Discontinuidades en parques temáticos
Viajar al pasado
Ya no había vuelta atrás. El abono estaba realizado sin posibilidad de reembolso. Viajaríamos a la península del Yucatán en el año 1507, aunque habíamos barajado otras opciones. A mí me atraía mucho la posibilidad de visitar alguna de las ciudades del sur de Europa a principios del Pleistoceno. Tenía curiosidad por ver con mis propios ojos cómo eran la flora y la fauna de hace millones de años en los sitios en los que he vivido, y desde hacía poco tiempo era ya posible hacerlo, por ejemplo, en Madrid. El único problema era que las opciones de inmersión en una época tan remota me parecían aún, comparativamente, muy limitadas. Rudyard estaba emperrado con una oferta de Apple Disney que reproducía la experiencia del primer viaje tripulado a Marte. Todo el mundo está ahora obsesionado con Marte, está demasiado trillado. Por suerte logré convencerle de que para viajar a Marte era mucho mejor hacerlo en un crucero moderno y que el viaje en un primitivo transbordador espacial de finales del siglo XXI no justificaba el gasto. Ya tendremos oportunidad de viajar a Marte más adelante. Ahora que está a punto de nacer Nova me hace ilusión pensar que quizás, dentro de unos años, podremos visitarlo en familia.
Yo lo que siempre había deseado era poder navegar a bordo de una de aquellas frágiles carabelas con las que los marinos surcaron los océanos durante la era de los descubrimientos en los siglos XV y XVI. Esa sí que tuvo que ser una auténtica aventura que yo no quería perderme por nada del mundo. Aquellos marinos fueron los últimos exploradores de un planeta todavía desconocido, que se embarcaban en viajes de rumbo incierto, con tanta o más incertidumbre que la que enfrentamos ahora que estamos intentando llegar hasta algunas de las estrellas más cercanas al Sol. El Atlántico era entonces un océano completamente ignoto y misterioso. Cristóbal Colón, por ejemplo, estaba convencido de que podía atravesarlo para llegar hasta las indias por una nueva ruta. Y al parecer murió convencido de que lo había conseguido, sin comprender que realmente había descubierto un nuevo mundo.
Rudyard decía que el viaje era sólo una excusa para seguir dándole vueltas a las ideas sobre topología de la historia en las que estaba trabajando para mi tesis. A Rudyard siempre le ha gustado tomarme el pelo con mi profesión. Dice que los académicos vivimos encerrados en torres de marfil y cree que estoy demasiado influenciada por mis estudios. Y no voy a negar que me moviera también el interés científico. Desde que la ciencia pudo confirmar que viajar al pasado nunca sería posible, reconstruirlo ha sido una verdadera obsesión. Hoy sabemos que es posible hacerlo con tanta precisión como sea necesaria. La historiografía es la disciplina científica y tecnológica que lo hace posible. Y los nuevos exploradores somos los turistas. Pero esa no era desde luego la única, ni siquiera la principal razón por la que yo deseaba hacer ese viaje. La verdadera razón es que me moría de curiosidad por vivir en primera persona aquel momento de la historia. Para los pobladores de América, los taínos con los que se encontró Colón en su primer viaje, o los mayas del Yucatán, la llegada de los españoles no debió ser muy diferente de lo que sería hoy ver por fin aterrizar en la Tierra naves extraterrestres. Por alguna razón, la expectativa de la visita de una civilización tecnológicamente superior ha anidado siempre en nuestro subconsciente y forma parte de muchas culturas a lo largo de la historia. Yo siempre me he preguntado cómo fue realmente ese momento. Qué vivieron y qué sintieron los mayas al ver arribar un barco hasta sus costas. Y a aquellos extraterrestres del siglo XVI que aterrizaban en un nuevo continente, a los españoles, ¿qué les movía?


A Rudyard, en cambio, lo de viajar a un parque temático histórico no era precisamente lo que más le apetecía para pasar las vacaciones, y convencerle no fue sencillo. Rudyard tiene muchas virtudes, pero la curiosidad intelectual no es una de ellas. No tiene ni idea de historia y nunca se ha interesado demasiado por saber cómo hemos llegado hasta aquí. Rudyard prefiere disfrutar el momento. Yo no hacía más que insistir en que debía salir de su zona de confort y que la visita al parque le vendría muy bien para adquirir un poco de perspectiva, pero de no haber sido por la noticia del galeón, quizás no lo habría conseguido. Ahora, la verdad, ya no estoy tan segura, pero en ese momento la noticia de que se había encontrado el segundo galeón de la familia Eslava desaparecido en la península de Barú en 1708 me vino literalmente de perlas. Si había algo que Rudyard deseaba era llegar a convertirse en un influyente como Sharon Saltman que, además de haberse hecho rico con el oro del galeón, es ahora una auténtica celebridad.
Saltman mantiene que descubrió la localización precisa del galeón mientras practicaba submarinismo dentro de una de las simulaciones en el parque temático de Historias Columbia. Tras su visita al parque sólo tuvo que buscar el dinero para financiar una expedición y llegar hasta el galeón que se había hundido durante una batalla naval con más de doscientas toneladas de oro a bordo. Lo más difícil fue atar los cabos legales para asegurarse de que, una vez rescatado, obtendría una jugosa recompensa, cosa que finalmente consiguió. Como la mayor parte de los metales, el oro es un material crítico para la industria, mucho más valioso hoy de lo que lo fue nunca en los tiempos de los descubridores, cuando no era más que un metal precioso. Con un porcentaje mínimo pendiente de extracción en la corteza terrestre, ahora solo es posible conseguirlo en el mercado secundario de la economía circular, donde se pagan precios altísimos. Saltman mantiene que cualquiera puede hacer un descubrimiento como el suyo viajando al pasado y, claro, la gente le sigue embobada. A mi Saltman siempre me ha parecido un charlatán, y apostaría a que la historia del galeón forma parte de la propaganda del parque. La probabilidad de hacer un descubrimiento así es de una entre mil millones, pero no he querido desengañar a Rudyard.
Viajar es una vieja obsesión de la humanidad. Lo llevamos en los genes. Moverse de un sitio a otro debió ser una experiencia sublime cuando el planeta aún estaba por descubrir. Pero llegó un momento en que cualquier lugar de interés turístico en el planeta estaba abarrotado y viajar al espacio aún no era posible. Había que hacer cola incluso para subir hasta la cumbre del Everest. La homogeneización cultural a la que dio lugar todo ese trasiego de personas hizo que el turismo se acabara convirtiendo en un auténtico aburrimiento. Luego llegó la pandemia y muchos destinos reaccionaron limitando las visitas. Las agencias de viajes lo intentaron todo, pero fueron los productores de contenidos audiovisuales los que encontraron la solución. Las posibilidades que nos ofrecen actualmente los parques de pasar unos días en un entorno muy diferente al que estamos acostumbrados en el presente, se han multiplicado. La oferta actual es variadísima y se enriquece de manera constante. Es posible elegir, no sólo una localización, sino una fecha remota en el pasado y sumergirse en prácticamente cualquier lugar a lo largo de toda la historia de la humanidad y, en muchos casos, para ello ni siquiera es necesario desplazarse físicamente. A la gente parece que no nos duele invertir en un viaje a una atractiva localización en un tiempo remoto donde podremos realmente dar rienda suelta a nuestra imaginación.
Lo que no todo el mundo sabe es que los parques temáticos se han convertido en una herramienta muy potente para la reconstrucción del pasado. Puede resultar sorprendente, pero aunque llevamos cientos de años peinando milimétricamente la historia aún quedan amplias regiones de acontecimientos que realmente no comprendemos. En muchos casos, sigue habiendo enormes vacíos de información, evidencias que se han perdido o nunca han llegado a existir, y que serían vitales para entender lo que realmente ocurrió y, sobre todo, por qué ocurrió. Gracias a la teoría de Carlyle sobre la topología histórica, en los parques temáticos los visitantes nos convertimos literalmente en sondas sobre el terreno y, mientras disfrutamos de las actividades lúdicas de una aventura diseñada completamente a medida, estamos generando datos y aportando con ellos nuevas formas de interpretar los sucesos que tienen lugar dentro de la simulación y que pudieron haber tenido lugar en el pasado. La información sobre los sucesos y las experiencias de cada visitante es almacenada y minuciosamente procesada. Luego se filtra algorítmicamente para ir creando todas las posibles narrativas de un determinado suceso histórico y finalmente se incorpora al acervo de datos historiográfico. A diferencia de lo que ocurría hace ya mucho tiempo, cuando los historiadores analizaban y recreaban el pasado de manera artesanal, postulando teorías y escribiendo prolijos tratados que luego eran rebatidos y vueltos a escribir, la historia es ahora un repositorio vivo y en constante cambio de información que cualquiera puede consultar y analizar fuera de las zonas de embargo. Aún falta mucho hasta que cada posible hipótesis para cada suceso de interés histórico haya sido ensayado, evaluado e incorporado al archivo. Puede que hayamos conseguido extraer de la corteza terrestre la mayor parte de sus metales preciosos, pero el pasado aún sigue siendo una mina.
Rudyard y yo nos íbamos a recorrer el litoral de la península del Yucatán, desde la isla de Guanaja hasta el cráter de Chicxulub. Viajábamos dispuestos a encontrar aunque fuera sólo una pequeña pepita de la historia.

El desembarco
Para el desembarco yo había elegido el rol de una indígena. Mi idea siempre había sido hacerlo desde el lado de los españoles, y renunciar a la visión del conquistador no me resultó sencillo, pero Rudyard había insistido y, en el último momento, nos habíamos acogido a la promoción de dos por uno que el sistema nos ofrecía para realizar la inmersión como yucatecos. El atuendo me resultaba bastante incómodo. Los cordones que sujetaban la nagua me rozaban la piel y las sandalias de cuero no se ajustaban. Eran las opciones que había elegido con ayuda del algoritmo de recomendación entre una gran variedad de posibilidades que el sistema ofrecía, tras descartar la escogida por la mayoría, que se limitaba a la selección de unos simples adornos y pinturas. Yo era perfectamente consciente de que hubiera sido lo más apropiado, pero francamente no me veía corriendo de un lado para otro desnuda, por mucho que supiera que se trataba sólo de una simulación. El intenso calor y la humedad pronto consiguieron que me arrepintiera de mi conservadora elección.
Lo de Rudyard fue mucho peor, porque ya la primera noche se había metido en un xibalbaokot y se había pasado de la raya con el balché. Cuando regresamos a la habitación del hotel estaba literalmente alucinando. Me hablaba de unos demonios que se llamaban Ekuuayayab y Uacmitunahau. Repetía los nombres de manera obsesiva y me miraba sin verme diciéndome que teníamos que degollar a la gallina y clavarla en el Yaxek. Con lo tiquismiquis que es siempre con la comida y la bebida, no comprendo cómo no se le ocurrió tomar precauciones. Tuve que avisar al servicio de emergencia del parque y cuando vi cómo se llevaban a Rudyard en una camilla me empecé a atormentar con la idea de que, después de todo, las vacaciones en el parque quizás no habían sido una buena idea. Si el antídoto no surtía efecto pronto, Rudyard se iba a pasar buena parte del viaje en la cama con alucinaciones. Me sentía culpable y no acababa de entender la programación de opciones de aventura que había hecho la agencia, el productor o quién quiera que fuera el responsable final del montaje.
La tecnología del parque hacía posible una experiencia inmersiva en el pasado que, a todos los efectos, es indistinguible de la vida real. La reconstrucción de escenarios por medio de texturas y efectos simulados permite ofrecer una experiencia sensorial aumentada completamente realista, en ocasiones más que real, solo que históricamente estéril. La esterilidad se consigue haciendo que la simulación transcurra dentro de una burbuja de Carlyle. De esa manera se garantiza que ninguno de los actos que tienen lugar durante la simulación tendrá consecuencias que trasciendan el ámbito de la burbuja. Técnicamente, la esterilidad es la forma de ofrecer una experiencia plena de libre albedrio que, sin embargo, no modifica la historia. Los actos del personaje en el que Rudyard se había encarnado para realizar la visita no iban a tener ningún tipo de consecuencia histórica, pero a la vista de los acontecimientos estaba muy claro que tenían consecuencias muy reales. En aquel momento pensé me van a oír. Aunque tenga que revisar, una por una, todas las cláusulas del contrato, en cuanto volvamos presentaremos una reclamación. Rudyard podía haber sido un patoso, pero eso no justificaba que alguien pudiera elegir una opción que le dejara postrado para el resto de un viaje que no era precisamente barato. Sería muy realista, pero me parecía una auténtica estafa. En ese momento no podía sospechar que la intoxicación de Rudyard no iba a ser más que una mera anécdota del viaje.
A la mañana siguiente seguí dándole vueltas al asunto, hasta que me convencí de que no merecía la pena continuar atormentándome y que debía intentar disfrutar de las vacaciones. Cuando decidí regresar a la simulación era ya cerca de mediodía. La carabela acaba de fondear a unos trescientos metros de la playa en el centro de la pequeña bahía y tres bateles avanzaban hacia la orilla. En cada uno de ellos iban diez o doce marineros. Me detuve un instante para contemplarlos todavía en visión panorámica omnisciente. En ese modo, el sistema me ofrecía una experiencia sensorial completa. Podía remontarme y contemplar la escena desde la distancia, o descender hasta cualquiera de las barcazas y acomodarme junto a los remeros. Podía oírlos hablar mientras sentía sobre mi rostro la brisa en la que su fuerte olor se mezclaba con el olor del salitre. Podía coger con mis manos los remos o pasarlas por la amura, tocar a cualquiera de los marineros, aunque ellos no podían notarlo. En modo omnisciente yo era una observadora pasiva sin posibilidad de interactuar con la escena que estaba teniendo lugar. Pero en cuanto me sumergiera en la simulación, el sistema conmutaría a primera persona y yo ya sólo podría percibir y actuar desde mi propio rol dentro de la simulación. Daba un poco de vértigo sentir que, en modo subjetivo, yo tenía plena libertad para optar por cualquier curso de acción que el sistema me permitiera tomar.
En cuanto salí de la choza me encontré en medio de una tremenda algarabía. Era evidente que la noticia de la carabela atracada en la playa flotaba en el ambiente, pero en un primer momento pensé que iba a ser incapaz de entender lo que estaba ocurriendo. No era sólo el lenguaje, sino la enorme distancia cultural: los gestos, las expresiones, todo lo que me rodeaba era diferente a lo que yo estaba acostumbrada. Sin embargo, de manera sorprendente, todo lo que sucedía a mi alrededor me resultaba comprensible, perfectamente intuitivo. La inmersión era completa y, de alguna manera, el sistema compensaba y mapeaba todo lo que me iba presentando a mi propio lenguaje y a experiencias vitales equivalentes. Es imposible saber a ciencia cierta si esta forma de establecer un vínculo entre tiempos y culturas tan distantes es una reproducción fiel de lo que experimentaron los yucatecos durante aquel primer encuentro. Muy posiblemente no, pero para las simulaciones históricas la experiencia subjetiva es irrelevante. Lo único relevante son los hechos. En cambio, para el visitante del parque es la experiencia subjetiva lo que cuenta. Sumergirte en un mundo completamente desconocido y, al mismo tiempo, sentirte plenamente parte de él, comprender lo que está sucediendo y poderlo interpretar como si estuviera sucediendo en tu propio tiempo y tu propia ciudad, resultaba extremadamente estimulante.
Me sorprendió ver que, entre nosotros, los yucatecos, no había necesidad de largas explicaciones, de reuniones, de todos esos complejos protocolos que utilizamos ahora cuando hay que tomar una decisión. Sólo miradas cómplices que se cruzaban, unas pocas palabras, sonrisas, cánticos, algunos llantos. El nacón dio unas someras instrucciones. Las madres con sus hijos y los ancianos se dispusieron a huir hacia el interior, acompañados por otros yucateros más jóvenes. Los soldados comenzaron a desplegarse y ocupar posiciones, apostados entre la vegetación, desde las que podían contemplar los acontecimientos que tenían lugar en la bahía. No se ocultaban, de alguna manera sabían que tenían que hacerse notar, marcar el territorio. Yo sabía que aquellos primeros contactos entre civilizaciones tan diferentes forzosamente tuvieron que estar rodeados de ambigüedad, y ahora esa ambigüedad me envolvía. Me aparté del resto de yucateros sin llamar la atención y eché a andar sin saber muy bien lo que estaba haciendo. Era como una si una poderosa fuerza tirase de mí y me dejé llevar. En ese momento sentía que no tenía nada que temer. En el peor de los casos ¿qué podía ocurrir? ¿Que acabara junto a Rudyard en la enfermería? No era exactamente la idea que tenía cuando decidimos hacer el viaje a Historias Columbia, pero debo reconocer que la curiosidad, la sensación de peligro, la anticipación de la aventura y la excitación del momento que iba calando cada vez más hondo en mi interior, todo se aliaba para producir una embriagadora sensación de euforia.
La carabela parecía un templete flotando sobre el océano azul. Los mástiles se proyectaban hacia el cielo como brazos invocando algún dios desconocido. En uno de ellos ondeaba una bandera. Los marineros habían alcanzado la orilla y sobre la arena se transformaron en fieros guerreros que rápidamente se desplegaron por toda la playa. Algunos se internaron en la jungla armados con arcabuces y empuñando unos brillantes machetes con los que comenzaron a desbrozar el terreno sin demasiados miramientos. Mi corazón palpitaba con fuerza y pude sentir la descarga de adrenalina en mis venas. Los sonidos y los colores adquirieron mayor profundidad. El aire estaba cargado de olores, a ajenjo, a albahaca, a tixzula, a ixlaul. La humedad y el olor de la sal me sumergían en las olas del mar. Mis pies calibraban cada paso y hubiera jurado que podía sentir la hierba bajo mis sandalias. El graznido agudo de un pájaro, una breve carrera, algunas voces graves, viriles, una carcajada. De nuevo el silencio. Me agazapé prudentemente y permanecí observándolos desde la distancia, oculta entre la maleza. El tiempo se remansó en el calor espeso que me envolvía y perdí la noción de tiempo.
Los marineros improvisaron una especie de campamento no muy lejos de la orilla. Cuando estaba a punto de caer la noche, encendieron una pequeña fogata y sobre las ascuas depositaron unos espetos. El olor de la madera y el pescado asado me hicieron caer en la cuenta de que no había tomado nada desde el desayuno. Súbitamente, estaba hambrienta y sedienta y me acordé de Rudyard. Me pregunté cómo se encontraría y me golpeó de nuevo esa sensación de culpabilidad que me había asaltado la noche anterior. Era ya tarde y comprendí que era hora de regresar, pero dudé. Lentamente la oscuridad fue engullendo la escena y el resplandor de los hachones que portaban los marineros iba y venía entre las sombras. La luna resplandecía sobre la bahía.

Me sentía al mismo tiempo frágil, expuesta y, sin embargo, sorprendentemente segura. Yo sabía que podía salir en cualquier momento de la simulación, pero precisamente por eso me resistía a hacerlo. Me moría de curiosidad por saber qué iba ocurrir a continuación y me dije a mí misma que había hecho ese viaje para vivir ese preciso momento, experimentar las sensaciones de aquel primer encuentro, e intentar comprender qué movió a aquellos hombres. Cuando había estado junto a ellos en modo omnisciente había creído captar la intención de algunas de sus bravuconadas entre comentarios insustanciales. En la playa desde la distancia, sólo podía ver sus gestos, oír sus voces sin comprender lo que decían porque, en ese momento, dentro de mi rol, yo no entendía su lenguaje. Me di cuenta de que ninguna simulación me permitiría jamás entrar dentro de ellos, saber qué pensaban, qué sentían. Era posible sumergirse en el pasado, pero no era posible hacerlo en los motivos que habían creado ese pasado. En ese sentido, el pasado es tan impenetrable como el presente.
En ese momento, tuve una corazonada. Fue como un fogonazo que, por un instante, pude vislumbrar lo que estaba buscando. Era una auténtica locura, pero negarlo sería solo un acto de cinismo. Me asusté y comencé a retroceder temerosa en dirección al poblado. La noche se había adueñado ya completamente de la jungla, y la oscuridad había hecho desaparecer los colores y las formas. Sin embargo, yo sabía orientarme perfectamente y avanzar con sigilo como si un preciso sistema de navegación me guiara. Mientras caminaba en silencio, veía relámpagos rojos alzarse cada vez a mayor altura entre la vegetación. Los marineros se habían internado en la jungla y avanzaban. No podía verlos, pero los presentía. Me sentí invadida por un extraño sentimiento de soledad y de euforia. Era dueña de aquel momento como nunca había sentido que fuera posible ser dueña de mi tiempo. Era como si pudiera girarlo y contemplarlo desde diferentes ángulos. Eran mis pensamientos los que hacían posible esa sensación de control, extendiéndose y estirándose para abarcar el momento, creando una consciencia más profunda, superior.
El poblado era un conjunto de pequeñas chozas de barro dispersas en la ladera de una pequeña loma. A la luz de la Luna resultaban apenas distinguibles. Parecía desierto, como si la noche hubiera engullido también a los yucatecos. Las luces de los hachones estaban ya muy cerca y se dispersaban como si intentaran rodear el poblado. En ese momento, oí voces y vi salir de la espesura a un reducido grupo de marineros que venían acompañados por algunos de los yucatecos. Me sorprendió mucho verlos avanzar juntos sin poder discernir si unos y otros lo hacían libremente. No se percibía hostilidad, tampoco simpatía o complicidad. Parecía más bien un extraño ritual, una improvisada manera de asegurar una cortés vigilancia recíproca. La imposibilidad de determinar el balance preciso de fuerzas, las intenciones de unos y otros, me mantuvo paralizada. No sabía si echar a correr hasta alcanzar la choza y abandonar la simulación o permanecer allí aguardando a que se fijaran en mí y me alcanzaran. Cuando conseguí reaccionar, instintivamente me di la vuelta. Entonces los vi ya prácticamente encima de mí y comprendí que, en realidad, no tenía opción.
Todo sucedió muy despacio, de una manera ordenada, como si fuéramos bailarines que ensayan una nueva coreografía por primera vez. Los marineros me alcanzaron y uno de ellos se detuvo muy cerca de mí. Llevaba un hachón en la mano y era mucho más alto que yo. El calor del fuego y el olor de la pólvora me envolvieron y alcé la mirada para ver sus ojos. No era la primera vez que lo veía. Había estado muy cerca de él en el batel cuando se aproximaban a la orilla. Me agarró el brazo con la mano que tenía libre. Yo no intenté evitarlo. Tiró de mí con firmeza, pero sentí que no quería hacerme daño. Me hizo girar hasta quedar situado ligeramente detrás de mí. Luego me hizo avanzar y nos alejamos del resto.
Cuando regresé a mi habitación todavía estaba excitada. Todo lo que acaba de ocurrir en apenas unas horas se agolpaba en mi mente como una desconcertante sucesión de escenas inconexas, caóticas. La sensación de embriaguez comenzaba a dar paso a una de mareo y confusión. Me sentía sucia y pegajosa y podía oler su sudor por todas partes. Sentí un profundo alivio sabiendo que Rudyard no estaba allí y dejándome envolver por la soledad. Apagué las luces, me quité la ropa y me detuve frente al ventanal, desde donde la vista era prácticamente la misma que tenía desde el poblado. La carabela seguía en la bahía y desde la playa llegaba el resplandor de las hogueras. Era como si, de alguna manera, yo estuviera en dos mundos paralelos al mismo tiempo, como si pudiera pasar de uno a otro simplemente traspasando una puerta. Entré en la lujosa cabina, seleccioné el tiempo y la experiencia de baño, dejé correr el agua y me sumergí.
El contacto con el agua caliente, el olor de las sales, el vapor que se iba acumulando y empañaba los espejos, poco a poco consiguieron devolverme a mi mundo, a mi verdadera realidad. Frotando suavemente con la esponja sobre mi piel, me fui desprendiendo del olor de la sal, de la pólvora, de los manglares, del roce de los cordones alrededor de la cintura, del aliento espeso del marinero, de la presión de sus manos sobre mis senos, del calor de su cuerpo. Todo se iba diluyendo en el agua y comenzaba a desaparecer absorbido por los filtros de partículas que mantenían el agua limpia y transparente, únicamente teñida por el suave azul de los pigmentos de jabón. Sin embargo, era real. La bahía era real, la vegetación era real, la arena, los pasos, los jadeos.
Un diagnóstico inesperado
En el viaje de regreso yo aún seguía dándole vueltas. Me aterraba pensar que después de lo que había sucedido Rudyard pudiera echarme en cara mi elección para las vacaciones. Me sentía culpable, aunque exactamente lo mismo podría habernos ocurrido en el viaje a Marte. Pero Rudyard estaba contento. Se le veía relajado y parecía haberse olvidado ya del mal rato que había pasado con las alucinaciones. Al final, él también había podido regresar a la simulación para la gran fiesta de despedida. El día antes el director del parque nos había llamado a su despacho para pedirnos disculpas en persona. Nos aseguró que, por supuesto, Rudyard en ningún momento había estado expuesto a un riesgo serio, pero que, a veces, en un número muy limitado de ocasiones, cosas así ocurrían. A pesar de todo lo que se invierte en la simulación, de las sofisticadas medidas de seguridad y los controles de calidad y experiencia de uso, el organismo humano sigue siendo una parte esencial y absolutamente determinante de la simulación y es imposible anticipar completamente cada una de las posibles reacciones de una persona. Hacerlo, de hecho, sería hacer trampa en la simulación. Era simplemente lógico: un parque temático está diseñado para crear una experiencia única por medio de las emociones, pero las emociones siguen siendo un proceso químico en un organismo biológico tremendamente complejo. El director pidió permiso a Rudyard para analizar los datos de su caso y utilizarlos para intentar evitar que otro caso así se produjera y mejorar la experiencia de usuario. Luego nos ofreció un bono para volver a visitar cualquiera de los parques temáticos de Historias Columbia y nos agradeció la visita y la compresión.
Cuando llegué a casa, me invadió una intensa sensación de alivio. Estaba deseando volver a mi rutina, concentrarme en los estudios para mi tesis y dejar que el tiempo me permitiese tomar un poco de perspectiva sobre las vacaciones. Por desgracia, la tranquilidad no duró mucho. Fue una pura coincidencia que veinte días después yo tuviera programado uno de los reconocimientos médicos periódicos. De no haber sido así no sé cuánto habría tardado en darme cuenta y, sobre todo, cómo me habría dado cuenta. Dos días después del reconocimiento recibí una notificación de alta seguridad pidiéndome que me personara nuevamente en el servicio médico a la mayor brevedad posible. Después del sobresalto inicial, intenté convencerme de que no era posible que se tratase de nada grave. A mi edad y con mi historial genético y clínico, era prácticamente imposible que fuera un problema serio de salud. Imaginé que habría habido algún error en las pruebas, o que querrían solicitarme datos adicionales para algún estudio estadístico.
Ciertamente no se trataba de un problema grave de salud aunque, desde luego, tampoco se trataba de una mera cuestión de trámite. Nada más entrar en la oficina, la mirada de la doctora y su insistencia en que siguiéramos el protocolo hicieron que me pusiera muy nerviosa. Comenzó a hacerme preguntas y no me dio opción. Me dejó muy claro que no tenía más remedio que contestarlas. En realidad, ella tenía en ese momento acceso a todos mis datos, y yo sabía que había muy pocas cosas de verdadera relevancia que yo le pudiera desvelar. Me preguntó por mi actividad, mis aficiones, mis costumbres, mis conocidos. Finalmente, tras lo que se reveló como un largo rodeo, fue al grano.
—¿Ha tenido usted contacto físico con alguien o algo que haya podido inseminarla?
La pregunta me cogió completamente desprevenida y supongo que la doctora vio en mi cara una mezcla de sorpresa y terror. Era una pregunta tremendamente comprometida, porque yo nunca lo había solicitado y no tenía permiso para la inseminación. Vacilé un instante y, enseguida, respondí ofendida:
—No. No, por supuesto. ¿Cómo…?
—Señorita Álvarez, mucho me temo que está usted embarazada.
Burbujas
No era posible. Rudyard y yo llevábamos ya una larga temporada juntos y eso, por supuesto, incluía el contacto físico íntimo. Rudyard y yo éramos bastante convencionales y hacíamos el amor. Él me gustaba y yo le gustaba a él y entre los dos se había formado un sincero vínculo afectivo. Pero en ningún momento se nos había pasado por la imaginación la posibilidad de tener un hijo. No desde luego en ese momento. Tuve que emplearme a fondo para dejarle muy claro a la doctora que eso no era posible. Yo no podía haberme quedado embarazada de Rudyard. Tenía que tratarse de un error. La doctora descartaba la posibilidad de que lo fuera, pero aceptó repetir los análisis. Los nuevos análisis confirmaron que estaba embarazada y, además, con todos los datos que voluntariamente yo había revelado, el sistema podía confirmar con total certeza que Rudyard no era el responsable de la inseminación. El informe indicaba sucintamente: 2º PROGENITOR DESCONOCIDO. Yo no entendía nada y la doctora me miró con una expresión en la que se confundían el desprecio y la compasión.
No tenía ni la menor idea de cómo había podido ocurrir, pero estaba metida en un buen lío. Aunque no era algo completamente excepcional, el número de embarazos por medio del sistema biológico ancestral era extremadamente reducido. Los pocos que se llevaban a término contaban siempre con la aprobación explícita de un comité evaluador que, por regla general, se limitaba a verificar que los solicitantes podían acogerse a una serie de supuestos que la ley contemplaba. En muy raras ocasiones se producía un embarazo no solicitado o no consentido y, cuando ocurría, se trataba siempre de casos en los que había de por medio trastornos sobrevenidos no previsibles. Era evidente que mi caso no podía encuadrarse en ninguna de aquellas circunstancias. Hasta donde mi conocimiento alcanzaba, no existía ningún precedente. Lógicamente el sistema de crédito social debía realizar las comprobaciones necesarias y establecer un dictamen. Luego, en el mejor de los casos, yo podría optar entre un número limitado de opciones. No era muy diferente de una aventura inmersiva, sólo que en este caso el número de opciones sería mucho más reducido.
Más angustiosa si cabe que la incertidumbre sobre el posible dictamen y la espera, que podía ser larga, era la necesidad de encontrar una explicación a cómo había llegado a esa situación. Que Rudyard hubiera sido el padre habría sido ciertamente sorprendente y habría planteado no pocos interrogantes al sistema de prevención, pero al quedar Rudyard descartado como posible factor de inseminación, cualquier otra hipótesis resultaba ciertamente tenebrosa. Yo no me había apartado de las prácticas recomendadas ni había tenido ninguna exposición. No de manera consciente. Bastante tenía con esforzarme día a día por mantener una posición digna en una sociedad tremendamente competitiva en la que era casi imposible destacar. En ese momento, sin embargo, lo último que hubiera deseado era destacar, pero además miles de dudas me asaltaban. ¿Había algo en mi naturaleza que yo no veía? ¿Me había convertido inadvertidamente en el instrumento de una conspiración? Empezaba a volverme paranoica y decidí que lo mejor que podía hacer era redoblar mis esfuerzos, concentrarme en mis estudios, mostrarme optimista y confiar en que mi historia tendría un final feliz. Pero concentrarme en mis estudios, en vez de alejarme del foco de mi inquietud, sólo sirvió para que acabase sumergida aún más en la especulación.
Yo había estudiado en profundidad la teoría de Carlyle de la historia y me sentía confiada en que entendía su lógica y sus implicaciones. Y de pronto, mis estudios y mis investigaciones me ofrecían una sorprendente perspectiva de mi propia situación: ¿Transcurría mi vida dentro de una pequeña burbuja de Carlyle y, por tanto, al igual que ocurre dentro de la simulación en un parque histórico yo podía actuar con plena libertad? O, por el contrario, lo que yo hiciera a continuación, la decisión sobre mi embarazo, tendría una influencia que iría mucho más allá de mi entorno histórico cercano. Yo sabía que éste sería el principal objeto de debate que el comité de expertos analizaría en detalle para evaluar mi caso y efectuar sus recomendaciones.
La teoría de Carlyle sobre la estructura emergente del fenómeno histórico establece que cualquier evento y todos nuestros actos tienen consecuencias dentro de un entorno limitado en el espacio y el tiempo. La derrota de Hitler en la segunda guerra mundial o el descubrimiento de la penicilina fueron eventos con entornos de influencia amplios. Meterse el dedo en la nariz o rascarse la cabeza, suelen ser eventos con entornos de influencia muy limitados. Sin embargo, de la misma manera que el aleteo de una mariposa en Japón puede acabar desencadenando un huracán en el Atlántico, o la manzana que cae sobre la cabeza de Newton despertar en su imaginación la teoría de la gravitación, mínimos acontecimientos pueden tener consecuencias en un lugar y un tiempo remotamente lejanos. La historia es un sistema complejo.

Carlyle creó un modelo topológico para describirla y postuló la existencia de coyunturas críticas, eventos de enorme influencia, así como de amplias regiones de sucesos intrascendentes. Dentro de unas de estas regiones estériles, las denominadas burbujas de Carlyle, puede ocurrir cualquier cosa y, en particular, las personas pueden actuar con plena libertad sin que sus actos tengan consecuencias fuera de la burbuja. Todo lo sucedido en el interior de una burbuja de Carlyle podría cambiarse a discreción sin que los acontecimientos exteriores a ella se viesen afectados en absoluto. Por ejemplo, se sabe que toda la historia de España entre 1898 y 2069 está dentro de una burbuja de Carlyle. Cualquier cosa que ocurrida dentro de esa región y ese periodo de tiempo, es irrelevante para la historia fuera de esa burbuja. En cambio, el asesinato de Colón por los Mayas entre 1492 y 1502 habría tenido consecuencias que se extenderían, como el aleteo de la mariposa, hasta nuestros días.
La confirmación experimental de la teoría de Carlyle llevó prácticamente un siglo y se precisaron datos muy precisos para simular las coyunturas críticas y aislar las burbujas de Carlyle. Los parques temáticos históricos se convirtieron en la fuente de datos por excelencia de la historiografía. Hoy hay regiones con tantas visitas acumuladas, tal cantidad de datos y tantas variantes analizadas, que hacen posible que sumergirse en ellas resulte una experiencia incluso más vívida que el tiempo real presente. En estas simulaciones, es posible vivir escenas en el equivalente sensorial a la cámara lenta en imagen animada de video: una experiencia vital aumentada. Me avergüenza confesarlo, pero ese es precisamente el modo que yo utilicé cuando el marinero español me conducía hasta la espesura que se iniciaba detrás de la choza e hicimos el amor. Ahora me siento tremendamente culpable, pero ¿quién hubiera podido sustraerse a una experiencia así?
Hacer el amor con Rudyard en riguroso presente, sin asistencia virtual, no puede compararse con la experiencia super enriquecida que me ofrecía Historias Columbia. Sé que será muy difícil que llegue a olvidar ese momento y, de alguna manera, sé que nunca se repetirá. Cada instante de aquel breve encuentro se proyecta ahora como una sombra inquietante sobre mi vida. Son una miriada de pequeños detalles: el brillo de sus ojos, los pliegues de sus labios, su aliento, cada pulgada de la piel del marinero que recorrieron mis manos con la obsesión del explorador que busca sobre el terreno la ubicación que el mapa señala como el lugar donde está enterrado el tesoro. Sin ser consciente, yo había encontrado ese tesoro en una realidad aumentada, inconmensurable. Prefiero no pensar cuántas veces el sistema había recreado esa burbuja antes, cuántos visitantes habían hecho falta y cuántos datos había sido necesario extraer y procesar para crear ese momento, mi experiencia. Aún no puedo creerlo, no tengo confirmación, pero de alguna manera, el algoritmo de reconstrucción de la historia tuvo que ser capaz de procesar y producir información a nivel molecular.
Si todo lo que me estaba sucediendo a mí en ese momento, la inseminación, el embarazo, pertenecían a una región histórica estéril, el comité dictaminaría que yo básicamente podría hacer lo que me diese la real gana. Por desgracia, era poco probable que el comité llegase a esa conclusión. La tecnología de simulación y los datos disponibles no permiten establecer con precisión suficiente la topología del presente y de la historia reciente dentro de la zona de embargo. Esa es precisamente la razón de que exista un embargo. Lo que el comité haría sería estimar un rango de probabilidades, y con él configuraría mis opciones. Con seguridad, mis opciones serían muy limitadas. El comité se curaría en salud. Iba a ser muy difícil que mi reputación no se viera afectada.
Fue una auténtica sorpresa el poco tiempo que el comité tardó en emitir su juicio y más todavía que, lejos de ser un veredicto lleno de las típicas consideraciones, salvedades y vericuetos que acaban amalgamándose en un dictamen ambiguo, era un dictamen sorprendentemente transparente y directo. El comité concluía que “existen razones de peso para afirmar que podemos hallarnos frente a una ineluctable coyuntura crítica de la historia que puede representar una oportunidad de incalculable transcendencia” y apoyaba sin ningún tipo de ambages la concepción. De hecho, me conminaba a poner mi voluntad y todos los medios necesarios para llevar a término el embarazo.
Una vieja historia
Antes de encontrarme con Rudyard yo había trazado un plan de actuación perfectamente detallado. No me había quedado otra salida. El comité había hecho recaer toda la responsabilidad sobre mí. Había pasado casi dos semanas en estado de shock, contando los días y las horas. No disponía de mucho tiempo. El comité había dictaminado con rapidez, pero cuando lo hizo hacía ya dos meses que habíamos regresado del parque. En cualquier momento sería demasiado evidente que yo había comenzado a cambiar e iba a ser muy difícil que Rudyard no se diera cuenta.
En realidad, en un primer momento, el dictamen fue una inyección de moral. Si el veredicto hubiera sido que yo era libre de hacer lo que me diese la gana, eso sólo hubiera significado que estimaban que mi vida transcurría en una burbuja de Carlyle y que, por consiguiente, era irrelevante si yo acababa dando a luz o no. Tengo muy claro que la mayor parte de las vidas transcurren en burbujas de Carlyle: La mayor parte de nosotros somos irrelevantes, estériles para la historia, pero una cosa es sospecharlo y otra muy diferente tener el dictamen de un comité de expertos. Por otra parte, de haber podido optar con plena libertad, no sé si hubiera tenido valor para abortar. Me había topado con esa terrible palabra mientras aguardaba el dictamen estudiando con obsesión mis alternativas y había tenido que rastrear su significado hasta encontrarlo en un oscuro diccionario de lenguas muertas. Era uno de esos conceptos que se habían quedado hacía ya mucho tiempo atrás, pero el aborto había sido uno de esos debates que, en su momento, parecían irresolubles y que había enfrentado a la sociedad. Sí, en un primer momento, que el comité dictaminara que yo debía dar a luz fue un alivio. Yo no era libre porque iba a tener un hijo que no sería irrelevante, y eso también descartaba el aborto.
Pero ese alivio fue sólo momentáneo, porque a lo que me enfrentaba entonces era a la necesidad de construir una historia creíble que justificara la razón por la que yo, una persona corriente, una académica comprometida con su disciplina y la sociedad, me había quedado embarazada e iba dar a luz un hijo usando el sistema ancestral. Pero además debía justificar la inevitable urgencia con la que, hiciera lo que hiciera, había adoptado esa decisión. Pensé en demandar a Historias Columbia. Si todo esto era real, si yo estaba embarazada a consecuencia de mi experiencia en el parque, entonces era evidente que la tecnología de simulación del parque tenía un agujero de seguridad o, peor aún, que la publicitada esterilidad histórica de los parques que aseguraban un pleno albedrío sin consecuencias era una monumental estafa. Las alucinaciones de Rudyard que tanto me habían indignado no eran una mera anécdota, eran un indicio que el dictamen del comité venía a sancionar. Las simulaciones de Historias Columbia no sólo no transcurrían dentro de una burbuja de Carlyle que aseguraba su esterilidad histórica, las historias eran fértiles, tanto que sus tentáculos se extendían a lo largo de miles de años.
Pronto comprendí que plantear una demanda era un espejismo. Estaba fuera de mis posibilidades. El dictamen del comité no era público y hacerlo público habría supuesto en sí una batalla legal. Pero incluso si llegaba a hacerse público, el dictamen podía usarse para inflamar una campaña de movilización, pero nunca para sustentar una demanda contra Historias Columbia. Los expertos se encargarían de explicar con todo lujo de detalles que, dentro de la zona de embargo, es imposible establecer con precisión la topología de la historia y que el dictamen del comité no probaba nada, que precisamente por eso se curaba en salud con una recomendación conservadora. Hacer público ese dictamen acabaría volviéndose contra mí, poniéndome en el centro de la escena, atrayendo sobre mí las miradas. ¿Era eso lo que yo quería? Nada más lejos de lo que siempre había deseado. Yo nunca había aspirado a una vida pública, no desde luego de esta manera. Yo no era Saltman.
Pero por encima de todas estas consideraciones, había sobre todo una que era la que realmente me atormentaba. Rudyard. Yo le quería. No podía presentarme y decirle simplemente que estaba embarazada. Tenía que darle una explicación y lo más honesto era decirle simplemente la verdad. Que no tenía ni la más mínima idea de cómo me había quedado embarazada, pero que tuvo que ser en el parque, que me había dejado llevar mientras él estaba alucinando. Sonaba tan ridículo. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que habría puesto a Rudyard en una difícil tesitura, porque no se me ocurría ninguna razón por la que alguien deseara seguir vinculado a una mujer que se había quedado embarazada y que estaba dispuesta a dar a luz por el método ancestral a un hijo que no era suyo. Diciéndole la verdad perdería a Rudyard, y entonces ya sí que me enfrentaría yo sola a mi embarazo y a una sociedad que no lo entendería. ¿Qué historia iba a contar entonces?
Había sido muy duro y no me sentía precisamente orgullosa, pero finalmente tomé una decisión. Hablaría a Rudyard de nuestra relación, le explicaría lo que sentía por él. Lo haría con sencillez y con total sinceridad para dejar que, poco a poco, la conversación diera pie a que él también expresase sus sentimientos. Para mí era muy importante que lo hiciera. Yo estaba convencida de que Rudyard también me quería, pero una nunca puede estar segura. No es posible entrar en los sentimientos de otra persona de la misma manera que se introduce uno en una simulación. Además, Rudyard ha sido siempre muy reservado para estas cosas. Me daba vértigo pero la decisión ya estaba tomada. Yo tenía que asegurarme de que Rudyard compartía mis sentimientos y que lo que iba a pedirle era en el fondo algo que él, aunque todavía no lo supiera, también estaba deseando.
Cuando le vi allí frente a la ventana esperándome y me miró sonriendo, me quedé sin palabras. De repente, toda mi argumentación me pareció completamente vacía de contenido, una mera argucia que yo había elaborado recurriendo a artimañas. Yo era perfectamente consciente de que lo que estaba a punto de suceder entre nosotros era algo que se había repetido, con una altísima probabilidad, millones de veces a lo largo de la historia, que muchas mujeres habían hecho lo mismo antes que yo. Mi mente se volvió a zambullir nuevamente en aquella noche tórrida y la recorrió a toda velocidad hasta el momento en que yo acababa de regresar de la simulación. Yo llevaba una parte de esa simulación dentro de mí. Estaba embarazada y mi hijo era, con toda probabilidad, portador de los genes de un marino español que había muerto en la península del Yucatán en 1507 o 1508, hacía ahora casi 1.000 años. Viajar en el tiempo no era posible, pero de alguna manera, los genes de aquel marino lo habían hecho. Y ahora esos genes se verían expresados en un futuro muy distante.
Tendría que haber sido extremadamente sencillo para una investigadora en historiografía con una profunda comprensión de la teoría de la historia. Pero no lo era. Era terriblemente difícil. Me olvidé del guion y sentí que las palabras que tan cuidadosamente había preparado se me atragantaban. Apenas conseguí balbucear de manera apresurada.
—Rudyard, tengo que contarte algo y no sé por dónde empezar.
Rudyard me miró extrañado, pero no parecía preocupado. Su mirada me invitaba a continuar.
—Rudyard, estoy… estoy embarazada.
Rudyard enarcó las cejas y en su cara pude ver, ahora sí con claridad, la sorpresa y la incredulidad, pero también, por suerte, me pareció adivinar una sutil sonrisa en la que quise ver una expresión de satisfacción y de cariño. Me miro a los ojos y yo bajé la mirada, avergonzada.
—¿Pero qué me dices? ¿Es eso posible?
—Lo es Rudyard, lo es. Verás…
No me dejó continuar. Me abrazó y me besó. Por suerte a Rudyard nunca le han interesado demasiado las explicaciones.
—Nos han dado permiso, Rudyard. Vamos a tener una hija…
EPÍLOGO
Wikihis 2.721 A.D.
Nova Columbus (La Tierra, Sistema Solar 31 de octubre de 2.447; Yucatán, Nueva América 20 de mayo de 2.506) fue una navegante, almirante y primera gobernadora general de la Colonia Terrestre de Nueva América. Hija de Susana Álvarez de Torres y Rudyard Kumari, es famosa por haber sido la primera navegante que consiguió abrir una ruta a través del agujero de gusano Atlantis y descubrir el sistema estelar de Nueva América al alcanzar por primera vez el satélite Guanahani, en la órbita del planeta Bahamas el 12 de octubre de 2.492. Con posterioridad, y hasta su desaparición en la órbita del planeta Yucatán, realizó múltiples viajes de ida y vuelta entre Nueva América y el Sistema Solar dando un impulso decisivo a la expansión galáctica de la civilización terrestre.

Historias Columbia
Ⓒ 2020 Francisco J. Jariego
Compartido con licencia CC BY-NC-ND 4.0
𝗛𝗶𝘀𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮𝘀 𝗖𝗼𝗹𝘂𝗺𝗯𝗶𝗮 fue finalista en el X Certamen TerBi 2020 de Relato Temático sobre «Viajes en el tiempo».
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