Invariante

John Pierce1

CONOCES LOS DATOS GENERALES SOBRE HOMER GREEN, ASÍ QUE NO NECESITO describirle a él ni a su entorno. Yo ya sabía eso, y mucho más, pero aún así era una sensación extraña, que no se experimenta leyendo, vestirme con ropas tan primitivas, moverme en aquel entorno desconocido y descubrirle.

La casa no es más extraña que las fotos. Encajonada entre otros edificios del siglo veinte, debe de resultar indistinguible de la estructura original y su entorno. Entrar en ella, pisar sobre las alfombras, ver las sillas tapizadas con tela afelpada, ver aparatos para fumar, ver y oír una radio primitiva, aunque que en realidad no hacía sino reproducir una serie de grabaciones de época auténticas, y sobre todo ver arder el fuego ardiendo en la chimenea. Todo esto me produjo una sensación de irrealidad, por mucho que me hubiera preparado para ello2 . Green estaba sentado junto al fuego en una silla, como casi siempre lo encontramos, con un perro a sus pies. Quizás sea el hombre más valioso del mundo, pensé. Pero no conseguía sacudirme la sensación de irrealidad del entorno tan sólido y palpable que me rodeaba. Él también parecía irreal, y me dio lástima.

La sensación de irrealidad se prolongó mientras cumplía con la formalidad de presentarme. ¿Cuántas veces habrá pasado Green por esto?, me pregunté. Podría, desde luego, consultar los registros.

—Soy Carew, del Instituto —dije—. No nos conocíamos, pero me dijeron que se alegraría de verme.

Green se levantó y me extendió su mano. La tomé obediente, cumplimentando un gesto que me resultaba poco familiar.

—Encantado de verle —dijo—. He estado dormitando aquí. El tratamiento es un poco impactante, la verdad. Pensé que sería suficiente con unos días de descanso. Espero que ya sea definitivo —y añadió—: ¿No quiere sentarse?

Nos sentamos junto al fuego. El perro, que se había levantado, volvió a tumbarse, apretado contra los pies de su amo.

—Supongo que quiere poner a prueba mis reacciones —preguntó Green.

—Más tarde —respondí—. No hay prisa. Y aquí se está muy a gusto.

Green se distraía con facilidad. Se relajó, mirando al fuego. Era mi oportunidad y hablé con una voz cargada de intención.

—Parece más bien un tiempo para la política —dije—. Lo que el sueco o el francés intentan…

—Poner nuestros pensamientos a remojo en la alegría… —respondió Green.

Por los registros, había pensado que la cita tendría algún efecto.

—Pero uno no abandona la política para poner sus pensamientos a remojo —continuó—. Uno los estudia…

No voy a entrar en los detalles de la conversación. La tenéis disponible en el Apéndice A de mi tesis, «Un aspecto de la política y el discurso del siglo veinte». Fue breve, como sabéis. Había tenido mucha suerte de conseguir ver a Green. Tuve aún más suerte al dar directamente con el hilo adecuado. Curiosamente, nunca antes se me había ocurrido que los políticos del siglo veinte quisieran decir, o hubieran pensado que querían decir, lo que decían; que, en efecto, en sus mentes hubieran asociado un sentido de significado o relevancia a lo que a nosotros nos parecen frases carentes de sentido o irrelevantes. Es difícil explicar una idea tan ajena; quizá un ejemplo ayude.

Pongamos por caso: ¿creeríais que un hombre acusado de haber hecho cierta declaración respondería con toda seriedad: «No tengo por costumbre hacer tales declaraciones»? ¿Creeríais que esto podría incluso significar que no había hecho tal declaración? ¿O creeríais además que, incluso si la hubiera hecho, a él le parecería que con esto la clasificaba como una especie de caso especial, y que su respuesta no sería en realidad una evasiva? Estas conjeturas me parecen plausibles, quiero decir, cuando me esfuerzo por sumergirme en el siglo veinte. Pero jamás las habría imaginado antes de hablar con Green. ¡Qué increíblemente valioso es este hombre!

He dicho que la conversación recogida en el Apéndice A es muy breve. No había necesidad de continuar con temas de política una vez captada la idea básica. Los registros del siglo veinte son mucho más completos que la memoria de Green, y esta, a su vez, ha sido catalogada minuciosamente. No es el esqueleto pelado de la información, sino el contacto personal, la infinita variedad de combinaciones y el estímulo del cálido roce humano lo que resulta útil e inspirador.

Así que allí estaba con Green, y aún tenía casi toda la mañana por delante. Ya sabéis que él tiene horarios de comida libres, y solo una cita entre comidas, para que no haya solapamientos. Sentía gratitud hacia aquel hombre, y simpatía, pero también una cierta incomodidad en presencia suya. Quería hablar con él sobre lo que llevaba más pegado al corazón. No había razón para no hacerlo. Grabé el resto de la conversación, pero no la había publicado completa. En realidad, no es nada nuevo. Quizá sea trivial, pero significa mucho para mí. Puede que no sea más que mi particular recuerdo personal de todo aquello. Pero he pensado que os gustaría conocerlo.

—¿Qué le condujo a su descubrimiento? —le pregunté.

—Salamandras —respondió sin vacilar—. Salamandras.

El relato que obtuve de sus experimentos de regeneración perfecta fue, por supuesto, el de la historia ya publicada. ¿Cuántos miles de veces se habrá contado? Sin embargo, juraría que detecté variaciones con respecto a los registros. ¡Las combinaciones posibles son casi infinitas! Los puntos principales llegaron, no obstante, en el orden habitual. Cómo la regeneración de extremidades en las salamandras condujo a la idea de la regeneración perfecta de partes humanas. Cómo, por ejemplo, un corte cicatriza sin dejar una marca, sino una réplica perfecta del tejido dañado. Cómo, en el metabolismo normal, el tejido puede reemplazarse no de forma imperfecta, como en un organismo que envejece, sino de forma perfecta, indefinidamente. Lo habéis visto en animales, en las clases obligatorias de biología. El polluelo cuyo metabolismo reemplaza sus tejidos, pero siempre con una forma precisa, que no cambia nunca, invariante. Resulta inquietante pensar en su aplicación al ser humano. Green parecía tan joven… tan joven como yo. Desde el siglo veinte…

Cuando Green hubo concluido su descripción, incluida la de su propia inoculación aquella noche, se aventuró a hacer una profecía.

—Tengo la certeza —dijo— de que funcionará, indefinidamente.

—Funciona, doctor Green —le aseguré—. Indefinidamente.

—No debemos precipitarnos —dijo—. Después de todo, un breve periodo de tiempo…

—¿Recuerda usted la fecha, doctor Green? —le pregunté.

—11 de septiembre —dijo—. De 1943, si también quiere ese detalle.

—Doctor Green, hoy es 4 de agosto de 2170 —le dije con seriedad.

—Vamos a ver —respondió Green—. Si eso fuera cierto, yo no estaría aquí vestido así, y usted no estaría ahí vistiendo de esa manera.

El impasse podría haberse prolongado indefinidamente. Saqué mi comunicador del bolsillo y se lo mostré. Green observó con creciente asombro y deleite mientras le hacía una demostración, culminando con una proyección biaural y estéreo. No era sencillo, pero era exactamente el tipo de desarrollo electrónico que una persona de la época de Green asociaría con el futuro. Green parecía haber perdido por completo el hilo de la conversación que me había llevado a sacar el comunicador.

—Doctor Green —dije—, estamos en el año 2170. Este es el siglo veintidós.

Me miró desconcertado, pero esta vez no con incredulidad. Una extraña especie de terror se extendió por sus facciones.

—¿Un accidente? —preguntó—. ¿Mi memoria?

—No ha habido ningún accidente —dije—. Su memoria está intacta, hasta donde es posible. Escúcheme. Concéntrese.

Entonces se lo conté, con sencillez y brevedad, para que sus procesos mentales no se quedaran rezagados. Mientras le hablaba, me miraba con aprensión, con la mente aparentemente acelerada. Esto fue lo que le dije:

—Su experimento fue un éxito, más allá de lo que tuviera motivos para esperar. Sus tejidos adquirieron la capacidad de recomponerse exactamente con el mismo patrón, año tras año. Su forma se volvió invariante.

»Las fotografías y las mediciones minuciosas lo demuestran, año tras año, sí, y siglo tras siglo. Usted es exactamente igual a como era hace más de doscientos años.

»Su vida no ha estado exenta de accidentes. Heridas leves, incluso graves, no han dejado el más mínimo rastro al sanar. Sus tejidos son invariantes.

»Su cerebro también es invariante, al menos en lo que respecta a los patrones celulares. Un cerebro puede compararse a una red eléctrica. La memoria es la red: las bobinas y los condensadores, y sus interconexiones. El pensamiento consciente es el patrón de voltajes entre ellos y de las corrientes que fluyen a su través. El patrón es complicado, pero transitorio, pasajero. La memoria va modificando la red del cerebro, afectando a todos los pensamientos posteriores, los patrones en la red. La red de su cerebro no cambia nunca. Es invariante.

»O el pensamiento es como la complicada operación de los relés e interruptores de una central telefónica de su siglo, pero memoria son las interconexiones entre sus elementos. Las interconexiones en el cerebro de otras personas cambian en el proceso del pensamiento, se desmoronan, se recomponen de nuevo, dándoles nuevos recuerdos. El patrón de conexiones en su cerebro no cambia nunca. Es invariante.

»Otras personas pueden adaptarse a nuevos entornos, aprendiendo dónde están los objetos que necesitan, la disposición de las habitaciones, adaptándose de manera inconsciente, sin fricción. Usted no puede; su cerebro es invariante. Sus hábitos están anclados a una casa, su casa tal como era el día antes de que se sometiera al tratamiento. Ha sido preservada, restaurada a lo largo de doscientos años para que usted pudiera vivir sin fricción. En ella usted vive, día tras día, el día después del tratamiento que hizo su cerebro invariante.

»No crea que no nos ofrece nada a cambio de todos estos cuidados3. Es usted quizá el hombre más valioso del mundo. Mañana, tarde y noche, tiene tres citas al día, en las que a los pocos afortunados que se considera que merecemos o necesitamos su ayuda se nos permite buscarla.

»Soy estudiante de historia. Vine a observar el siglo veinte a través de los ojos de un hombre inteligente de aquel siglo. Usted es un hombre muy inteligente, brillante. Su mente ha sido analizada con más detalle que la de cualquier otra persona. Pocos cerebros son mejores que el suyo. Vine a aprender de este cerebro poderoso y observador lo que la política significaba para alguien de su época. Aprendí de una fuente inédita e intacta, su cerebro, que no ha sido sobrescrito, que no ha sido alterado por los años transcurridos, sino que sigue siendo exactamente como era en 1943.

»Pero yo no soy muy importante. A usted vienen a visitarle trabajadores cualificados: psicólogos. Le hacen preguntas, y luego se las repiten de forma ligeramente distinta, y observan sus reacciones. Un experimento no queda viciado por su recuerdo de un experimento anterior. Cuando se interrumpe su hilo de pensamiento, no deja ningún recuerdo tras de sí. Su cerebro permanece invariante. Y estos investigadores, que de otro modo solo podrían extraer conclusiones generales a partir de experimentos sencillos —realizados sobre diferentes conjuntos constituidos por diferentes individuos—, pueden ahora observar diferencias indiscutibles en la respuesta debidas a cambios mínimos en el estímulo. Algunos de estos estudiosos le han llevado a usted al borde de la locura. Pero usted no enloquece. Su cerebro no puede cambiar; es invariante.

»Es usted tan valioso que el mundo apenas podría progresar sin su cerebro invariante. Y sin embargo, no hemos pedido a nadie más que hiciera lo que usted hizo. Con animales, sí. Su perro es un ejemplo. Lo que usted hizo, lo hizo voluntariamente, y desconocía las consecuencias. Prestó al mundo este gran servicio sin saberlo. Pero nosotros lo sabemos.

La cabeza de Green se había hundido en su pecho. Su rostro estaba turbado, y parecía buscar consuelo en el calor del fuego. El perro, a sus pies, se removió, y él bajó la mirada, con una repentina sonrisa en el rostro. Comprendí que su hilo de pensamiento había quedado interrumpido. Los pensamientos transitorios de su cerebro se habían extinguido. Todo nuestro encuentro había desaparecido de sus procesos de pensamiento.

Me levanté y me alejé sigilosamente antes de que él alzara de nuevo la vista. Quizá desperdicié la hora que quedaba de la mañana.


  1. Mi traducción © del cuento «Invariant» de John Pierce . Publicado originalmente por la revista Astounding en abril de 1944. Traducción y publicación autorizada por el depositario de los derechos de autor de John Pierce: 1 Paragraph, Inc. ↩︎
  2. La traducción al español se ha adaptado para evitar cualquier referencia al género del narrador/a, tal como ocurre en el original (gracias a la ambigüedad muy superior del inglés en esta cuestión). Se ha optado por el uso de Usted como formalidad habitual en el español de 1943 y que, asumimos, el narrador (o narradora) usaría (igual que la vestimenta) para dirigirse al invariante Homer Green durante su encuentro. ↩︎
  3. Ligero cambio de tercera persona en el texto original a primera en la traducción para ofrecer una versión del párrafo más idiomática y cortés en español. ↩︎

Copyright © 1944 by John R. Pierce
Reprinted by permission of Astounding Science Fiction, c/o Must Read Magazines

Pierce, John R. 2026. «Invariante». Traducido por Francisco J. Jariego. Adyacente posible, julio 23. https://adyacenteposible.com/2026/07/23/invariante/.

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