Vivimos todo a la primera, tal como llega y sin aviso. Como un actor que representa su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero ¿qué valor puede tener la vida si el primer ensayo es ya la vida misma?
—Milan Kundera, La insoportable levedad del ser
I
Al girarme golpeo la taza con el codo, sin darme cuenta. La taza sale despedida y se hace añicos contra el suelo, el café con leche salpicado por toda la cocina. No, no puede ser… Cierro los ojos y aprieto. Seis segundos, solo seis segundos.
Esa mañana me había levantado especialmente patoso, así que, al girarme, tuve la precaución de mantener mis brazos pegados al cuerpo. Y, efectivamente, ahí estaba la taza de café, detrás de mí, justo al borde de la encimera. La cogí con cuidado con las dos manos y tomé despacio un sorbo de café caliente. ¡A ver si acababa de despertarme!

A las 8:30 estaba atrapado en el atasco que cada mañana se forma en la carretera que da acceso a la entrada del polígono. Apenas quinientos metros me separaban del descampado que la empresa tenía habilitado como parking e intercambiador de vehículos compartidos, pero a ese ritmo, aún podía tardar media hora en llegar hasta mi nave. Avanzaba apenas unos metros y me veía obligado a volver a frenar, otro metro y otra parada. Cuando estoy metido en un atasco siempre me viene a la memoria aquel comentario de mi tío el cubano que vivía en Miami cuando vino a visitarnos siendo yo un niño:
—Me sorprende que no haya aquí más peleas. En Miami, en un atasco así, seguro que alguien saca una pistola de la guantera y se lía una gorda. Aquí son ustedes muy pacíficos.
Había pasado el tiempo y muchas cosas habían cambiado desde aquella visita, pero los atascos no.
Justo en ese momento siento un fuerte impacto y mi cabeza se golpea contra el reposacabezas. Tardo un instante en reaccionar. ¡Hay que ser inútil! Me bajo del coche para comprobar si se ha producido algún daño. Aunque es evidente que a la velocidad que estamos circulando es casi imposible que el impacto pueda tener consecuencias serias, lo mejor es tomar unas fotos y subirlas a la nube de la compañía de seguros para evitar cualquier posterior reclamación. Cuando me estoy agachando para inspeccionar el paragolpes trasero, un bocinazo me perfora los tímpanos y alguien se pone a gritar.
—Pero ¿qué haces, chalado? ¿Quieres moverte?
La fila de coches vuelve a avanzar y delante del mío se abre un hueco de quince o veinte metros. ¿Será posible? No solo me da un golpe, sino que encima me increpa. Me incorporo y me planto delante del vehículo con el conductor que me urge a apresurarme haciendo aspavientos detrás del parabrisas. Parece realmente nervioso.
—Tú eres idiota —le espeto, saboreando las palabras.
Y veo cómo de inmediato abre la puerta. Cierro los ojos y aprieto. Seis segundos. Solo seis segundos.
Me incorporé y pude ver por el rabillo del ojo al conductor que me urgía a apresurarme haciendo aspavientos detrás del parabrisas. Parecía realmente nervioso. Me di la vuelta y le ignoré. Volví a subir a mi coche y continué avanzando con la fila.
A las 12:00 nos habían convocado los del sindicato en uno de los almacenes del polígono. Frente a la puerta veo a mis colegas fumando mientras hacen tiempo antes de entrar. Hace frío y el vaho de la respiración se condensa en fugaces siluetas que enseguida el viento deshilacha. Me acerco a ellos y los saludo con un gesto, las manos metidas en los bolsillos, casi tiritando.
—Esta tarde tenemos partido, Toño. ¿Te acuerdas?—. Carlin, como siempre, provocando.
—Pues claro. Vamos a darles un buen repaso a esos paquetes.
—Te estás quedando pajarito—. Alex, como siempre, protector.
—Es que no he cogido el abrigo. No pensaba que hacía tanto frío.
—Anda, toma.
Álex me ofrece un cigarrillo. Lo cojo sin pensar mientras tanteo con la otra mano, de manera instintiva, en el bolsillo del pantalón buscando el mechero. No lo encuentro. Álex me ofrece el suyo. Tengo que intentarlo dos, tres veces hasta que por fin consigo encender el cigarrillo, le doy una calada, cierro los ojos y aprieto con fuerza. Seis segundos. Solo seis segundos.
Cogí el mechero de Álex para encender el cigarrillo. Lo intenté en un par de ocasiones, pero el mechero no arrancaba y se lo devolví.
—¿Sabes qué? Gracias, pero no voy a fumar. He decido dejarlo, llevo un par de semanas. —Pude ver la mirada socarrona de Álex—. Que sí, de verdad, que lo estoy dejando.
La reunión se planteaba muy tensa. Como sospechábamos desde que tomó posesión el tal Arriourtúa, se confirmaba que la empresa cerraba nuestra planta de manufactura. Los del sindicato comenzaron la exposición de motivos y se sumergieron en los detalles. A mí, la verdad, no me importaban ni los unos ni los otros. Los motivos eran evidentes, los detalles irrelevantes. No había nada que yo pudiera hacer, ninguno de los allí presentes podíamos hacer nada. Además, hacía ya algún tiempo que tenía decidido que me vendría bien un cambio de aires, salir de la ciudad, y el cierre de la fábrica era la excusa perfecta. Iría en busca de otro trabajo en cualquier otro lugar.
Dejo de prestar atención a los del sindicato para concentrarme en lo que percibo a mi alrededor. El torrente de datos es una auténtica borrachera que me embriaga, pero en el interior del almacén, apiñados como estamos, seis segundos de anticipación son, desde luego, insuficientes para escapar de una posible avalancha. En lugares como este, el implante no sirve de mucho. Demasiados datos, poca información. Es obvio que para muchos el cierre sí que va a tener consecuencias desagradables. La mayoría ya no son jóvenes y les va a ser muy difícil encontrar otro trabajo. La familia, el colegio de los niños, el seguro. A medida que la reunión avanza, el ambiente se va caldeando con todas esas preguntas que algunos formulan a voces.
—¿Y la indemnización?
Odio las concentraciones multitudinarias en espacios cerrados. Me asfixio. Desde muy niño he procurado evitarlas. Soy poco sociable, un joven conflictivo que desde una edad muy temprana, en el colegio, se había visto envuelto una y otra vez en peleas. Alto cociente intelectual, introvertido, muy violento. Es la descripción de mi perfil psicográfico. Nunca podré olvidarla, porque me ha marcado. Y además ahora la llevo grabada a fuego, literalmente, en mi cabeza. A los diecisiete años, en un incidente particularmente desafortunado, uno de mis compañeros de clase resultó herido de gravedad en una estúpida refriega. Yo acabé con una condena de internamiento en régimen cerrado. Él acabó mucho peor. No era mi intención, le he dado muchísimas vueltas. Me hubiera gustado poder volver atrás y evitar ese golpe. Seis segundos habrían sido suficientes, ahora lo sé.
Han pasado ya dos años desde que acepté las condiciones contractuales para la implantación del Fast Foresight Neuralink1—FFN— un prototipo en fase de ensayo clínico que aún está pendiente de aprobación por parte de las autoridades sanitarias. Mi perfil encajaba en las especificaciones de uno de los segmentos demográficos prioritarios y cuando me ofrecieron la posibilidad de incorporarme al programa de voluntarios para la fase de ejecución, no me lo pensé dos veces. Faltaban más de seis meses para cumplir mi condena. Asumí que el implante no sería muy diferente de una experiencia de videojuego de realidad aumentada. Requería una pequeña intervención quirúrgica, pero a cambio saldría de la reclusión de inmediato.
El FFN realiza una proyección constante del futuro más inmediato que se integra por completo dentro de mi propia experiencia consciente. Para ello utiliza tres fuentes de información principales: la que recoge de manera continua en tiempo real a través del enlace neuronal implantado; información histórica de patrones de comportamiento que el FFN va acumulando y utiliza para refinar el perfil psicográfico del usuario; y por último, una gran cantidad de información de contexto procedente de múltiples fuentes de datos públicos, noticias y eventos de tiempo real geolocalizados en las inmediaciones. La versión que yo tengo instalada proyecta hasta seis segundos con una fiabilidad cercana al 100%. La proyección puede extenderse en el tiempo, pero a partir de los seis segundos, la fiabilidad disminuye de manera muy pronunciada.

La versión clínica del FFN nos permite tomar consciencia de estímulos y decisiones que, normalmente, el cerebro procesa de manera inconsciente, aunque luego—en realidad, a posteriori—se perciban como decisiones tomadas de manera consciente. Mediante el FFN, puedo visualizar las consecuencias, a menudo no intencionadas, de mis reacciones. En todo momento estoy viviendo una realidad que aún no ha sucedido. Eso me da la oportunidad de actuar de forma consciente, a tiempo de evitar errores o mejorar algunas de mis decisiones. En cualquier momento puedo dar marcha atrás. Solo seis segundos.
El potencial para el tratamiento de trastornos y sesgos de la personalidad es evidente, y la existencia en muchos países de un proceso formal de aprobación para uso terapéutico resultó determinante para que la empresa que desarrolla el FFN eligiese la vía clínica como ruta para llegar al mercado. Uno de los objetivos de los ensayos clínicos es confirmar si seis segundos es tiempo suficiente para introducir cambios de conducta significativos. En mi caso, puedo dar fe de que, con solo seis segundos, yo habría sido capaz de evitar el golpe que resultó fatal para mi compañero y, en consecuencia, mi propia condena.
Pero los objetivos comerciales y las expectativas que hay detrás del FFN van por supuesto más allá de su uso terapéutico. Los usuarios de FFN incorporamos en nuestra experiencia consciente información que aumenta nuestros sentidos biológicos naturales. Es como llevar un smartphone integrado en el cerebro. Con el implante me había incorporado, de hecho, a una reducida élite de la que nunca había soñado que llegaría a formar parte. Adquirí el estatus legal de ciborg, una condición que ostentamos solo un número muy reducido de personas en la sociedad. Muchos nos observan como cobayas. Es cierto, hay que admitirlo, somos cobayas. Pero ser un ciborg reconocido tiene algunas ventajas.
Explicarle a un desconocido que eres un ciborg y puedes ver el futuro es de lo más divertido. La mayoría reacciona con escepticismo, pero no es muy difícil convencerles con algún truco fácil. Con el FFN es posible anticipar, por ejemplo, si alguien está a punto de entrar por la puerta —¡qué viene el jefe!—, el tiempo que falta para que llegue el próximo autobús—tranquilos, chicos, que llegaremos a tiempo—, o la marca y el color del coche que está a punto de doblar la esquina. Los que no te rechazan como a un bicho extraño—y muchos lo hacen, las cosas como son—, acaban convirtiéndose en fervientes admiradores. Aprender a convivir con esa mezcla de popularidad y rechazo forma parte del programa. No es sencillo, pero gracias al FFN yo había conseguido, por primera vez en mi vida, un equilibrio razonable. Iba a ser duro dejar a mis colegas atrás, perder el contacto. Esto es algo que mi perfil psicográfico no tiene en cuenta para nada. Lo que yo siento.
Mientras los del sindicato intentan aplacar los nervios de los trabajadores y mantener el orden de la reunión, yo me fijo en la cara de Álex. Tiene la cabeza echada hacia atrás, la barbilla prominente como la proa de una lancha rápida y la mirada clavada en los del sindicato. Sin la menor expresión en el rostro, inmóvil, ceniciento, como una estatua. Está ahí, no sé si concentrado o ausente. Me hubiera gustado penetrar en sus pensamientos, poder ver lo que él estaba viendo en ese momento. Cierro los ojos y aprieto, pero el FFN no da para tanto.
En realidad, tampoco hacía falta un implante neuronal de anticipación instantánea para adivinar lo que Alex estaba pensando en aquel momento. No había que ser un ciborg, ni siquiera muy listo, para adivinarlo. Pensaba en su hija. Hubiera podido jurarlo.

II
A las 17:00 estábamos en la cancha y el partido empezó puntual. Comenzaron marcando ellos. Fede se tragó el cañonazo del Maca. Fede estaba a por uvas, como siempre, aunque hay que reconocer que el Maca le pega muy duro. Álex me hizo una seña para que le marcara yo. Me pegué a él y conseguí neutralizarle. Era divertido, desplazarte siempre a derecha o izquierda justo un segundo antes de que lo haga él, dejar que se te eche encima y le piten falta, tocarle la bola justo lo suficiente como para que pierda el paso y se haga un lío. El Maca se iba encendiendo, se esforzaba cada vez más. Le iba la vida en ello porque el Maca es el delantero imparable, una auténtica institución en el polígono. Tenía una imagen que mantener. A mí cada vez me costaba más mantenerle a raya, pero Álex me animaba. El FFN echaba chispas y en algún momento estuve tentado de forzar el límite de los seis segundos, porque el Maca se me escapaba.
Al descanso, perdíamos de dos. Reanudamos el partido y, a los cinco minutos, Carlin se planta frente al portero y, justo cuando está a punto de chutar, el Maca le mete un plantillazo y Carlin se va al suelo. El árbitro dice que no ha pasado nada, que sigamos, pero Carlin se retuerce en el suelo frente a la portería y se ve obligado a parar el juego. Yo me voy disparado hacia el Maca, pero Álex se interpone y me rodea con los brazos. Tiene que esforzarse para sujetarme, me pide calma. Siento la presión de sus brazos y el calor de su cuerpo. En cuanto siente que me relajo, se da la vuelta y veo cómo se encara él con el Maca y le suelta una fresca. La cosa está tensa.
A diez minutos del final, hemos conseguido remontar y estamos empatados. Fede saca de puerta y, según me llega la bola, veo portería y no me lo pienso dos veces. Chuto a volea y la pelota se va a la grada. No puede ser. Cierro los ojos y aprieto. Seis segundos. Solo seis segundos.
Fede saca de puerta y, según me llega la bola, veo portería. Me doy cuenta de que me he quedado desmarcado. Dejo que bote la pelota, la bajo y consigo hacerme con ella. Enfilo puerta, chuto. Gol. Estamos por encima.
A solo dos minutos del final, estamos todos metidos en un palmo dentro del área. No les vamos a dejar a pasar. Aquí viene de nuevo el Maca. Se va a enterar. El tipo se ha echado toda la responsabilidad a sus espaldas, y el resto de su equipo le busca en cada jugada. Me amaga dos veces, y consigue zafarse del marcaje. ¡Será cabrito! Me giro iniciando una segada con mi pierna derecha y consigo impactar en su pie de apoyo, justo cuando va a chutar, a la altura del tobillo. Noto como se troncha y cae a plomo. Cierro los ojos y aprieto. Seis segundos. Solo seis segundos.
Me doy la vuelta, justo para verle chutar. Fede intentar cubrir la portería, pero no hay forma. El balón se va al fondo de la red. Empate. El Maca se gira y nuestras miradas se cruzan. Puedo sentir sus pulsaciones, la sangre fluir por sus venas. Siento su rabia y su júbilo hirviendo en una olla de adrenalina. Consigo enfriar mi propia olla. Me doy yo también la vuelta con el balón en las manos, y echo a correr para sacar de centro. Pero ya no hay tiempo.
A las 19:00 nos despedíamos en el descampado. Carlin va cojeando. Álex vuelve a tener esa cara de estatua cenicienta que tenía durante la reunión en el almacén.
—Hasta mañana, colegas —fue lo único que pude articular.
—Hasta mañana, Toño.
Ya no habrá muchas más despedidas como esta, voy pensando mientras cojo el coche y avanzo despacio, como si estuviera de nuevo metido en un atasco, hasta la salida del polígono.
Es noche cerrada.
III
A las 19:40 dejé el coche aparcado en una zona de alta demanda de intercambio. Eso me permitía obtener un descuento. Luego eché a andar, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada pegada al suelo. Hacía mucho frío. Mientras caminaba, iba pensando en la asamblea con los del comité, en Fede, en Carlin, en Álex. Yo ya había decidido marcharme, pero ellos se quedarían aquí. Con suerte, pasarían meses hasta que encontraran otra cosa para ir tirando. Iba a ser duro. Sobre todo, para Álex. Sin trabajo, su hija pequeña no podría continuar con el tratamiento. Iba a ser muy duro.
Cogí el circular. A esa hora iba casi vacío. Me senté en uno de los fríos bancos de plástico y continué dándole vueltas a todo lo que estaba ocurriendo. Lo habíamos hablado una docena de veces desde que llegó Arriourtúa. Medio en broma, medio en serio. Era una auténtica locura, pero si alguien podía hacerlo era yo. Ese tipo, el director, era una mala persona. Su fama le precedía. Desde que anunciaron su nombramiento, todo el mundo lo tuvo claro. Los de la empresa contrataban a un ejecutivo —en realidad, un ejecutor— para que se encargase de echar el cierre a la fábrica. Nadie quería ensuciarse las manos con un trabajo así y recurrían a un tipo como él, una especie de asesino a sueldo empresarial. La compañía se tapaba los ojos y las narices y le dejaban hacer. Todo estaba bien amarrado por los abogados. Cuando acabara con ese encargo se marcharía a otro sitio. Luego habría un reguero de noticias, pero pasarían años hasta que alguien destapara los chanchullos con los que se costeaban sus servicios.
Dejé el circular y eché a andar de nuevo, bajando por la avenida central. El coche del director tenía que estar a punto de llegar. La zona estaba llena de cámaras de videovigilancia. No paseaba mucha gente por allí a esa hora. No sería difícil identificarme. La verdad es que era una auténtica locura. Seguramente ya habrían despachado un coche patrulla, y no había muchos sitios donde poder ocultarme. Si me paraban, tendría que dar muchas explicaciones. En teoría, no deberían tener acceso a mis antecedentes. Eliminarlos formaba parte del acuerdo por acogerme al programa del FFN. Así que, en teoría, yo era solo un ciudadano libre paseando la calle. Eso sí, lo hacía por un barrio desierto que no era donde yo vivía, una fría noche de invierno a una hora en la que todo el mundo ya está en su casa y no queda nadie paseando por la calle. Además, seguro que todo era una patraña. Yo jamás podría hacer valer los términos del acuerdo porque, a diferencia del ejecutor, nunca podría pagar a un abogado para que demandara a la empresa de seguridad, o a la administración, por incumplimiento de contrato. Tenía que evitar que me dieran el alto.
En algunas ocasiones había probado a extender la proyección temporal del FFN más allá de los seis segundos, pero en cuanto el indicador bajaba apenas un poco por debajo del 97%, empezaba a hacerme un lío. La experiencia consciente se volvía confusa, la visión se tornaba borrosa, avanzaba a saltos, hacía que el sentido del equilibrio me fallase y me tambalease como si hubiera bebido. Por esa razón no lo había hecho durante el partido, aun cuando el habilidoso Maca conseguía llegar a zafarse de mi anticipación de seis segundos. En un partido de fútbol, la realidad más inmediata tiene mucho peso, y mantener el equilibrio es prioritario. La presencia de un coche patrulla en las inmediaciones era, sin embargo, un hecho objetivo aislado que el FFN captaría sin problemas. Los coches patrulla están conectados y son observables tanto por las cámaras del entorno, como por los satélites de órbita baja. Y no había filtro de seguridad capaz de impedir que un coche patrulla acabara en alguna de las innumerables fuentes de datos que utilizaba el FFN, y apareciese proyectado en mi anticipación. Pero para conseguir eludirlo sería necesario disponer de más de seis segundos. Si el coche patrulla venía de frente, lo vería antes, me daría tiempo a cambiar de acera y ocultarme. Burlar al coche patrulla hacía que mereciera la pena un poco de estrés.
Avanzo despacio, abriéndome paso a trompicones entre el barullo de datos que sofoca mi percepción. Cuando llego por fin hasta el portal de la casa, la oscuridad, la visión distorsionada, el frío, el silencio… todos mis sentidos se confabulan para situarme en una nube de irrealidad. No hay nadie a la vista, pero con el FFN proyectando a veinte segundos puedo ver algunas sombras fantasmagóricas deambulando que me obligan a rectificar, cambiar de dirección, tengo que moverme deprisa intentando no caerme. Entrar en la finca, en realidad, no tiene mucha dificultad. Localizo las cámaras de vigilancia. Me acurruco detrás de un pilar, justo al lado de la puerta. Desde mi posición podré ver cuándo se abre. Le veré entrar. Sintonizo el FFN de nuevo a seis segundos. El indicador de fiabilidad sube rápidamente. Las sombras se perfilan, mi visión vuelve a ser nítida y mi percepción se estabiliza.
En cuanto le veo entrar por la puerta me abalanzo sobre él con decisión. Tengo que ser muy preciso. A través del ventanal, puedo ver cómo el coche en el que ha llegado inicia la marcha despacio. Me mira sorprendido, mientras yo le abordo:
—Buenas noches, señor Arriourtúa.
Pretende ignorarme, continuar avanzando como hace con los periodistas que suelen importunarle. Lo había visto muchas veces en los canales de noticias y estaba preparado.
—Buenas noches—me veo obligado a insistir cortándole el paso.
—Buenas noches. ¿Puede saberse qué hace usted aquí?
Retrocede despacio, calculando. Intenta ganar tiempo. Seguramente habrá pulsado ya una alarma. Yo no debería estar allí.
—Solo quiero hacerle un par de preguntas —respondo, mientras le muestro mi identificador, al mismo tiempo que dirijo mi mirada hacia una de las cámaras, para hacer evidente que no intento ocultarme.
—Pero usted no debería estar aquí.
—No se preocupe, señor. Será solo un momento.
Le muestro entonces uno de los comunicados del sindicato y me mira displicente.
—Es usted de los medios, ¿verdad? Tendría que haber concertado una entrevista. Usted no debería estar aquí.
Por fin sabré lo que se siente, podré saborearlo. Tengo que actuar con extremada agilidad y absoluta precisión. Dispongo de solo seis segundos, pero serán seis segundos de gloria.
—Bueno, verá usted, me gustaría que respondiese a las cuestiones que el sindicato ha planteado a propósito de la decisión que la empresa ha adoptado. Será solo un instante. Se lo aseguro.
—Ya lo hemos explicado todo con detalle—. Los ejecutores son inasequibles al desaliento e insiste. —Usted no puede estar aquí.
Le miro fijamente en silencio intentando atraer su mirada y, en cuanto nuestras miradas se cruzan, le golpeo en la cabeza con todas mis fuerzas. Se desploma. Me lanzo sobre su cuello y sajo la yugular. La sangre comienza a brotar. Me salpica la cara. Cierro los ojos y aprieto fuerte. Seis segundos. Solo seis segundos.
Le miré fijamente en silencio, intentando atraer su mirada. Y cuando nuestras miradas se encontraron, le respondí.
—Está bien, solicitaré esa entrevista.
Le tendí el comunicado y me dirigí rápidamente hacia la puerta. Salí sin volver la vista.
Menos de seis segundos de anticipación simulada a la perfección. Nada había ocurrido en realidad. Pero mi corazón aún palpitaba desbocado y en la boca aún tenía el sabor de la sangre. Ciertamente, es posible acabar con un ser despreciable. En solo seis segundos. Simplemente había que concentrar un acto de violencia extrema en una acción delineada con absoluta precisión.
Cuando mañana, o pasado mañana, vuelva a verle en las noticias, o quizás, quién sabe si por última vez, llegando en su coche o saliendo del polígono, tendré la certeza de que, en alguna otra vida, en algún otro universo, él está muerto. Ya no existe.
IV
A la mañana siguiente me despierto sobresaltado. El despertador no ha sonado, pero me levanto como impulsado por un resorte. Algo reclama mi atención. Mi corazón palpita de nuevo desbocado. ¿Por qué? Un mal sueño, es lo más probable, pero no recuerdo nada.
Me lavo la cara, cojo mi terminal físico, el que utilizo para todo lo que no quiero que contamine la señal del FFN, y veo que tengo un montón de notificaciones. Conecto el canal de noticias local. Sobre las imágenes que se van mostrando en pantalla, el faldón rotativo destaca la noticia. El homicidio ha tenido lugar a primera hora de la mañana. Nada de esto tiene sentido. ¿Estoy soñando todavía?
Empiezo a revisar las notificaciones. Hay como doscientos mensajes de Carlin. Estoy a punto de responder, cuando reconozco a Álex en las imágenes que está proyectando el canal de noticias. Va esposado. Subo el volumen.
“A las 7:27 de la mañana, el agresor ha disparado varios tiros a bocajarro, y luego se ha dado a la fuga en un vehículo motorizado de dos ruedas. La policía local, en colaboración con los servicios de seguridad, han procedido a su intercepción apenas diez minutos más tarde. El conocido industrial K. Arriourtúa ha fallecido a las 8:45, a consecuencia de los disparos, poco después de haber ingresado en los servicios de urgencia del Hospital General Universitario. El presunto homicida ha sido puesto a disposición del juez.”
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- Enlace neuronal para anticipación instantánea ↩︎

Seis Segundos
Ⓒ 2017 Francisco J. Jariego
Compartido con licencia CC BY-NC-ND 4.0
La versión original de Seis segundos forma parte de la colección Extrapolación 2029, publicada en agosto de 2017
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