Falhamos a vida, menino!
Creio que sim… Mas todo o mundo mais ou menos a falha.1
I
A finales del ya lejano siglo XIX, entre 1887 y 1894, un grupo de intelectuales portugueses se reunían para cenar en Lisboa. Lo hacían en el Café Tavares, en el Hotel Bragança, o en la casa de alguno de ellos. No tenían estatutos, ni programa, ni una agenda declarada. Tenían solo un nombre que alguien —se dice que fue uno de ellos, el historiador Oliveira Martins— propuso en un momento de irónica lucidez: Vencidos da Vida. Los vencidos de la vida (o derrotados por la vida).

El nombre era una confesión y una provocación. Varios miembros del grupo formaban parte de la llamada Generación del 70, el movimiento académico, político y literario de un grupo de intelectuales portugueses que creyó, con la intensidad que solo es posible a los veinticinco años, que la modernización de su país, Portugal, era necesaria, posible y urgente. Creían en la ciencia, el positivismo, en la reforma y en la razón como herramienta de transformación social. Atacaron con el realismo lo que consideraban un romanticismo decadente, denunciaron la oligarquía política, soñaron con un país y una sociedad diferente. Años después era inevitable reconocerlo: de alguna manera, habían fracasado. No precisamente en el ámbito personal—muchos de ellos eran figuras de primera línea de la cultura y la política portuguesa—, sino en un sentido más estratégico: su visión, su misión. El país no había cambiado. La modernización que imaginaron no había llegado o no era la que imaginaron. La historia había seguido su curso, inasequible a sus mejores intenciones, deseos y argumentos.
Cada época tiene su propia forma de ser, de ver y de sentir su momento. El siglo XIX fue el siglo del progreso y la civilización, que anunciaba la modernidad, el siglo de la revolucionaria generación del 70. Pero también del vencidismo (derrotismo), consecuencia de la modernidad. La actitud de los Vencidos de la Vida forma parte de un contexto de crisis en el que la decadencia era objeto de debate2:
Difundida principalmente desde la primera mitad del siglo XIX, la idea burguesa de modernidad —distinta de la idea estética— estaba vinculada a los cambios económicos y sociales del capitalismo, producto de la revolución industrial y de la fe en la ciencia y la tecnología. La modernidad se asociaba con el libre pensamiento, el rechazo a la religión y la secularización.
Con el avance de la industrialización, el mundo moderno vio llegar nuevas comodidades para una existencia material más gratificante (todo esos dispositivos que acompañan al Jacinto de Eça de Queirós en su despacho, su tocador o durante sus almuerzos). Pero la modernidad tiene también un lado oscuro: la maquinización, las condiciones de vida degradantes para las clases trabajadoras, el progreso material a costa de la progresiva ausencia de creatividad y autonomía en los seres humanos.
En “Las cinco caras de la modernidad”, Matei Calinescu identifica la sensación de decadencia como un factor intrínsecamente ligado a la modernidad, o incluso una consecuencia de esta. Con la aceptación de la decadencia llegaba una crisis de identidad.
La aceptación del fracaso por parte de los vencidos no es, sin embargo, una postura —o no al menos de manera exclusiva— de cinismo o de amargura. Es una forma de diletantismo elegante e irónico, y el diletantismo ha sido siempre objeto de mi particular idolatría.
El diletante —del italiano dilettare —deleitar o encontrar placer— surgió a principios del siglo XVIII y, en sus orígenes, describía a un conocedor o aficionado que cultivaba las artes, la música o la pintura por puro placer personal, no como profesional. Diletante es quien se mueve entre disciplinas con libertad porque ninguna doctrina o metodología ha conseguido encadenarlo. El diletantismo de los Vencidos no era superficialidad sino una forma de lucidez: la de quien ha visto fracasar una gran idea o constata su incapacidad para llevarla adelante y toma conciencia de la distancia entre lo que uno imaginó deseable y posible y lo que el mundo real ha permitido y te ofrece. El fracaso es la renuncia a las aspiraciones de juventud, pero sin renunciar a la inteligencia.
En un breve artículo publicado como respuesta a quienes se burlaban y criticaban al grupo por autodenominarse vencidos, cuando en realidad eran envidiados como auténticos vencedores, lo exponen con prístina claridad: para um homem, o ser vencido e derrotado na vida depende, não da realidade aparente a que chegou, mas do ideal íntimo a que aspirava:
Para un hombre, ser derrotado o vencido en la vida no depende de la realidad aparente que ha alcanzado, sino del ideal interior al que aspiraba. Si alguien se propuso vivir con el ideal supremo de convertirse en Oficial de Peluquería, el agraciado es un vencedor, un gran ganador, mientras logre tener en sus manos una maquinilla y unas tijeras para cortar el pelo, aunque camine por Chiado cabizbajo y con las botas torcidas. Por otro lado, si ese sujeto a los veinte años, al escoger una carrera, decide ser millonario, poeta sublime, general invencible, dominador de hombres (o mujeres, según las circunstancias), y si, a pesar de todos sus esfuerzos y empujones hacia delante, se queda a medio camino del millón, del poema o de la gloria, será a todos los efectos, un derrotado, un muerto en vida, que aunque se pavonee por la Ciudad Baja envuelto en un abrigo de Poole, lleva el brillo de la resignación en su sombrero.
Y dicho esto, concluyen:
Dicho esto, solo podemos añadir que los vencidos ofrecen el más alto ejemplo moral y social del que este país puede enorgullecerse. Once individuos que han formado un grupo durante más de un año, sin haberse enfrentado jamás entre sí; sin dividirse en pequeños grupos de derecha e izquierda; sin haber nombrado, durante todo este tiempo, un presidente y un secretario perpetuo; sin haberse otorgado la designación oficial de Vencidos Reales de la Vida, o Vencidos de la Vida Real o Nacional; sin elaborar estatutos aprobados por el gobierno civil; sin emitir acciones; sin poseer un himno o una bandera bordada por un grupo de damas tan anónimas como dedicadas; sin ser iluminados el primero de diciembre; sin ser elogiados en el Diario de Noticias: estos hombres constituyen tal prodigio social que, sin duda, en el futuro, en el orden de las cosas morales, se hablará de los once de Braganza, como en el orden de las cosas heroicas se habla de los doce de Inglaterra.
Dijimos.

Fue en el periódico O tempo, órgano extraoficial del grupo jantante, fundado por Carlos Lobo d’Ávila, uno de los vencidos, el 29 de marzo de 18893 . Dos días después, se inauguraba en Paris La Torre Eiffel, símbolo de la exposición Universal de Paris que se celebraría ese año, de la civilización y la modernidad.
Los Vencidos da Vida resultaron ser más influyentes que sus manifiestos de juventud. Es curioso, y merece la pena detenerse en ello un momento, que para conseguirlo hubieron de hacer algunas… ¿concesiones?
Mantuvieron una relación con el príncipe heredero y cuando su padre, Luis I, falleció en 1889, se convirtieron en interlocutores e influencia del nuevo rey, Carlos I. O Rei surge como a única força que no País ainda vive e opera4, escribió entonces Eça de Queiroz. Se trataba de una apuesta heterodoxa, antimoderna, que me atrevo a calificar de antiestética. Quienes habían atacado el caciquismo político del rotativismo apostaban ahora por una figura monárquica tradicional como palanca. Se trata de una apuesta que solo cabe entender como pragmatismo táctico u oportunismo de quienes toman conciencia de que su tiempo se agota.
¿De qué me quiere sonar todo esto? ¿Es inevitable que ciertas preguntas sobre el poder, sus formas y sus legitimidades, regresen una y otra vez cuando creemos haberlas dejado atrás hace ya mucho tiempo?
La historia no les fue generosa. El regicidio de 1908 enterró sus últimas esperanzas. Cambiando a la crueldad del italiano, el final de juego es igual para los reyes que para los peones.
Alla fine del gioco, il re e il pedone finiscono nella stessa scatola
Pero aquí queremos reconocer de manera interesada que, por el camino, en sus cenas sin actas y en sus conversaciones sin programa, los once de Braganza nos legaron algunos momentos e imágenes que son un rayo de inspiración para todos los futuros Vencidos da Vida.
II
Hay momentos en que la historia parece repetirse no ya como farsa, como decía Marx5, sino como una señal incómoda, un mensaje enviado a través del tiempo. Como cuando abres un álbum de fotografías antiguas y te encuentras un retrato que podría (o no) ser tuyo…
En 2026 vivimos lo que los historiadores del futuro bien podrían acabar denominando una segunda Gilded Age —una nueva edad dorada, en el sentido que le dio Mark Twain: una era de serios problemas sociales enmascarada bajo una fina capa de pan de oro en la superficie. Gilded Age es como se denominó en los Estados Unidos a las dos décadas finales del siglo XIX, exactamente cuando los Vencidos da Vida se reunían para cenar en Lisboa. Fue el momento que consolidaba la revolución industrial y la llevaba hasta su paroxismo, la era de los monopolios del acero y del petróleo, del primer ferrocarril transcontinental, del telégrafo y del nacimiento del teléfono, de fortunas individuales que superaban el PIB de naciones enteras. Fue también el tiempo del imperialismo en su fase más agresiva —la carrera por los recursos coloniales, el reparto de África en Berlín en 1884, la guerra hispano-americana, la competencia entre potencias —supuestamente civilizadoras, pero ante todo extractivas— que en menos de veinte años desembocaría en la mayor catástrofe que la humanidad había conocido hasta entonces.
Los paralelismos no son perfectos —la historia no se repite, solo hace rimas, ya se sabe—, pero pueden ser lo suficientemente precisos como para resultar incómodos. La primera Gilded Age tuvo sus titanes: Andrew Carnegie construyó el acero que vertebró un continente, John D. Rockefeller convirtió el petróleo en el sistema nervioso de la economía moderna, Henry Ford industrializó el movimiento de masas, la producción y ya de paso el tiempo de los trabajadores. Fueron titanes que no solo acumulaban riqueza, sino que rediseñaban la realidad material en la que vivían y vivirían en el futuro millones de personas sin que nadie les hubiera dado ese mandato y, por supuesto, sin pedir opinión ni buscar el más mínimo consenso. El Estado llegaba como siempre tarde, mal y nunca. La ley (la regulación) ni estaba, ni se la esperaba, y la opinión pública vacilaba entre la admiración y el escándalo sin saber muy bien como reaccionar ante una escalada de poder sin precedentes.
En 2026 tenemos nuestros propios titanes. Hace poco The Economist se preguntaba si los cinco líderes de la IA podrían llegar a ser tan poderosos como Ford o Rockefeller.

Según The Economist, todavía van muy rezagados. Pero están en ello, y de alguna manera, tienen ya en sus manos el destino de la civilización occidental.
Elon Musk, el hombre más rico del momento, quiere colonizar el espacio, la movilidad eléctrica, la comunicación satelital global y las redes sociales que moldean la conversación pública. Su visión es la de un sistema integrado de infraestructura con una ambición que nada tiene que envidiar a la de los Ford y Rockefeller. Sam Altman, Demis Hassabis y Dario Amodei construyen, con inversiones sin precedentes y a una velocidad que desafía a sus predecesores, la herramienta que podría redefinir el trabajo intelectual humano como la máquina de vapor redefinió el trabajo físico. Mark Zuckerberg siempre a la zaga, en el metaverso y en la inteligencia artificial, pero apalancado en la mayor red social del planeta, ofrece modelos open source en un intento por parecer más cool y ponerse al día con la vanguardia de la tecnología.
Por su parte, Jeff Bezos ha demostrado que quien controla la logística y la infraestructura no necesita preocuparse mucho por el producto. Amazon mueve el comercio planetario y mantiene internet en su nube AWS. Bill Gates nos encerró a todos detrás de las ventanas de Microsoft. Larry Page y Sergey Brin nos decían que no fuéramos malos mientras Google establecía las bases del estado de vigilancia. Los herederos de Steve Jobs pensaban diferente y nos encadenaban con sus iPhones. Y Jensen Huang ha convertido a NVIDIA en la «envidia» de todos. Los semiconductores y microprocesadores, sin los cuales ninguno de los demás existiría, son el petróleo de esta nueva era. Son hombres (sí, admitámoslo, no mujeres) y corporaciones que operan a escala global, compitiendo con los Estados.
La geopolítica nos ofrece su propio repertorio de ecos. Los salones diplomáticos se utilizan ahora para tomar fotos de los burócratas hablando sobre sostenibilidad. Las disputas por el control territorial, los recursos críticos y la energía se dirimen mejor a cara de perro, en Venezuela, en Ucrania, el estrecho de Ormuz, el Congo o Taiwan. Vladimir Putin ha devuelto a Europa el vocabulario de la guerra territorial que creíamos archivado —la anexión, el corredor, la esfera de influencia, el chantaje energético. Donald Trump ha convertido el populismo nacionalista en la retórica de la nueva democracia, un lenguaje cuya pronunciación se le atragantaría al mismísimo George Orwell. Sus seguidores le instan a no perder tiempo y fusionar Silicon Valley y el Pentágono para crear una República Tecnológica.
Por debajo de la tecnología y la geopolítica, a un nivel más visceral, fluye la rima más inquietante.¿Es la infraestructura el destino? No! Es la demografía, estúpidos! La frase original —la demografía es el destino— es atribuida (sin fuente) a Auguste Comte, padre del positivismo y contemporáneo del cenizo Thomas Robert Malthus. El calificativo es solo ironía. Disculpen. En 1900 habitaban la Tierra algo menos de 2.000 millones de personas. Los conflictos del siglo XX acabaron con la vida de entre 150 y 200 millones de personas, y conviene recordar que solo una fracción murió en combate: la mayoría fue asesinada por sus propios gobiernos. En 2026 somos ya más de 8.000 millones. Hagan Uds. cuentas. Todo apunta, por otra parte, a que el crecimiento se estancará antes de final de siglo. La fertilidad se encuentra en manifiesto retroceso y el envejecimiento en aumento. El declive demográfico plantea interrogantes o incluso finales de juego inquietantes.
Lo que conecta estas dos eras doradas de la historia es rima consonante. La bestia que habita dentro del ser humano —esa que Fukuyama declaró vencida por la historia— sigue aquí, con los mismos instintos, pero más potencia de fuego. La aceleración del cambio tecnológico y la ambición de las élites supera los marcos establecidos y la capacidad institucional de ofrecer respuestas. Las herramientas regulatorias que finalmente se desarrollaron para domar a los sucesores de los Ford, Carnegie y Rockefeller sencillamente no han funcionado con las nuevas plataformas tecnológicas de los Bezos, Musk y Zuckerberg, y nadie tiene ni parece esperar un nuevo marco convincente para sustituirlas. La riqueza se concentra sin que exista un modo de redistribuirla.
En palabras de la organización de Sam Altman, OpenAI6:
Así como la electricidad transformó los hogares, el motor de combustión revolucionó la movilidad y la producción en masa redujo el costo de los bienes esenciales, la superinteligencia acelerará los avances científicos y médicos, aumentará significativamente la productividad, reducirá los costos para las familias al abaratar los bienes esenciales y abrirá el camino a formas completamente nuevas de trabajo, creatividad y emprendimiento.
Somos conscientes de los riesgos: la disrupción de empleos e industrias enteras; el mal uso de la tecnología por parte de actores malintencionados; sistemas desalineados que escapan al control humano; gobiernos o instituciones que implementan la IA de maneras que socavan los valores democráticos; y la mayor concentración de poder y riqueza en lugar de una distribución más amplia.
La sociedad ya ha afrontado grandes transiciones tecnológicas, pero no sin verdaderas disrupciones y desajustes en el proceso.
No tenemos todas las respuestas…
En 1889 Andrew Carnegie publicó un ensayo conocido como “The Gospel of Wealth” — el Evangelio de la Riqueza — donde argumentaba que los grandes fortunas eran depósitos temporales de recursos sociales, y que el rico tenía la obligación moral de administrarlos y devolverlos en vida, no en herencia7. La concentración de riqueza en pocas manos no es un problema sino la solución, porque solo el hombre extraordinario sabe administrar los recursos de la sociedad mejor de lo que la sociedad sabría hacerlo por sí misma. El rico no es un usurpador — es un custodio. No debe dejar su fortuna en herencia ni dilapidarla: debe devolverla, en vida, en forma de instituciones que eleven a los demás: bibliotecas, universidades y las fundaciones que aún hoy financian buena parte de lo que llamamos progreso.
El Evangelio de la Riqueza es una auténtica bofetada en la cara de los Vencidos da Vida, de los de finales del siglo XIX, y de todos los que no son (somos) lo suficientemente ricos u osados como para transformar el mundo con sus (nuestras) ideas.
La doctrina de Carnegie, su evangelio —y no otros mucho más citados— ha sido la que realmente ha establecido las reglas con que se ha construido la civilización occidental. El nuevo Carnegie, Sam Altman, se propone también revisar la filosofía del custodio. Dedicó catorce millones de dólares de su propia fortuna a estudiar la renta básica universal como respuesta al desplazamiento tecnológico; Ahora declara que ya no cree en ella como antes, y que lo que le interesa son modelos de propiedad colectiva sobre la IA. Un giro revelador: del benefactor estado del bienestar a la participación en la propiedad como nueva frontera. La idea es más antigua y radical de lo que parece, y merece mucho más pensamiento del que ha recibido, recibe y, desde luego, podemos dedicar ahora aquí. Volveremos sobre ella… en algún momento.
Mientras tanto, la izquierda y el progresismo continúan absurdamente atrincherados en su particular Evangelio, el marxismo decimonónico que jamás planteó una solución y que, después de siglo y medio, solo sirve para echar más que leña al fuego de la polarización. El cofundador de Google, Sergey Brin, compara el impuesto sobre la riqueza de California con el socialismo soviético. Y los estados… Los estados, a lo suyo. El orden internacional que se construyó con tanto esfuerzo y no menos propaganda después de la segunda guerra mundial hace agua por todas partes, y de hecho ya nadie cree en él.

Esta nueva era (o etapa) de modernidad y decadencia es en la que se encuentra atrapado, a la que se enfrenta el ingenuo diletante, viajero en el tiempo, que firma este escrito —sí, un cocido improvisado con algunas ideas congeladas en su viejo refrigerador intelectual. Es el momento en el que nos encontramos quienes, a finales del siglo pasado, apostamos con nuestro trabajo, con algo parecido a la fe —agnóstica y científica— por el potencial de la tecnología y la nueva sociedad de la información. Imaginamos que otro mundo era posible, que las redes, la información, el conocimiento, la inteligencia distribuida podían decantar la historia hacia el ideal de libertad y prosperidad que la razón humana lleva siglos anticipando y prometiéndose, que nos permitirían ascender a un escalón superior de la inteligencia colectiva.
Nada de esto ha llegado por el momento. O llega torcido. O quizás nosotros llegamos demasiado pronto, o llegamos tarde, o con las herramientas equivocadas. El resultado salta a la vista: más concentración, más vigilancia, más polarización, la bestia humana más bestia que nunca.
La historia no se repite, ya se sabe — pero rima con desesperante obsesión:
¡Vencidos!
III
Vencido entre los vencidos, vuelvo la vista atrás, en busca de ideas o pistas perdidas, consciente de las terroríficas coyunturas críticas que nos obligan a escoger frostianamente y nos llevan por un camino que no tiene vuelta atrás. Vuelvo como Pulgarcito en busca de sus piedrecitas, y me encuentro de pronto con estos Vencidos da Vida del siglo XIX, golpeados por la distancia entre el ideal al que algunos irredentos diletantes aspiramos y la realidad en la que despertamos y contemplamos cada mañana, cuando la juventud hace ya mucho tiempo que quedó atrás. Y me aferro a ellos como un náufrago a una tabla de salvación en el océano de la incertidumbre y el caos.
Me conmino a identificarme con la manera de contemplar la derrota con la dignidad y el desapego de los Vencidos da Vida, a creer que los vencidos no tenemos que comulgar con las ruedas de molino de ningún evangelio o aspirar a ser oficial de peluquería8, pero tampoco a naufragar en el cinismo que renuncia al pensamiento.
Dicho esto:
No hay intención de manifiesto aquí. No hay un ideario fundacional. Esto no es una convocatoria, no es una búsqueda de suscripciones y cuotas de inscripción. No hay estrategia, ni plan. ni hoja de ruta a ninguna parte. No hay himno que nos acompañe, ni bandera bordada por manos anónimas y dedicadas.
Hay solo una pregunta que flota en el aire ante lo que es inevitable contemplar como un final, pero que como todo final podría ser un nuevo comienzo: ¿Qué hace un científico, un tecnólogo —o un intelectual, o un arquitecto, o un ecologista, o un demócrata convencido—, qué hace un diletante apasionado y perdido, cuando constata que el proyecto al que ha dedicado su energía ni ha llegado a puerto ni va a llegar? O peor aún, no ha llegado de la manera que imaginaba o ingenuamente esperaba, sino transformado en algo que se niega a reconocer, un monstruo.
Hay algo que el nombre Vencidos da Vida captura con una elegancia exquisita y diletante. No es derrotismo —que es parálisis. No es cinismo —que es cobardía intelectual disfrazada de lucidez. No es optimismo —que en este momento equivaldría a no prestar atención. Es algo más parecido a lo que los griegos denominaron ataraxia o al famoso aforismo latino Carpe Diem.
Los Vencidos da Vida de la Lisboa del lejano siglo XIX no nos ofrecen una respuesta, nos sugieren solo un posible modus operandi ante nuestro zeitgeist.
Falhamos a vida, menino!
Creio que sim… Mas todo o mundo mais ou menos a falha. Isto é, falha-se sempre na realidade aquela vida que se planeou com a imaginação.
La puerta está abierta.
Dissemos.
Os Vencidos da Vida.
- José Maria Eça de Queirós, Os Maias ↩︎
- Francisco, Elisabete Correia Campos. «“Eu vi a luz em um país perdido”: o vencidismo para além dos Vencidos da Vida (de 1888 à actualidade)». PhD Thesis, Universidade de Lisboa (Portugal), 2022. ↩︎
- Os vencidos da vida, O Tempo, 19 de marzo 1889
La «definición» del Vencido:
«… para um homem o ser vencido ou derrotado na vida depende, não da realidade apparente a que chegou mas do ideal intimo a que aspirava. Se um sujeito largou pela existencia fóra com o ideal supremo de ser official de cabelleireiro, este benemerito é um vencedor, um grande vencedor, desde que consegue ter nas mãos uma ga-forina e a thesoura para a tosquear, embora atravesse pelo Chiado ca¬bisbaixo e de botas cambadas. Por outro lado, se um sujeito, ahi pelos vinte annos, quando se escolhe uma carreira, decidiu ser um millionario, um poeta sublime, um general invencivel, um dominador d’homens (ou de mulheres segundo as circumstancias), e se apesar de todos os esforços e empurrões para deante, fica a meio caminho do milhão, do poema ou do penacho — elle é para todos os effeitos um vencido, um morto da vida, embora se pavo¬neie por essa Baixa amortalhado n’uma sobrecasaca do Poole e con¬servando no chapeo o lustre da resignação».
Y el «manifiesto» final:
Dito isto, só podemos ajuntar que os vencidos offerecem o mais alto exemplo moral e social de que se póde orgulhar este paiz. Onze sujeitos que ha mais d’um anno formam um grupo, sem nunca terem partido a cara uns aos outros; sem se dividirem em pequenos grupos de direita e de esquerda; sem terem durante todo este tempo nomeado entre si um presidente e um secretario perpetuo; sem se haverem dotado com uma denominação official de Reaes vencidos da vida, ou vencidos da vida real ou nacional; sem arranjar estatutos approvados no governo civil; sem emittirem acções; sem possuirem hymno nem bandeira bordada por um grupo de senhoras tão anonymas quanto dedicadas ; sem illuminarem no primeiro de dezembro; sem serem elogiados no Diario de Noticias—estes homens constituem uma tal maravilha social que certamente para o futuro, na ordem das cousas moraes, se fallará dos onze do Braganza, como na ordem das cousas heroicas se falla dos doze de Inglaterra.
Dissémos.
↩︎ - Wikipedia, Vencidos da Vida ↩︎
- Marx, K. (1852). El 18 Brumario de Luis Bonaparte: «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa.» ↩︎
- OpenAI, Industrial Policy for the Intelligence Age: Ideas to Keep People First, Abril 2026 ↩︎
- Sobre esta cuestión, tuve la oportunidad de entretenerme con mi cuento: Los herederos, publicado en la colección Modelo k-75 ↩︎
- Discúlpenme los peluqueros. ↩︎

Jariego, Francisco J. «Vencidos da Vida». Adyacente posible, 7 de mayo de 2026. https://adyacenteposible.com/2026/05/07/vencidos-da-vida/.
