El informe Belmonte

el

Homo Plumbum

Francisco J. Jariego

Circa 1996

La obra de Juan Belmonte Trías es desigual, fragmentaria y manifiestamente inconclusa. Escribió poco y parte de lo que escribió se ha perdido. Murió prematuramente, aún en plena juventud. Sin embargo, sería difícil citar un autor más influyente entre los de su generación y, a medida que pasan los años, casi podría afirmarse que, también, entre los autores de la segunda mitad del siglo XX. Lo mejor de su producción —un variado conjunto de escritos fechados en torno al último año o año y medio de su vida— posee un vigor narrativo, una textura descriptiva, una fuerza y una calidad tan fuera de lo común que, a pesar de los numerosos autores que, manifiesta o soterradamente, han imitado su estilo, puede afirmarse que su técnica aún no ha sido igualada y que su legado literario todavía no ha sido plenamente asimilado por la sociedad. Algunos críticos particularmente entusiastas han llegado a defender que Juan Belmonte Trías, con la única referencia que el autor vio publicada en vida bajo el pseudónimo por el que es internacionalmente conocido, una obra difícilmente catalogable en alguno de los géneros tradicionales, debería haber recibido el premio Nobel de literatura. Algunos van incluso más lejos, al afirmar que esta obra bastaría para situar a Juan Belmonte entre las cimas de la literatura universal, equiparándolo a Shakespeare o Cervantes. Aunque este juicio es prematuro y solo la historia podrá sustentarlo con verdadero fundamento, no les falta razón a estos críticos al otorgar a dicho trabajo una autonomía y una singularidad que permiten compararlo con el Cantar de Mío Cid, Amadís de Gaula o el Lazarillo de Tormes, por citar solo algunas de las obras maestras anónimas de la literatura en lengua castellana. Pero, dejando a un lado la controversia sobre el valor literario de su legado, lo que nos interesa aquí es profundizar en la personalidad de Juan Belmonte, así como en las circunstancias individuales que propiciaron una creación sin parangón en la literatura de nuestro pasado más reciente.

Juan Belmonte comenzó a escribir a una edad muy temprana, conservándose cartas y breves poemas de amor que el autor dedica, cuando tan solo contaba catorce o quince años, a una joven desconocida. Cartas y poemas de amor constituyen el grueso de la producción del adolescente Belmonte y de la primera juventud del autor. El único valor de estas obras es el meramente documental, revelándonos la inequívoca voluntad creadora de un Juan Belmonte que, por lo demás, apenas si merecería ser catalogado como un simple escritor aficionado. El carácter intrascendente de estas primeras composiciones poéticas y epistolares continuará siendo la nota dominante en toda su producción posterior, a pesar de que, tras cumplir el servicio militar, Juan Belmonte deja de lado la poesía y se centra, casi exclusivamente, en la prosa. Una novela, en concreto, parece ser el proyecto al que Juan Belmonte consagrará la mayor parte de sus esfuerzos durante los ocho años siguientes. Se trata de un texto que Juan Belmonte reelabora constantemente, como ponen de manifiesto los seis borradores diferentes conocidos del material que habría constituido el primer capítulo y las numerosas fichas con descripciones de los personajes. Se conservan también de esta época algunos cuentos, la mayor parte de ellos inconclusos, y unas cuantas cartas de las que intercambiaba, al parecer muy esporádicamente, con algunos de sus amigos más íntimos, y con una mujer a la que siempre se refiere por medio de pretenciosas paráfrasis, incluso en los encabezamientos, y con la que, a tenor del contenido de la correspondencia, mantiene una tormentosa relación que se prolonga por espacio de casi cinco años.

Se sabe muy poco de las relaciones personales de Juan Belmonte anteriores a su traslado definitivo a la capital; pero, tanto las cartas como los cuentos y, desde luego, los borradores de la novela nos revelan un hombre introvertido, completamente retraído y antisocial. A juzgar por sus escritos, el ideal de Juan Belmonte en estos años de juventud habría sido el anacoreta, el hombre que se separa de sus semejantes para descubrir y experimentar la vida por sí mismo, totalmente al margen de los convencionalismos y los protocolos. En alguno de sus cuentos, Juan Belmonte llega a realizar una apología del suicidio, entendido como única forma posible de comportamiento ético. Para Juan Belmonte, el hombre enfrentado a la sociedad es —nótese lo tópica que resulta esta metáfora usada por el mismo autor— “una gota de agua bandeada por las fuerzas incontrolables de las corrientes oceánicas”. Por consiguiente, nada puede hacerse por evitar la injusticia y nada puede hacerse para evitar participar de ella, si no es quitarse de en medio mediante la autoinmolación, única forma de redención posible.

En el primer capítulo de su novela, Juan Belmonte comienza el relato de la vida de Claudio, su alter ego, presente también en algunos de los cuentos. Claudio es un antropólogo que, tras numerosos años consagrados al estudio del Homo erectus, decide adoptar la forma de vida y los que, presume, habrían sido hábitos de sus más pretéritos ancestros. Juan Belmonte nos presenta a un hombre que resuelve vivir al margen de la sociedad, de su terrible afectación, y reivindica como forma de vida aquello que constituye lo más primigenio de la especie humana. En cuatro de las seis versiones, el narrador es una voz femenina, la mujer que habría compartido los últimos días de la vida de Claudio. En las otras dos, se trata del propio Claudio. La narración de la voz femenina comienza tras la muerte de Claudio, con la descripción de los últimos y terribles días de su vida. Por el contrario, las otras dos versiones adoptan la forma de diario, comenzando el relato cuando Claudio se da cuenta de la amarga contradicción que supone escribir para quien ha decidido optar por la forma de vida de un Homo erectus.

Es curioso constatar cómo estos mismos temas serán algunos de los que Juan Belmonte desarrollará de un modo magistral en su obra postrera. Sin embargo, en esta última, parecen haberse sublimado la frustración e incluso la beligerancia antisocial del primer Belmonte, y nos encontramos ante un escritor que avasalla con la sencillez de su prosa y lo ineluctable de sus argumentos, que no solo no precisa ya, sino que parece huir de unos personajes tan atormentados y de unas situaciones tan forzadas; personajes y situaciones que confieren a la obra de juventud de Juan Belmonte su carácter de escasa credibilidad y una notable fragilidad estructural. De hecho, parece como si fuera la propia ofuscación de Belmonte, provocada por una vehemente necesidad de comunicar, de utilizar la literatura como un arma arrojadiza contra la sociedad o incluso contra él mismo, la que le impide continuar dando forma a sus escritos y concluir alguno de los proyectos que inicia.

No debe descartarse la posibilidad de que al menos parte de lo que escribió Juan Belmonte entre los veinte y los treinta años se haya perdido y de que, por tanto, solo podamos acceder a una visión muy parcial de su obra a través de lo que se ha conservado. Juan Belmonte vive esos años en un casi continuo peregrinar entre su pueblo natal y la capital, donde se hospeda en diferentes pensiones y alguna que otra casa de alquiler. Muchos de estos domicilios han podido ser conocidos gracias a la correspondencia que Belmonte mantenía con sus más allegados. Resulta curioso constatar cómo Juan Belmonte siempre escribía el remite en el reverso de los sobres, con independencia de que, en el propio cuerpo de los mensajes que enviaba, solía comunicar con detalle sus cambios de residencia y su dirección en vigor. Aunque lo más probable es que se tratara simplemente de un hábito, parece como si a Juan Belmonte le preocupara que sus cartas pudieran llegar a extraviarse. Alguno de los psicólogos que se han aproximado a su obra ha apuntado que Belmonte habría visto en aquellas cartas el único nexo que le mantenía aferrado a una sociedad de la que, muy a su pesar, temía quedar desligado. Pero Belmonte no se muestra celoso solo de su correspondencia, sino de todas sus pertenencias en general. Sabemos por ejemplo que, durante todos estos años, utiliza siempre la misma máquina de escribir, por lo que, sin duda, debió acarrearla en sus múltiples desplazamientos. Lo cierto es que poco o nada ha podido ser hallado en estos domicilios de un Juan Belmonte que no parece el tipo de persona dispuesta a abandonar los cuadernos y carpetas en los que se habrían ido acumulando sus borradores. Todo parece, por tanto, apuntar a que los escritos que se han conservado y recuperado en la casa de sus padres, en su pueblo, constituirían el grueso de la producción de Belmonte en este periodo, lo cual nos lleva a concluir que Juan Belmonte es inconstante, que no termina prácticamente nada de lo que empieza, y que, casi con seguridad, ese capítulo que ha llegado hasta nosotros es el único de la novela que llegó a desarrollar.

Cumplidos ya los treinta años, tras la muerte de su madre, Belmonte se instala de manera definitiva en la capital, y no regresara a su pueblo más que, circunstancialmente, para visitar a su padre, con el que se piensa que siempre mantuvo unas relaciones muy tensas. Este alejamiento definitivo de su pueblo y su asentamiento en la ciudad se reflejan en un nuevo cambio en la orientación de su producción literaria. Belmonte abandona los personajes de su etapa anterior y retoma la poesía. La temática de sus poemas ya no es amorosa, aunque sabemos que, coincidiendo también con su llegada a la capital, se inicia su relación afectiva con la que acabará siendo su esposa, Carmen Dávila. La mayor parte de su creación poética, que se concentra en los dos años siguientes a su llegada a la capital, tiene un carácter muy intimista y especulativo, que se refleja en el uso sistemático del verso libre. Se aprecia que Belmonte, sin duda bajo la influencia positiva de Carmen, intenta superar algunos de sus traumas y suavizar su rígido esquema de valores. También ha madurado su estética literaria, a pesar de lo cual su producción poética tiene un más que dudoso valor literario, está plagada de tópicos y lugares comunes, y sigue sin servirle como vehículo de expresión para esos temas que, sin duda, lleva dentro de sí en un estado larvario, y que pugnan por abrirse camino. Durante esta época se acercará también al periodismo y el ensayo. No se descarta que Juan Belmonte colaborase como articulista eventual en alguno o varios de los periódicos de la localidad, aunque este hecho no se ha podido confirmar, dado que Belmonte, siempre celoso de su intimidad y temeroso del prójimo, habría utilizado diversos pseudónimos. Tampoco los artículos periodísticos y ensayos atribuibles con certeza a él que se han conservado revelan todavía al Belmonte merecedor del premio Nobel.

Lamentablemente, solo la desgraciada enfermedad contraída por Belmonte hacia los treinta y cinco, que acabaría con su vida en poco menos de dos años, convertiría al escritor de segunda, condenado a la penuria económica y moral, en un coloso de la literatura que, como una supernova, aportaría en ese breve espacio de tiempo un material suficientemente brillante para iluminar la literatura en los siglos venideros. La primera alusión a su enfermedad la encontramos en una carta dirigida a su amigo de toda la vida y albacea testamentario, José Ramón Bustamante. En esa carta, fechada en enero, dice Belmonte:

«Siento los dedos rígidos y, al tiempo, frágiles, quebradizos. Además, noto como si exudaran un polvillo negro. Parece como si se estuvieran volviendo de grafito. Carmen ha insistido tanto en que fuera a visitar a un médico, que he acabado claudicando y han estado realizándome diversas pruebas. Aparentemente, no existe causa orgánica».

En esa misma carta, Belmonte anuncia a su amigo que va a ser padre. Dos meses más tarde, en una nueva carta dirigida también a José Ramón, Belmonte parece desahogarse al manifestar:

«Me paso los días, prácticamente completos, encerrado entre las cuatro paredes de la habitación que he convertido en mi despacho. Escribir es un torpe consuelo, y me cuesta cada vez más. Tengo los dedos casi completamente rígidos. Pero salir de aquí es como abandonar el purgatorio e ingresar en el infierno. Las disputas con Carmen son casi continúas. Ella está también muy deprimida y entiendo que no es la situación más favorable para su embarazo. Me siento culpable, terriblemente culpable; pero me niego a visitar más médicos o a tomarme las píldoras con las que pretenden atiborrarme para convertirme en una sumisa marioneta. No sé si estoy mal de la cabeza, aunque sin duda acabaré estándolo. Lo creas o no, voy a firmar con el dedo».

Esta última frase ha sido origen de las más variadas interpretaciones y especulaciones por parte de diversos investigadores. La firma de la carta, que se conserva hoy en el Museo Belmonte, está prácticamente borrada y, desde luego, se ha constatado que fue escrita a lápiz, mientras que el resto del documento, relativamente bien conservado, está escrito con bolígrafo. Sorprende a algunos investigadores que Belmonte recurriese a una patochada como la de firmar a lápiz, dando pruebas de un sarcasmo muy poco acorde con las circunstancias personales que se describen en la carta, y que no se corresponde con el tono franco con que se dirige en ella a su amigo. Otros, en cambio, ven en ese sarcasmo, en esa burla cruel y despiadada a la que está sometiendo a su propia persona y a todo su entorno más íntimo y familiar, «la necesaria crisálida en la metamorfosis que está experimentando el autor y ha de llevarle desde la grandilocuencia tragicómica, casi patética, de su creación de juventud, a la fina ironía que impregna toda su obra de culto»1 .

Al margen de las especulaciones a las que ha dado lugar la firma de Belmonte, lo cierto es que la práctica totalidad de los manuscritos que se conservan de fechas posteriores a esa carta y ya hasta el final de sus días, están escritos con lápiz, siendo esta, por cierto, la principal razón de que una parte significativa de su obra se haya perdido de manera irremediable. Hasta ese momento Belmonte había empleado usualmente la máquina de escribir portátil que, como ya se ha indicado, llevaba consigo donde quiera que fuese. Cuando escribe a mano, Belmonte utiliza la pluma o el bolígrafo, como atestiguan las numerosas páginas manuscritas que nos ha legado, entre ellas la práctica totalidad de sus cartas personales, páginas que, por cierto, todavía hoy son objeto de numerosos estudios grafológicos. En la época inmediatamente anterior a su enfermedad, Belmonte llegaría incluso a utilizar un ordenador personal para redactar alguno de sus artículos y ensayos. De hecho, entre sus posesiones se encontraba un buen número de disquetes, que han sido rastreados como si se tratase de filones de oro; pero entre los que no se ha hallado ni una sola página digna de ser publicada. Y de pronto, Belmonte comienza a escribir a lápiz. Y lo más sorprendente es que, a partir de ese momento, todo lo que escribe, ya se trate de prosa o verso, realidad o ficción, y con independencia del tema que aborde, posee una riqueza incomparable e incomprensible a la luz de su obra precedente. De hecho, existe plena unanimidad al considerar que son los manuscritos a lápiz y solo esos manuscritos los que constituyen “la obra” de Juan Belmonte Trías, una verdadera joya de la literatura.

Esta excentricidad de Belmonte ha dado pie a otra de las grandes controversias sobre su personalidad: la de su estado de salud mental y la influencia que este ha tenido en su obra creativa. Aunque realmente se desconoce la enfermedad que padeció Belmonte, según la opinión más comúnmente aceptada, se trataría de una degeneración neuroaxonal que habría favorecido el desarrollo paralelo de un síndrome de tipo maníaco depresivo con una componente esquizoide. Algunos de sus detractores han tratado de desmitificar su obra, haciendo de ella una lectura sumamente sesgada, en busca de “las incoherencias propias de quien escribe de un modo azaroso y cuyas mejores imágenes habrían sido alumbradas por asociaciones irracionales completamente fortuitas”2 . Sus más fieles admiradores se niegan, por contra, a admitir que Juan Belmonte fuera un enfermo mental en modo alguno. Y, francamente, al llevar a cabo una lectura reposada y cabal de su obra, resulta difícil sostener el punto de vista de los detractores. Entonces, incluso el hombre atormentado que sin duda fue Belmonte parece esfumarse. Y es más bien el conocimiento de su producción previa, lo único que puede inducir al investigador a formular una hipótesis tan poco creíble. Sin embargo, conviene admitir que buena parte del interés despertado por este autor, tanto en el erudito como en el simple lector ocasional, por no citar a aquellos para quienes su obra es casi un objeto de culto esotérico, se ha derivado del estigma de locura que tiñe la figura de Juan Belmonte Trías.

Este debate sobre la lucidez del creador, que personalmente consideramos superfluo e incluso espurio, ha supuesto en cierta medida un obstáculo para que se profundizara en los motivos que pudieron inducir a Juan Belmonte a comenzar a escribir a lápiz y, lo que es más importante, a continuar haciéndolo hasta el final de sus días. Porque es un hecho incontrovertible que, únicamente al comenzar a escribir a lápiz, parece Belmonte capaz de superar su bloqueo anterior. Es decir, que su impedimento para expresarse como una de las voces mayores de la literatura universal no parece guardar relación alguna con el género literario, la adopción de un punto de vista o, simplemente, su necesidad de madurar, sino más bien, y por muy ridículo que pueda parecer, con el mero instrumento físico que Belmonte utiliza para materializar su obra. Probablemente resultaría frívolo pretender avanzar siguiendo esta línea de razonamiento, y cabría la tentación de considerar que tal vez por ello los estudios han derivado con frecuencia hacia temas más ortodoxos, incluyendo la teoría de la locura, de no ser porque el propio Belmonte viene a avalar abiertamente dicha hipótesis con su propio testimonio.

Hay una extensa referencia a este respecto en una de las últimas cartas de Belmonte a su amigo José Ramón:

«Prácticamente he dejado de utilizar mi vieja Olivetti y, una y otra vez, recurro a mis propias manos para que pueda fluir el caudal que tanto tiempo ha permanecido retenido dentro de mí. He descubierto que solo de esta manera es posible y, aunque me resulta físicamente mucho más penoso, poder expresarme sin el impedimento que siempre había supuesto para mí el lenguaje, casi diría que con absoluta libertad, proporciona un placer tan intenso, tan subyugante, que apenas si puedo sustraerme a la tentación de volver a experimentarlo no bien he dejado de hacerlo. Sin duda, al leer estas líneas pensarás que, efectivamente, me estoy volviendo loco, aunque espero que el examen del capítulo que te envío en sobre adjunto te haga cambiar de opinión. Con él doy casi por concluida la que será mi primera publicación, pues has de saber que ya he llegado a un acuerdo con el editor».

Pero, probablemente, donde más explícitamente se manifiesta el convencimiento de Belmonte sobre el particular, es en este párrafo hallado entre algunas notas sueltas:

«Puede que haya alguien para quien la literatura resulte un oficio liviano, capaz de vivir de ella sin grandes padecimientos. Luego estamos aquellos para quienes la literatura no es un oficio sino una pasión, los que nos dejamos la piel. No creo que nadie tenga más derecho que yo a decir que ese es su caso. No creo que jamás nadie se haya dejado tan literalmente la piel como yo, que se haya entregado a una pasión tan en cuerpo, que no en alma, día tras día y noche tras noche. Siempre quise escribir y siempre estuve dispuesto a renunciar a todo por conseguirlo. Habría vendido mi alma al diablo a cambio si hubiera podido hallarlo en alguna parte. No tuve tanta suerte. Aunque, tal vez, después de todo, sea él quien se encuentra detrás de esta broma de mal gusto en que ha venido a concluir mi vida. Cada frase que he escrito con mis manos, con mis brazos luego, con las piernas, ha resultado perfecta. Perfecto su encaje con las otras frases que la precedieron y con las que la sucederían luego. No hubiera querido decir otra cosa que lo que he dicho, ni haberlo hecho de otro modo. Pero con cada una de ellas me he ido extinguiendo visiblemente: cada una se ha llevado una parte de mí proporcional a su longitud, y lo ha hecho de manera irremediable, sin que hubiera un remordimiento que pudiera invertir el proceso. No me arrepiento. Únicamente lamento no poder dar más de mí, no haber tenido los brazos y las piernas más largos. Sin embargo, a medida que se va acercando el final, siento que, de alguna manera, nada se quedará en el tintero, que acabaré diciendo todo lo que tenía que decir, y que solo cuando haya concluido, concluirá mi vida. Porque, sorprendentemente, yo soy lo que tenía que decir y también el instrumento, el único a través del cual podía hacerlo. He vivido momentos de terribles dudas, como cuando había consumido casi por completo mi brazo derecho y escribía ya con el muñón del hombro. Una mañana me contemplé horrorizado en el espejo. Miré luego hacia fuera, hacia atrás, y sentí que aún podía detenerme, que manco aún sería útil en otras batallas; pero me bastó releer parte de lo que ya había escrito, me basto comprobar cómo, aun sin poder trazar correctamente las letras, la mano izquierda era capaz de expresarse con tanta o más perfección que la derecha, para tomar la decisión de continuar».

Juan Belmonte Trías falleció el día 6 de octubre de 1995, en circunstancias que nunca han podido esclarecerse con exactitud. El certificado de defunción, firmado por su médico de cabecera, recogía escuetamente como causa de la muerte: “caquexia”.

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  1. Agustín Jáuregui, La Metamorfosis de Juan Belmonte, 1994. ↩︎
  2. Alberto López de Ganglio, La literatura fallida de la España postfranquista, 1997. ↩︎

El informe Belmonte
Ⓒ 2018 Francisco J. Jariego
Compartido con licencia CC BY-NC-ND 4.0

El informe Belmonte se publicó por primera vez en la Antología del XII Concurso Literario Internacional Ángel Ganivet 2018. Descubre algunos detalles escabrosos sobre su génesis y cómo llegó a ver la luz. Es uno los relatos de La culpa fue del pangolín

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