planta o proceso a controlar, medimos su salida y la comparamos con valores de referencia y, mediante un controlador diseñado ad hoc y a través de un actuador, influimos en la planta para que la variable evolucione en el sentido de anular la diferencia entre la referencia y el valor medido (como mostramos en la figura 1.2).

Así es como funciona el cuerpo humano y así es como la vida es posible: si careciésemos de ese mecanismo, solo ante condiciones del entorno inmutables [159] podríamos vivir. Y así es como funcionan las máquinas modernas, intercambiando información y tomando decisiones con inteligencia. Y al añadir a la parte mecánica la información y el control, pasamos de un modelo mecánico del hombre a un modelo cibernético.

La biología es ingeniería

Pero el estudio de los seres vivos como máquinas, y por tanto la consideración de la biología como ingeniería, va mucho más allá de la anatomía y la homeostasis y viene de mucho más lejos. Se puede seguir su rastro en las investigaciones de Aristóteles sobre los animales, en los dibujos e inventos de Leonardo da Vinci, y la idea está implícita en la analogía del relojero o argumento del diseño: diversos componentes ensamblados y puestos a trabajar juntos con un propósito, un diseño con una finalidad.

Desde Aristóteles al menos solíamos distinguir entre lo que es por naturaleza (natural o secundum naturam) y lo que es producido por la técnica (artificial o contra naturam). Los organismos, que se mueven por sí mismos, pertenecerían a la primera clase, mientras que los mecanismos, que se mueven por otro, pertenecerían a la segunda. Charles Darwin vino a sacarnos de esta postura ingenua y cómoda. Según Daniel Dennett, el esquema conceptual de la teoría de Darwin se podría definir hoy con la palabra algoritmo, pues cumple sus características esenciales[160]:

  1. Sustrato de neutralidad: su poder se debe a su estructura lógica y no a los elementos utilizados para su realización.
  2. Estupidez subyacente: por brillante que sea el diseño global, cada paso, así como las transiciones entre estos, es simple.
  3. Garantía de resultados: haga lo que haga, siempre lo hace si es correctamente ejecutado.

Y así, el árbol de la vida podría ser el resultado de una amplia serie de algoritmos, una sucesión de problemas de diseño óptimo planteados y resueltos. Como escribe Dennet [161],

La gran visión de Darwin fue que todos los diseños de la biosfera podrían ser los productos de un proceso (…) tan paciente como insensato, una ‘automática’ y gradual ‘elevación’ en el espacio del diseño.

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Por otra parte, Jacques Monod, biólogo, director del Instituto Pasteur y premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1965, comienza su famosa obra El azar y la necesidad ejemplificando la dificultad de distinguir entre objetos naturales y objetos artificiales, incluso a nivel macroscópico, basándonos en criterios simples con los que parece evidente identificar a los últimos, como son la regularidad en la estructura, la repetición de individualidades o su carácter proyectivo, de estar destinados a cumplir una función[162]. Fijándonos en esta última característica, la que alude al famoso relojero, una enzima que se mueve a lo largo de un par de hilos de ADN, revisando, reparando y copiando para después trasladarse a otro nivel y repetir el proceso, es una imagen perfecta de un autómata microscópico y una realización de la máquina de Turing. De igual manera, una secuencia unidimensional de aminoácidos que determina la identidad de una proteína y se pliega solo en una de muchas formas posibles, y es esa forma tridimensional la que la hace construir estructuras, combatir antígenos o regular el desarrollo, es una máquina que cumple una función, es un robot origami cuya estructura final, y por tanto su función, depende de las condiciones iniciales y del medio ambiente.

Estas maquinitas y algoritmos serían las piezas fundamentales para entender la evolución, la reproducción, la morfogénesis y el metabolismo, focos de atención de la AL o Vida Artificial; pero también la percepción, la cognición y la acción, asuntos de los que se ocupa la AI o Inteligencia Artificial[163]. Tal vez «Un pequeño fragmento de máquina molecular, impersonal, irreflexiva, robótica, insensata es, en último término, la base de toda la acción y, en consecuencia, del significado y, en consecuencia, de la conciencia en el universo»[164]. Tal vez somos el resultado de un proceso insensato y automático; estamos hechos de una multitud y, como el demonio que habitaba al poseído de Gerasa (Marcos 5,9), somos Legión porque somos muchos. ¿Se deriva de ello que somos máquinas? Habría que pararse a reflexionar sobre qué entendemos por ‘ser’ en esta pregunta: ¿somos amebas por descender de ellas y estar hechos de los mismos elementos constructivos?

Criaturas, murciélagos, máquinas

Al comienzo de este viaje dijimos que una máquina, en su moderna concepción, es un dispositivo que procesa o transforma energía, información o ambas. Pero tal vez, a la vista del camino recorrido, esta definición no nos resulte satisfactoria: ¿no transforma y procesa energía nuestro cuerpo e información nuestra ‘mente’? ¿Debemos por ello concluir que somos máquinas? Setenta años después nos encontramos en la situación de Alan Turing cuando publicó su artículo sobre máquinas que aprenden, solo que el reto, el nuevo ‘juego de la imitación’, se ha vuelto más agresivo: ahora no compromete solo a nuestra inteligencia, sino a todo nuestro ser.

En un libro reciente de Stuart Russell en el que este experto analiza los logros presentes y previsibles de la inteligencia artificial y el problema de su control por parte de los humanos, encontramos el siguiente ejemplo [165]:

Para tener solo un atisbo del fuego con el que estamos jugando, consideremos cómo funcionan los algoritmos de selección de contenido en los medios de comunicación social. No son particularmente inteligentes, pero están en disposición de afectar al mundo entero porque influyen directamente sobre miles de millones de personas. Típicamente, tales algoritmos se diseñan para maximizar el click-through, esto es, la probabilidad de que el usuario clique en los items presentados. La solución es simplemente presentar items en los que al usuario le gusta ‘pinchar’, ¿no? Erróneo. La solución es cambiar las preferencias del usuario de forma que sea más predecible. Un usuario más predecible se puede alimentar con artículos en los que le guste clicar, generando de ese modo más beneficio […] Como cualquier entidad racional, el algoritmo aprende cómo modificar el estado de su entorno —en este caso, la mente del usuario— para maximizar su propio beneficio. Las consecuencias incluyen el resurgimiento del fascismo, la disolución del contrato social que es la base de las democracias en todo el mundo, y potencialmente el final de la Unión Europea y de la OTAN. No está mal para unas pocas líneas de código, incluso si tuvo la ayuda de algunos humanos. Ahora imaginen lo que un algoritmo realmente inteligente sería capaz de hacer.

En este ejemplo tan simple, y tan cotidiano en nuestras vidas, hay algunas ideas poco amables para el ser humano. Cuesta poco esfuerzo pasar de la imagen de cualquiera de nosotros clicando en la pantalla del móvil, la tablet o el ordenador, a la de unos pollos de engorde picando día y noche en sus comederos, algoritmo concebido para maximizar los beneficios de los propietarios de la granja, y tal vez también de los usuarios, pero nunca de los pollos. Solo un poco más de esfuerzo y nuestro ’algoritmo’ podría ser entendido como la versión refinada del hueso que blande el primate para dominar a sus enemigos, o la droga echada en el vaso para anular la voluntad del adversario. El mercado, en la actualidad un gigantesco ‘sistema ciberfísico con humanos en el lazo’, para tener éxito necesita un usuario que se ajuste a su modelo, y para economizar esfuerzos y dinero, opta por simplificar el comportamiento que ha de ser modelado. El mercado, como Miranda, puede entonces decir:

                                     ¡Oh Maravilla!
¡Cuántas buenas criaturas hay aquí!
¡Qué hermosa es la humanidad! ¡Oh mundo feliz,
Que tal gente habita!
(Shakespeare, La Tempestad, V, 184–187)

§

En el libro ya citado, David Gelernter da la siguiente definición: «una máquina es una estructura hecha por el hombre que convierte energía en valor». El énfasis está en ‘hecha por el hombre’, como no puede serlo una flor o una nube, y en el término ‘estructura’, un objeto que ocupa un espacio o un tiempo, que no parece ser el caso de una idea; pero también en el hecho de que al transformar energía en valor, la máquina es «el lugar de encuentro entre naturaleza y sociedad»[166], algo así como la frontera de la que nos hablaba Emilio Lledó. Sin embargo, tampoco esta definición nos deja satisfechos. Por una parte, el término ‘estructura’ no es definitorio, y esto desde el momento en que el propio Gelernter considera un programa como una «máquina de información», y aunque lucha durante muchas páginas por distinguir entre la idea de un programa y el programa mismo, nada nos garantiza que esa idea no sea un programa inscrito en nuestro cerebro. Por otro lado, habrá que andarse con cuidado con la expresión ‘hecha por el hombre’, porque el hombre ha demostrado ser más ‘artificiosísimo’ que el mismísimo Theuth.

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En el verano de 1816 en Villa Diodati, a orillas del Lago Lemán o Lago de Ginebra, ese bello aneurisma en el cauce del Ródano entre Ginebra y Montreux, al norte de los Alpes, un grupo de amigos pasaba unas vacaciones disfrutando la atmósfera festiva que propiciaban el clima, la proximidad del agua y sus afinados ingenios. George Gordon Byron había alquilado la casa con su amigo John William Polidori, médico y escritor, y recibía con frecuencia al poeta Percy Shelley y su futura esposa, Mary Wollstonecraft Godwin. Una noche discutían sobre los experimentos galvánicos de Giovanni Aldini, Catedrático de Anatomía en Bolonia, y algunas especulaciones sobre la generación artificial de la vida que se habían derivado de experimentos llevados a cabo por Erasmus Darwin, médico, naturalista, fisiólogo, filósofo, poeta y abuelo del autor de El origen de las especies. La misma Mary nos lo cuenta [167]:

Hablaron de los experimentos del Dr. Darwin (no me refiero a lo que el doctor hizo verdaderamente, o dijo que hizo, sino, más en relación con mi tema, a lo que entonces se decía que había hecho), quien tuvo un trozo de vermicelli [168] en una caja de cristal hasta que por algunos medios extraordinarios empezó a moverse con movimiento voluntario.

Animados por el ambiente y movidos por la conversación se retaron a escribir cada uno una historia de fantasmas, o de terror. Lord Byron, el padre de nuestra Lady Lovelace, abocetó un fragmento sobre un explorador moribundo; Shelley compuso su poema “Mont Blanc”; Polidori empezó un cuento gótico, “El vampiro”; y Mary, con pausa y durante los catorce meses siguientes, escribió Frankenstein, o el moderno Prometeo [169].

Prometeo el titán, si creemos a Hesíodo [170], era ‘mañoso y astuto’, y no creó a los primeros hombres moldeándolos con arcilla, sino que fue su benefactor: dos veces engañó a Zeus por amor a los hombres, y les llevó las semillas del fuego que el dios había decidido no volverles a enviar. Víctor Frankenstein, el moderno Prometeo, aspira a más [171]:

 «Por mucho que se haya hecho», exclamaba el alma de Frankenstein, «mucho, muchísimo más lograré yo; avanzando por los senderos ya marcados, inauguraré una nueva ruta, exploraré poderes desconocidos, y revelaré al mundo los más profundos misterios de la creación».

Consigue dar vida a la Criatura hecha de trozos de cadáveres. ¿Entraría esta Criatura en la definición de máquina que propuso Gelernter? Desde luego, está hecha por el hombre, y es una estructura tal que de ser el hombre de Vitruvio abarcaría una rueda de dos metros y medio de diámetro. También satisface el requisito de transformar energía, partiendo de la eléctrica que había permitido reanimar el ensamblaje; y valor, el mismo Gelerntner nos lo dice, es «cualquier cosa que digamos que lo es»[172]. Así pues, se ajusta a la definición de máquina, y el hecho de que sea un personaje de una obra de ficción no es relevante, pues lo que de verdad importa es si, dado el salto de la ficción a la realidad, acogeríamos a la Criatura como uno de los nuestros o la condenaríamos a la vida que retrata la novela.

Mary Shelley hablaba de que el abuelo de Darwin había puesto un vermicelli, un fideo, y que al cabo de un tiempo había empezado a moverse voluntariamente. Pero escuchemos a este señor versificar su experimento[173]:

Junto a nuestros ojos asombrados, el enfoque trae
Líneas semovientes y anillos animados;
Primero se mueve Monas, un punto inconexo,
Juega alrededor de la gota sin una extremidad o articulación;
Entonces Vibrio hace ondas, con anguilas capilares,
Y Vorticella hace girar sus ruedas vivas;
Mientras que el insecto Proteus se divierte con formas cambiantes
A través de la marea brillante, un globo, un cubo, un gusano.
Por último, en el campo, el Ácaro nada enorme,
Hincha su corazón rojo y retuerce sus miembros gigantes.

Y explicar «que algunos de los animales microscópicos permanecen muertos durante muchos días o semanas, cuando el fluido en el que existían se seca, y recuperan rápidamente la vida y el movimiento mediante la adición de agua fresca y calor. …. Así, la vorticella o animal-rueda»[174], revelando que el fideo que excitó la imaginación de Mary Shelley era en realidad una vorticella, un organismo unicelular ciliado, un protozoo.

§

En 1974 Thomas Nagel publicó un artículo con el provocador título “¿Cómo es ser un murciélago?” [175] en el que trataba sobre la consciencia y el problema cuerpo-mente, y en él decía que era aquella, la consciencia, la que hacía dicho problema intratable por hacerlo único, diferente a otros problemas como el problema agua ——, el problema máquina de Turing-máquina IBM, o el gen-ADN.

La experiencia consciente se da en muchos niveles de la vida animal, aunque es difícil decir qué la hace evidente. De cualquier manera que se dé, arguye Nagel, un organismo tiene estados mentales conscientes «si y solo si hay algo que es como ser ese organismo, algo que es así para el organismo»[176]. Ese algo es ‘el carácter subjetivo’ de la experiencia, y es «algo no capturado por ninguno de los corrientes análisis reduccionistas de lo mental ideados recientemente, porque todos ellos son lógicamente compatibles con su ausencia [de la consciencia]. No es analizable en términos de ningún sistema explicativo de estados funcionales, o intencionales, ya que estos pueden adscribirse a robots o autómatas que se comportan como personas aunque no experimenten nada»[177].

Hablando de murciélagos, que son seres vivos y mamíferos, podemos considerar que tienen una forma de vida y un aparato sensorial tan diferentes a los nuestros que más bien nos parecen aliens. Aún así, ¿hay algo como ser un murciélago? En tal caso, deberíamos atribuir consciencia a los murciélagos. Pero sus experiencias vienen moduladas por sus sentidos, y, por ejemplo, su ‘sonar’ funciona de forma tan diferente a cualquiera de los nuestros que no está muy claro si con los términos experiencia y consciencia queremos decir lo mismo que cuando hablamos de seres humanos[178].

Nosotros podríamos preguntar ¿cómo es ser una máquina? El propio Nagel en una nota a pie de página comenta [179]:

Quizás tales robots no puedan existir. Tal vez cualquier cosa suficientemente compleja para comportarse como una persona tendría experiencias. Pero eso, si es verdad, es un hecho que no puede descubrirse solamente analizando el concepto de experiencia.

Han pasado cuarenta y ocho años desde que se publicó el artículo, y aún no sabemos si tales robots, tales máquinas, pueden llegar a existir. Tal vez la experiencia subjetiva, la consciencia y la inteligencia sean atributos que simplemente emergen de un sistema suficientemente complejo como sugería Grey Walter al ver a sus torpes Narcisos vacilar ante el espejo; tal vez los estados mentales sean estados corporales, físicos. Creemos saber lo que es un ser humano, y creemos saber lo que es una máquina; pero aún desconocemos cómo pueden converger en un sistema, un proceso o un ente [180]:

… es precisamente esta aparente claridad de la palabra ‘es’ lo que es engañoso. … cuando los dos términos de la identificación son muy distintos podría no quedar muy claro cómo podría ser verdadera. Podríamos no tener siquiera una idea burda de cómo podrían converger los dos caminos referenciales, o en qué tipo de cosas podrían hacerlo, y puede ser necesario un marco teórico que nos permita comprender esto. Sin ese marco, un aire de misticismo rodea a esta identificación.

La expresión ‘cómo es’ del título puede ser engañosa, confesaba el propio Nagel, y debe ser entendida no como ‘a qué se parece’, sino ‘cómo es para el sujeto mismo’. Es decir, el marco teórico que él reclamaba exige que las máquinas alcancen el último nivel de actividad mental en el esquema de Minsky referido en el capítulo anterior, la reflexión autoconsciente. ¿Lo habrían alcanzado Elsie y Elmer con solo dos neuronas, puesto que parecían reconocerse en el espejo? Quizá nunca lo sepamos, hasta que no seamos Elmer o Elsie.

Hubert L. Dreyfus cuenta la siguiente anécdota [181]:

Cuando enseñaba en el MIT a principios de los sesenta, los estudiantes del Artificial Intelligence Laboratory vinieron a mi curso sobre Heidegger y me dijeron: “Ustedes, filósofos, han estado reflexionando en sus sillones durante más de dos mil años y todavía no entienden cómo funciona la mente. En el AI Lab nos hemos hecho cargo del asunto y estamos teniendo éxito donde ustedes, filósofos, han fallado. Ahora estamos programando computadoras para exhibir inteligencia humana: resolver problemas, comprender el lenguaje natural, percibir y aprender.

Sesenta años después estamos en condiciones de reconocer cuánta ingenuidad había en ese comentario: intentaba cumplir, sin saberlo, el pronóstico que La Mettrie hizo a mediados del siglo XVIII y que citamos al comienzo de este capítulo; pero olvidando su estrategia a posteriori, «discernir el alma a través de los órganos del cuerpo.»

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Existen en el universo cosas frías e inhumanas a las que llamé «máquinas». Su comportamiento me asusta, especialmente si imitan el comportamiento humano tan bien que me dejan con la sensación incómoda de que estas cosas están intentando hacerse pasar por seres humanos sin serlo. Les llamo ‘androides’, … Para mí, ‘androide’ no significa necesariamente una tentativa sincera de crear un ser humano en laboratorio (…). Es antes concebido para engañarnos de forma cruel, para hacernos pensar que es uno de nosotros. Está hecho en laboratorio, más para mí ese aspecto no es significativo; todo el universo es un vasto laboratorio …no debemos postular una diferencia de esencia, sino de comportamiento. … Un ser humano sin empatía o sentimiento … alguien que no es afectado por el destino de las otras criaturas vivas; que permanece desligado, un espectador, … una isla mental o moral no es un hombre.

El mayor cambio en el mundo al que hoy asistimos es probablemente el movimiento de los seres vivos en dirección a la reificación y, recíprocamente, una entrada de lo mecánico en la vida. Ya no tenemos categorías puras para distinguir lo que está vivo de lo que no está; … Intentar definirlos como «humano» o «máquina» solo puede conducir a rompecabezas verbales. La verdadera preocupación será otra: ¿la entidad compuesta se comporta como un ser humano? … «Hombre» o «Ser humano» son términos que necesitamos comprender y aplicar correctamente, pero que deben ser aplicables a un modo de ser en el mundo, no a su origen o a una ontología cualquiera[182].

Phillip K. Dick, el autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, llevada al cine como Blade Runner, nos enfrenta con las palabras anteriores a una cuestión esencial, ¿qué es ser humano?, y ésta trae aparejada la de qué o quién merece consideración ética. Decíamos al principio que los artificios creados por el hombre nos hacían propiamente humanos, y que en esa frontera cada vez más amplia que las ‘artes’ propiciaban entre el hombre y el mundo se alojaba lo que llamamos cultura. Hoy esa frontera no solo tiene una extensión difícilmente imaginable hace unos decenios, sino que, como decíamos antes, se ha hecho porosa; y como las de los países europeos acogidos al Acuerdo de Schengen, permite la libre circulación de personas y mercancías, trasladando las fronteras nítidas a un perímetro común exterior. Tal vez haya que establecer una nueva carta de ciudadanía, unos nuevos derechos y unas nuevas obligaciones[183]:

Este reto surge de las máquinas autónomas, inteligentes que hemos hecho, y pone en cuestión muchos supuestos hondamente arraigados sobre quién o qué constituye un sujeto moral. La forma en que tratemos y respondamos a este reto tendrá un profundo efecto en cómo nos entendemos a nosotros mismos, nuestro lugar en el mundo, y nuestras responsabilidades con otras entidades que en él se encuentran.

En la literatura reciente empiezan a ser muchas las voces que proponen una vindicación de los derechos de las máquinas [184], los robots [185] o las criaturas artificiales [186]. El nuevo ‘juego de la imitación’ exige una respuesta más perentoria, pero es una respuesta que solo nosotros podemos dar: seremos causa y efecto de lo que lleguemos a ser.


[151] Platón (1986). Diálogos III: Fedón, Banquete, Fedro. Gredos, 274c–277a.
[152] Lledó, E. (1992). El surco del tiempo. Crítica, p.43
[153] Pickstone, J. V. (2001). Ways of Knowing. The University of Chicago Press.
[154] El carácter mágico que pudiera tener esta práctica no le priva de considerarla una práctica médica, más bien refuerza esta consideración. Ya el Código de Hammurabi, de comienzos del segundo milenio a.C., se refiere a cirujanos y veterinarios estableciendo honorarios y sanciones según desempeñaran su trabajo; no se refiere, sin embargo, a los médicos, “sin duda fuera de toda reglamentación legal en vista de su origen sacerdotal y el carácter mágico de sus prácticas” (Babini, J. (2011). Historia de la medicina. Gedisa, p. 22).
[155] Descartes, R. (1990). El tratado del hombre. Alianza, pp. 35–37.
[156]Hobbes, T. (2018). Leviatán, o la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil. Ed. Deusto, p. 9.
[157] de La Mettrie, J. O. (2019). El hombre máquina. Eneida, pp. 24–25.
[158] Cooper, S. J. (2008). From Claude Bernard to Walter Cannon. Emergence of the concept of homeostasis. Appetite, 51:419–427.
[159] Condiciones ideales, condiciones irreales. «Los matemáticos conocen bien la diferencia entre la ciencia pura, que sólo tiene que ver con las ideas, y la aplicación de sus leyes al uso de la vida, en la que están obligados a someterse a las imperfecciones de la materia y a la influencia del accidente.» (Dr. Johnson, citado en: Thompson, D. W. (1992). On Growth and Form. Dover.)
[160]Dennett, D. C. (1999). La peligrosa idea de Darwin. Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, pp. 72–73.
[161] Dennett, op. cit., p. 301.
[162]Monod, J. (1971). El azar y la necesidad. Barral, cap. I.
[163] Brooks, R. (2001). The relationship between mater and life. Nature, 409(18):409–411.
[164] Dennett, op. cit. pp. 326–327.
[165] Russell, S. (2020). Human Compatible. Penguin Books.
[166]Gelernter, D. (1992). Mirror Worlds: or The Day Software Puts the Universe in a Shoebox. How it Will Happen and What it Will Mean. Oxford University Press, p. 38.
[167]Shelley, M. W. (1986). Frankenstein o el moderno Prometeo. Alianza, p. 13.
[168] Un tipo de pasta italiana.
[169]Holmes, R. (2008). The Age of Wonder. Harper Press, Chap. 7.
[170]Hesíodo (1983). Teogonía. Gredos, vv. 510–616.
[171] Shelley, op. cit., p. 58.
[172] Gelernter, op. cit., p. 38.
[173] Erasmus Darwin, The Temple of Nature, Canto I, Production of Life, IV 282–295.
[174] Erasmus Darwin, The Temple of Nature, Theory of Spontaneous Vitality.
[175]Nagel, T. (1974). What Is It Like to Be a Bat? The Philosophical Review, 83(4):435–450.
[176] Nagel, op. cit, p. 436.
[177] Nagel, op. cit., p. 436.
[178] Nagel, op. cit., p. 438.
[179] Nagel, op. cit., nota 2, p. 436.
[180] Nagel, op. cit., p. 447.
[181] Dreyfus, H. L. (2008). Why Heideggerian AI Failed and How Fixing it Would Require Making it More Heideggerian. En: Husbands, P., Holland, O., and Wheeler, M., editors, The Mechanical Mind in History, pages 332–371. MIT Press.
[182]Dick, P. K. (2006). O andróide e o humano. Nova Vega, pp. 77–79.
[183]Gunkel, D. J. (2012). The Machine Question. The MIT Press.
[184] Gunkel, D. J. (2014).  A Vindication of the Rights of Machines.  Philos. Technol., 27:113–132.
[185] Gunkel, D. J. (2018). The other question: can and should robots have rights? Ethics Inf. Technol., 20:87–99.
[186]Botting, E. H. (2021). Artificial Life After Frankenstein. University of Pennsylvania Press.

Vinagre, Blas M. «¿Cómo es ser una máquina?» Adyacente posible, 23 de Abril 2026 https://adyacenteposible.com/2026/04/23/como-es-ser-una-maquina-blas-vinagre/https://adyacenteposible.com/

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  1. Avatar de josecorralmariano josecorralmariano dice:

    Gracias por un trabajo tan concienzudo y de actualidad. Y por la promesa de continuidad…

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