El archidemonio de Schopenhauer

Sobre la vacuidad y el sufrimiento de la vida

Resulta curioso que hubieran de transcurrir más de dos mil años en la filosofía occidental, hasta bien entrado el siglo XIX, para que alguien se atreviera a enfrentarse a una cuestión tan incómoda como inevitable: ¿y si la vida no tiene ningún sentido?

Ese alguien fue Arthur Schopenhauer1, referente del pesimismo filosófico, un terreno tan incómodo como fascinante, en el que he decidido adentrarme.

Sintetizar su contribución resultaría pretencioso. Creo, además, que en tiempos de sobreinformación, no hay nada más auténtico que mostrar en lugar de sintetizar o resumir. Comienzo, por tanto, con una breve selección de extractos —como muestra un botón, o mejor cuatro ;)— del ensayo «Sobre la vacuidad y el sufrimiento de la vida», capítulo 46 del segundo volumen de El mundo como voluntad y representación, editado sobre la versión original publicada en 18592.

Lo hago por dos razones:

  1. Schopenhauer se enfrenta a esta cuestión esencial —el sentido de la vida o, por ser claros, su total carencia de sentido— y, sin remilgos, pone el dedo en la llaga. Lo que nos muestra es algo que cualquiera con suficiente experiencia de la vida puede reconocer si se detiene un instante a pensar, algo que, sin embargo, la sociedad intenta evitar o disfrazar con todo tipo de ilusiones, evasivas y fantasías. La verdad es: estamos destinados a ser miserables, y lo somos.
  2. Su sorprendente contemporaneidad. Sus palabras, escritas hace casi dos siglos, pueden leerse en el contexto de la realidad presente sin necesidad de cambios, lo que sugiere que en cuestiones filosóficas esenciales no ha habido mucho o, por ser claros, ningún progreso. Para destacarlo, y con permiso del autor —que, por la gracia del derecho, está en dominio público—, me he tomado la libertad de intervenir mínimamente en tres fragmentos con tres breves pinceladas, convenientemente identificadas en las notas.

A Schopenhauer no he querido importunarle, como a Emilia Pardo Bazán o a Elinor Ostrom, para que firmase este post, porque como dejó escrito con suficiente ironía3:

Si llamáramos a la puerta de los sepulcros y preguntáramos a los muertos si querían resucitar, menearían la cabeza.

No descarto hacerlo en otra ocasión. Por el momenot, leamos a Schopenhauer:

§ 1 §

Al despertar a la vida desde la noche de la inconsciencia, la voluntad se descubre a sí misma como individuo en un mundo sin fin ni límites, en medio de innumerables individuos —todos ellos anhelantes, sufrientes y errantes—, y se apresura a regresar, como a través de un sueño angustioso, a la antigua inconsciencia. Hasta que llega ese momento, sin embargo, sus deseos son ilimitados, sus exigencias inagotables, y cada deseo satisfecho engendra uno nuevo. Ninguna satisfacción posible en el mundo bastaría para saciar su anhelo, para fijar una meta finita a su deseo o para colmar el abismo sin fondo de su corazón. Añádase a ello lo que el ser humano suele conseguir en cuanto a satisfacciones de cualquier tipo, que, por lo general, no es más que el mísero mantenimiento de la propia existencia —con la muerte en el horizonte—, logrado día a día mediante un esfuerzo incesante, una preocupación constante y la lucha contra la necesidad. Todo en la vida revela que la felicidad terrenal está destinada a frustrarse o a ser reconocida como una ilusión. Las condiciones de todo ello están profundamente arraigadas en la esencia misma de las cosas. En consecuencia, la vida de la mayoría de los hombres resulta triste y breve. Aquellos comparativamente felices lo son, por lo general, solo en apariencia; o bien —como quienes hoy viven muchos años con salud y pueden disfrutar de ello— constituyen raras excepciones4, pues alguna posibilidad de felicidad tenía que quedar abierta, a modo de señuelo. La vida se presenta como un engaño continuo, tanto en lo pequeño como en lo grande. Cuando promete algo, no lo cumple; y, si lo hace, es solo para mostrar cuán poco deseable era aquello que habíamos deseado.

§ 2 §

La verdad es: estamos destinados a ser miserables, y lo somos. La principal fuente de los graves males que afligen al ser humano es el propio ser humano: homo homini lupus. Quien realmente se da cuenta de ello ve el mundo como un infierno que supera al de Dante, en el que cada uno ha de ser el diablo para los otros; para lo cual, por supuesto, algunos están más capacitados que otros, sobre todo algún archidemonio, que se presenta con la apariencia de un conquistador, enfrenta a cientos de miles de personas entre sí y les grita: «Sufrir y morir es vuestro destino: ¡disparaos ahora con fusiles y cañones!», y ellos lo hacen. En general, la injusticia, la extrema iniquidad, la dureza, incluso la crueldad, caracterizan la conducta de los seres humanos; lo contrario ocurre solo de manera excepcional. En esto se fundamenta la necesidad del Estado y la legislación, y no en tantas otras pamplinas. En todos los casos que no están contemplados por la ley se manifiesta inmediatamente la falta de consideración del ser humano hacia sus semejantes, producto de un egoísmo desmedido, a veces también la maldad. La forma en que los seres humanos se tratan entre sí se evidencia, por ejemplo, en la esclavitud: en 1859, azúcar y café; hoy, casi dos siglos después, litio, cobalto, cobre y otros minerales para alimentar nuestra tecnología5. Pero no hace falta llegar a ese extremo: entrar en una fábrica textil o de otro tipo a los cinco años y, desde entonces, permanecer allí sentado durante diez, luego doce, y finalmente catorce horas diarias realizando el mismo trabajo mecánico, significa pagar muy caro el placer de respirar. Y, sin embargo, este es el destino de millones de personas, y muchos otros millones corren una suerte análoga. Nada ha cambiado en 20266.

En cualquier caso, pequeñas contingencias pueden hacernos completamente desgraciados; completamente felices, nada en el mundo. Digan lo que digan, el momento más feliz para una persona feliz es el momento en que se duerme, y el momento más infeliz para un infeliz es cuando se despierta. Una prueba indirecta pero robusta de que las personas se sienten infelices, luego lo son, la proporciona, para mayor abundancia, la enconada envidia que reside en todos nosotros y que, en cualquier circunstancia, con ocasión de cualquier ventaja ajena, se despierta y no puede contener su veneno. Debido a que se sienten infelices, las personas no soportan la visión de un individuo supuestamente feliz: quien se siente feliz por un instante quisiera hacer felices de inmediato a todos los que le rodean y dice7:

Que tout le monde ici soit hereux de ma joie.

Si la vida en sí misma fuera un bien precioso, decididamente preferible a la inexistencia, entonces la puerta de salida no necesitaría estar custodiada por guardianes tan terribles como la muerte con sus horrores. Pero ¿quién continuaría con la vida tal como es si la muerte fuera menos terrible? ¡Y quién podría tan siquiera soportar la idea de la muerte si la vida fuera una alegría!  Pero, tal como son las cosas, la muerte aún tiene de bueno que es el fin de la vida; y nos consolamos de los sufrimientos de la vida con la muerte, y de la muerte con los sufrimientos de la vida. La verdad es que ambas están inseparablemente unidas y constituyen, en conjunto, una aberración de la que es tan difícil como deseable liberarse.

§ 3 §

(…) la explicación del mundo a partir de un νοῦς anaxagórico, es decir, desde una voluntad guiada por el conocimiento, exige necesariamente, para su justificación, el optimismo, que pasa a erigirse y defenderse frente al estridente testimonio de un mundo plagado de miserias. La vida se presenta entonces como por un regalo, cuando a la vista está que cualquiera que hubiera podido examinarlo y valorarlo por anticipado habría rehusado aceptarlo.

§ 4 §

Si, en consecuencia, consideramos al humano como un ser cuya existencia es un castigo y una penitencia, lo veremos bajo una luz más correcta. El mito del pecado original (aunque probablemente tomado, como todo el judaísmo, del Zend-Avesta: Bun-Dehesch, 15) es lo único del Antiguo Testamento que puedo admitir como una verdad metafísica, si bien solo alegórica; de hecho, es lo único que me reconcilia con el Antiguo Testamento. Y es que nuestra existencia no se asemeja a nada tanto como al resultado de una falta y de un deseo punible. El cristianismo del Nuevo Testamento, cuyo espíritu ético es el mismo que el del brahmanismo y el budismo, y por tanto muy ajeno al optimismo del Antiguo Testamento, también se ha vinculado con gran sabiduría a ese mito: pues sin él, no habría encontrado ningún punto de apoyo en el judaísmo. Si queremos calibrar el grado de culpa que pesa sobre nuestra propia existencia, basta con observar el sufrimiento que lleva aparejado.


  1. En realidad lo que tardó en llegar no tanto el planteamiento de la pregunta —hay precedentes— como el reconocimiento reconocimiento académico y cultural. Schopenhauer, convertido después en su principal referente, tardo largo tiempo en llegar a obtenerlo. ↩︎
  2. Arthur Schopenhauer, Die Welt als Wille und Vorstellung, 3. verbesserte und beträchtlich vermehrte Auflage, 2 Bände, F. A. Brockhaus, Leipzig, 1859. Sobre la traducción me remito a la nota explicativa en Eslabones de Frigyes Karinthy ↩︎
  3. Capítulo 41: «Sobre la muerte y su relación con el carácer indestructible del nuestro ser». Op. cit. ↩︎
  4. Schopenhauer escribe: „oder aber sie sind, wie die Langlebenden, seltene Ausnahmen, zu denen eine Möglichkeit übrig bleiben musste, — als Lockvogel“ («o bien son, como quienes viven muchos años, raras excepciones, para las que tenía que quedar alguna posibilidad, a modo de señuelo»). En 1859, una larga vida era efectivamente una excepción. Casi dos siglos después, la esperanza de vida media ha crecido de manera muy signficativa en buena parte del mundo. Esta primera intervención en el texto es solo una excusa para que se pregunten ustedes, queridos lectores, si la longevidad es en realidad esa excepción envidiable que Schopenhauer escogió como señuelo. ↩︎
  5. Schopenhauer escribe: „die Negersklaverei, deren Endzweck Zucker und Kaffee ist“ («la esclavitud de los negros, cuyo fin último es el azúcar y el café»). Con la misma estructura, actualizado el ejemplo económico: de los productos de las plantaciones a los minerales que sostienen la tecnología en 2026. ↩︎
  6. Schopenhauer escribe: „Ein Kind, welches im Alter von fünf Jahren in eine Fabrik kommt, dort 10, 12, 14 Stunden täglich sitzt und stets dieselbe mechanische Arbeit verrichtet, bezahlt sehr theuer für das Vergnügen zu athmen.“ («Un niño que a los cinco años entra en una fábrica, se sienta allí diez, doce, catorce horas al día y realiza siempre el mismo trabajo mecánico paga muy caro el placer de respirar»). En la adaptación se añade únicamente la referencia a 2026: el trabajo infantil no ha desaparecido. Según las últimas estimaciones de la OIT y UNICEF, 138 millones de niños seguían sometidos a trabajo infantil en 2024, 54 millones de ellos en trabajos peligrosos. ↩︎
  7. Que todos aquí se alegren por mi alegría. Helvecio, De l’Esprit, disc. III, cap. XII, nota.] ↩︎

Jariego, Francisco J.. «El archidemonio de Schopenhauer». Adyacente posible, 8 de octubre de 2026. https://adyacenteposible.com/2026/10/08/el-archidemonio-de-schopenhauer/.

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